Siempre me ha gustado esta historia del cineasta Werner Herzog y Lotte Eisner. En invierno de 1974, a Herzog, que por aquellas rondaría la treintena, le dijeron que su amiga Lotte Eisner, crítica de cine, estaba gravemente enferma. Devastado, decidió ir a verla. Pero no cogió un avión, o un tren, ni siquiera un coche, y recorrió los 684 kilómetros en línea recta que separan Munich de París, a pie. Lo hizo como una suerte de promesa. Se dijo: «mi decisión mantendrá a Lotte viva. Ella no puede morir. Caminaré por ella». Es la épica romántica de Herzog. Empezó el viaje el 23 de noviembre y no llegó hasta su destino el 14 de diciembre. Fue un camino solitario y frío y de ahí surgió el libro ‘Del caminar sobre hielo’.
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Después, regresé a aquella novela de Silvina Ocampo llamada ‘La promesa’ que cuenta la historia de un naufragio. Una mujer, pasajera de un barco, se cae al mar. Sabe nadar muy bien y entonces, para no hundirse, para evitar la desesperación, crea una galería de recuerdos, va nombrando y describiendo, retratando a personajes que conoció durante su vida. Y es esa voluntad, la de anclarse en otro tiempo, lo que la mantiene a flote al menos durante un tiempo.
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Parece fácil y casi intuitivo: andar para que alguien no muera, recordar para no ahogarse.
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La amiga de Herzog, Lotte Eisner, sobrevivió al viaje de Herzog y murió años más tarde, en 1983. El personaje de ‘La promesa’ no, pero era un personaje inventado, así que no podemos tener garantías de si surtió o no efecto el hecho de agarrarse al recuerdo. Sea como fuere, estos días pienso en la de veces que estas gestas románticas y aparentemente inútiles –estas que conquistamos valiéndonos de nuestras palabras y pensamientos– nos salvan un poquito de estos tiempos inciertos, de estos domingos raros.

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Ocurrieron cosas bonitas.

Fuera de la librería esperaba gente para que le firmara el libro y me sentí casi importante, casi famosa (no soy yo, son las restricciones y el aforo), pero lo cierto es que conocí a gente maravillosa. Una chica vino a que le firmara el libro para regalárselo a su padre porque lo iban a leer juntos –y no puedo poner su nombre por aquí porque era una sorpresa–, pero fue casualidad porque luego subí una foto de la cola de gente que esperaba –para que la viera mi madre– y ese hombre me escribió al momento: «¡Mira, la segunda es mi hija X!». Y yo no pude decirle que ya lo sabía. Pero me hizo ilusión que haya un padre y una hija que lean estas historias juntos. Que quizás se encuentren en estos pequeños textos. Porque qué es escribir si no una manera de estrechar lazos, de no estar solo.

Pero eso no fue todo. Porque luego, como si estuviera dentro de uno de mis relatos, se acercó un chico a pedirme que le dedicara el libro a su ex. Levanté la ceja «¿Qué tipo de ex?», porque ya sabéis que soy preguntona de naturaleza, y al ver su cara entendí que era uno de esos regalos que uno lanza con la esperanza de revertir la realidad. «O sea que quieres volver con ella». Así que ahí fuimos: a la reconquista. Porque qué es escribir si no creer que las cosas pueden cambiar, que las palabras lo pueden lograr.
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Ocurren cosas bonitas. Después me llegó la opinión no solicitada del día, porque de esas abundan, de un tipo al que no conocía que me sugirió que me maquillara un poco porque en las fotos salía demasiado natural. Y natural ya sabemos que es un sinónimo de con ojeras y arrugas. Pero qué es escribir si no silenciar las opiniones no solicitadas.
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Y después, volviendo a casa, con esa sonrisa tonta de los días felices, resumiendo un poco todo esto, me llegó como en un eco aquella frase de Robert Frost que dice que la felicidad compensa en altura lo que le falta en longitud.
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En fin. Que tengáis una buena semana y acordaos por favor de maquillaros, que luego salís demasiado naturales.

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Nos seduce lo que no controlamos, que son la mayoría de cosas importantes en la vida.
Esta mañana hablábamos de esto en la radio con @alomasimpe. También de la magia de las instrucciones del mundo material: sigues unos pasos y ahí está el resultado. El armario de Ikea, la actualización del nuevo software, la receta del pastel de zanahoria. Y si no funciona le devolvemos el dinero.
Lo cierto es que querríamos que esas mismas certezas funcionaran en ese otro ámbito tan escurridizo que es el de los afectos o la vida personal. Pero como decía Clint Eastwood, «si quiere una garantía cómprese una tostadora».

Y como no existen las certezas, o al menos yo no tengo muchas, hay que escribir para volver a plantearse esto que decía al principio: que nos seduce y nos atrae lo que no entendemos y que de ahí, del no entenderlo todo surge también la literatura.

Mañana llega oficialmente a librerías –pero creo que ya está por ahí danzando– ‘La gente no existe’, un libro de relatos en el que no hay garantías ni tostadoras, pero en el que viven esos temas y personajes que han llenado mi vida estos últimos años. Dejar ir cuesta, también a los libros, pero es ley de vida: llega un momento en que sin dejar ir no hay hueco para lo que viene.

Así que todo vuestro. Y desde ya, gracias.

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Cosas que echo de menos:

Bailar.

Dar un abrazo. De los de verdad.

Olvidarme de las distancias de seguridad.

Decir: «compro los billetes y voy».

Ir a la sesión golfa.

Que el vocabulario bélico –moral de resistencia, salvoconducto, confinamiento– se quede en los libros de historia.

Seguir bailando. Aunque no sepa.

Soplar las velas del cumpleaños y que nadie recuerde «ahora no se puede soplar».

Organizar una cena y que no importe cuántos vayamos a ser.

Una conversación contigo, aunque no te conozca, en la barra de aquel bar.

Vivir sin miedo a tantas cosas que no se ven.

Pelearme con el señor de al lado por culpa del reposabrazos.

Que nadie hable del aforo reducido.

Que te den un abrazo. De los de verdad.

(Y un beso también).

Que cierren el bar, pero no por toque de queda si no porque está amaneciendo y el dueño tiene ganas de irse a la cama (pero tú no).

Que puedas estornudar en el supermercado con libertad, sin sentir que cometes un delito.

No tener que imaginarme cómo sería el resto de tu cara.

Un concierto lleno de gente.

Planear qué haremos el mes siguiente. O el fin de semana que viene. O mañana.

La sensación de que aún queda mucha noche. De que nos queda todo.

***Humphrey Bogart decía que el mundo tiene más o menos tres copas de vino de retraso. Actualmente la cifra ha aumentado, claro. Diría que le faltan al menos cinco. O veinticinco.

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Compramos una tarta de limón tan bonita que nos daba apuro cortarla: no queríamos estropear las formas tan delicadas que dibujaba el merengue sobre la crema de limón. Al final no hubo más remedio, y por una vez, las expectativas estuvieron a la altura. Nos comimos la mitad y después tratamos de decidir qué hacer con ella, con la tarta de limón más bonita de Barcelona. Decidimos dejarla en la nevera de la oficina «para no tirarla», a sabiendas de que nos íbamos de vacaciones. Porque tirarla nos hubiera parecido una aberración. Y la tarta sigue, dos semanas después, en el mismo sitio donde la dejamos.

A veces me ocurre también y la nevera se me llena de tuppers que no me atrevo a tirar en el momento porque me digo que es una pena.

Que ya me lo comeré.

Por si acaso mañana.

En otra ocasión.

Ya lo haré.

Después.

Obviamente eso nunca ocurre y entonces me olvido por completo del tupper y un buen día aparece moho, o se pudre, y exclamo sorprendida, como si tuviera que darle explicaciones a la nevera: «¡Tendría que haberlo tirado antes!». Pero la nevera sabe que yo ya lo sabía y nunca dice nada.

Ocurre también con la ropa que no sirve, con lo que nos queda pequeño, con los trastos viejos o que se rompen. Con lo irrecuperable. Y la metáfora, claro, es aplicable a las cosas que no son cosas.

Aprendemos pronto, de niños, que las cosas hay que aprovecharlas hasta que ya no sirven y entonces llega el momento de dejarlas ir porque es mejor –aunque esto no nos lo dicen– ahorrarse la decadencia.

No tirar lo que ya no sirve, lo que ya sabemos que no servirá, es una manera como otra de ocupar espacio, de permitir que llegue el moho. Y la nevera, pobre, siempre se queda muda ante nuestra sorpresa, «cómo ha podido ser que esto ha ocurrido» y no se atreve nunca a responder: «Pues porque tú lo has dejado aquí». Así que ahora sí, creo que voy a tirar la tarta.

Buena semana y lo dicho: no guardéis lo que ya no sirve que pronto llega el moho.

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Leí estas líneas de Pizarnik en una lámina que al final no me compré: «Escribes poemas porque necesitas un lugar en donde sea lo que no es». Así ocurre, que hay que buscar lugares a las cosas, incluso a las que se van.
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Día de Reyes y se acaban por fin los excesos –en todos los sentidos– de las Navidades. Estos días, cada vez que he abierto una Caja Roja, como la de la foto, pensaba en mi abuela y en que ahora ya nadie nos decía «todos los blancos para vosotros» mientras ella, a menudo escondidas, se zampaba todos los negros. Si le preguntabas, claro, decía que no había sido ella, jamás lo admitía. Dicen que dios está en los detalles y yo, que no sé qué pensar con respecto a dios, sí sé que en los detalles está la grandeza de las cosas.
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Me gusta mucho una frase de Francis Scott Fitzgerald: «Recuerdo que iba en un taxi una tarde entre altos edificios y bajo un cielo color rosa y malva. Comencé a gritar porque tenía todo lo que quería y sabía que nunca iba a ser tan feliz». No sé por qué, la foto de la caja de bombones me ha hecho pensar en esto, en esa felicidad que dan las cosas tan pequeñas como los bombones con forma de corazón, o los blancos que mi abuela no se comía. Qué felices somos a ratitos. Suerte que está la literatura para que sea lo que no es, pero también para contar y recordar todo lo que se marcha.

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Terminé bien el 2020: bailando Raffaella Carrà, y atragantándome con las uvas, como ya es costumbre, pero empecé 2021 aún mejor: en la oscuridad de una sala de cine que me trajo, veinte años después, aquella película que cuenta la historia de amor más triste del mundo. La había visto muchos años atrás. Aunque lo de “visto” es un decir porque no la terminé: me aburrí y la dejé. Las películas llegan también cuando tienen que llegar y supongo que cuando la estrenaron tenía una edad en la que aún no podía entender que aquellos dos no se dieran un mísero beso a lo largo de la película.
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‘In the mood for love’ se traduce en español como ‘Deseando amar’. He encontrado dos traducciones para su título original en cantonés, ‘Fa yeung nin wa’, en primer lugar: “El frescor de las flores se mantiene con el tiempo”, y también: “la magnificencia de los años pasa como las flores”. A pesar de que no sé ni una palabra en cantonés, entiendo que ambas aproximaciones son acertadas para definir esta película que habla de cómo el deseo y el tiempo se entrelazan y se confunden, de qué hacemos con la potencialidad de lo que no ocurre, de cómo la ausencia y el anhelo terminan conformando las existencias de estas dos personas tristes y solitarias. No recordaba la música: esos violines del tema de Yumeji, pero sobre todo las canciones de Nat King Cole ‘Quizás’ y ‘Aquellos ojos verdes’ que, desde la nostalgia, son una puerta abierta a la esperanza.
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Veinte años atrás no llegué al final de la película ni a estas frases: «Él recuerda esa época pasada como si mirase a través de un cristal cubierto de polvo, el pasado es algo que puede ver, pero no tocar. Y todo cuando ve está borroso y confuso». Decía al principio que las películas llegan cuando tienen que llegar porque solo ahora comprendo qué hace Tony Leung deambulando entre los templos de Angkor Wat. Se da cuenta de que tuvo una oportunidad: de que ellos dos la tuvieron. Pero ahora, desde donde está, no puede hacer nada para alcanzarla. Solo ve a través del polvo y la bruma. Y hubiera sido fácil. Si solo hubieran encontrado las palabras, ¿verdad?

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Sobre el deseo.
En literatura un personaje se define por su deseo. El deseo -que puede ser enorme y apasionante como el de viajar a la luna o mucho más sencillo, como el mío, tomarme un vino blanco y unas patatas fritas– es lo que permite al lector identificarse y empatizar con él. A partir de esa necesidad crece la línea argumental. Por ejemplo, el Espantapájaros de ‘El Mago de Oz’ quiere un cerebro porque su cabeza está rellena de paja y no quiere que la gente le tome por tonto. Con este deseo emprende un viaje que le llevará a descubrir que en realidad no era tan tonto como pensaba.
Qué importante es tener un deseo. Y vale para todo, incluso para atravesar un año como este.
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Sobre la vida.
En ‘La uruguaya’, la novela de Pedro Mairal, un personaje le dice a otro: «Si no podés con la vida, probá con la vidita». Y no sé vosotros, pero este 2020 me he acordado a menudo de la vidita, que es al final lo que hace que nos cuadren o no las sumas del Debe y el Haber.
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Sobre 2020.
Lo diré de la manera más fina que se me ocurre: ha sido lo que comúnmente se conoce como “un año de mierda”. Pero por eso, aquí una teoría que inventé en marzo cuando todo esto empezó (porque yo siempre invento teorías que luego nunca aplico). Se llama la teoría del colador y es tan gráfica como su nombre indica. En momentos como los que hemos pasado, uno se queda por fuerza con lo verdaderamente importante. Lo otro se va por el desagüe. Me quedo con esto de 2020: nos hace falta poco para ser felices, lo que pasa es que a veces nos olvidamos.
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Sobre 2021.
Mi frase favorita de Ian McEwan dice: «De este modo podía cambiarse por completo el curso de una vida: no haciendo nada».
No podemos controlar lo que traerá el 2021, pero sí lo que nosotros hacemos con lo que nos traiga.
Así que desde este rincón: mis mejores deseos para 2021, que parece que tendrá sus cosas, su vidita, sus vacunas, sus contratiempos. Feliz 2021 y gracias a todos por estar aquí.

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(Y en la foto: el 2020 ha traído cosas maravillosas también. Lola corriendo tras los globos el día del cumpleaños de su madre es una de ellas. Es una entrada poderosa en la parte del Haber).

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El final de ‘Postales de invierno’, de Ann Beattie, fue uno de mis favoritos durante muchos años. Dice así:
«Justo antes de que me marchara de casa cayó una nevada. Fuimos a ver a su mujer. De camino al hospital paramos a comprar la comida asquerosa de siempre y le cogimos unas revistas, las del hospital tienen todas las páginas rasgadas, y jabón, y cosas así. Cuando llegamos estaba sentada al lado de la ventana contemplando la nieve, y nos dijo, sin levantar la vista siquiera, sin saber quiénes éramos, que los médicos le habían dicho que sentarse a mirar la nieve era una pérdida de tiempo, que tendría que apuntarse a algo. Se rio un buen rato y nos dijo que no era una pérdida de tiempo. Quedarse mirando los copos de nieve sí que sería una pérdida de tiempo, pero ella los contaba. Y aunque contar copos de nieve fuera una pérdida de tiempo, ella no lo perdía, porque sólo contaba los que eran idénticos.»

Un año después de leer esa novela un amigo mío entrevistó a Beattie cuando publicó su siguiente libro ‘Retratos de Will’ y le contó de mi amor por el final de ‘Postales de invierno’. Al dedicarme el libro, escribió «For Laura, we’ll both wait for the two snowflakes that are just alike». Me gusta esta historia porque si algo podría definirme en una biografía es eso: esperando copos de nieve idénticos desde 1984.

El viernes vi cómo un hombre y una mujer se enamoraban en vivo y en directo. Me di cuenta, más allá de por cómo se fueron acercando y por cómo se miraban, porque cuando ella desapareció unos instantes, el tipo, que debía de tener treinta y largos, hizo una especie de mueca extraña. Empequeñeció los ojos como si tratara de recordar dónde había guardado algo que no encontraba. Era fascinación, sorpresa, un «de dónde ha salido y ahora qué hago». Quise recordarle aquel verso Szymborska, que «hubo algo perdido y encontrado», pero pensé que la poesía siempre sirve a posteriori, pero que los directos es mejor vivirlos sin filtros.

Y en la foto parece que esté en un cuadro de Hopper, pero yo creo que estoy mirando a través de una ventana, porque los libros son también ventanas, y fuera nieva y Ann Beattie escribió ese final solo para mí, o eso me gusta pensar.

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23 de diciembre.
En primer lugar está ese poema maravilloso de Sandra Cisneros. Se llama ‘One last poem for Richard’ y empieza así: «24 de diciembre y aquí seguimos». Cada año lo rescato por estas fechas porque son tiempos en los que, como le ocurre a Sandra Cisneros, uno echa la vista atrás. Las efemérides existen también para recordar, para comparar: un año con el otro, ese verano y el de hace dos, tu cumpleaños y el mío. El poema habla, como su propio título avanza, del último poema que ella (sea quien sea) le escribe a Richard, su ya expareja. Y uno intuye, por cómo se desarrolla el poema, que aquella no ha sido una relación especialmente memorable sino que ha estado llena de desencantos y altibajos. Aunque de ternura también. Y cito aquí mi verso favorito: «There should be stars for great wars/like ours. There ought to be awards and plenty of champagne for the survivors», que en mi traducción de pacotilla quiere decir: « Debería haber estrellas para grandes guerras/como la nuestra. Debería haber premios y mucho champán para los supervivientes».

23 de diciembre.
Así siento que llegamos a estas navidades extrañas: deseosos de que nos den alguna recompensa, un poco de champán para sentir que lo hemos logrado, aunque no nos atrevamos a mirar qué hay detrás de la puerta del nuevo año.

Pero lo más importante: que mañana es 24 y después 25.
Feliz Navidad, feliz lo que sea que se acerca. Tiempo también para echar la vista atrás y pensar en los que no están, en los que hemos perdido en estos tiempos difíciles.

Otra cosa:
Quería encontrar una foto navideña, pero tal y como está el año la cambio por esto que he visto esta mañana. «Acceso privado (un mago nunca revela sus trucos)». No sé qué se escondía tras la puerta, en realidad podría haber girado la llave pero he preferido quedarme con la incógnita. «Seguro que habrá algo bueno», me he dicho de repente, convencida de que cuando menos te lo esperas, cuando ya lo dabas por perdido, ocurre algo. En deporte creo que le llaman los minutos basura, tiempo de descuento. Me he sorprendido a mí misma con este brote de optimismo, pero me ha parecido una imagen fantástica para empezar a despedir el año.

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Volvíamos a casa por esa Rambla de Catalunya increíblemente engalanada. Habíamos salido a buscar regalos pero ninguna de las dos se había fijado realmente en las chaquetas, los gruesos jerséis de angora, los sombreros sofisticados. Entre prenda y prenda una le había ido soltando a la otra: «esto sí que no me lo esperaba», o un «¿pero y esto de dónde sale ahora?», o esa eterna constatación: «cuando menos te lo esperas vuelves a la adolescencia». Nos habíamos reído porque por algo nos conocemos desde que tenemos doce años, y cuando nos despedimos nos embargó esa misma sensación: seguíamos jugando al juego de las sillas. Dejaba de sonar la música y nos abalanzábamos sobre la última que quedaba con esa sensación de llegar por los pelos y preguntándote si era eso lo que querías.

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La escritora Margaret Atwood resume esta problemática en una frase: «Otra creencia mía; que todo el mundo de mi edad es un adulto, mientras que yo voy simplemente disfrazado».

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En un capítulo de ‘Better things’, Max, la hija mayor de Sam, el personaje interpretado por Pamela Adlon, está desanimada porque ha cumplido dieciséis años y ha desaprovechado la oportunidad de entrar en las mejores universidades. Al borde del llanto, Max se arrepiente de no haber sabido antes lo que quería. No sabe aún que por mucho que corras, la vida va siempre un paso por delante. Que uno anda rezagado, haciendo lo que puede y, sobre todo, aparentando que sabe lo que está haciendo. Al final del capítulo, Sam lleva a su hija a probarse ropa “de mayor”. Acostumbrada a ir en vaqueros y enfundada ahora en un traje chaqueta, la imagen que el espejo le devuelve a Max es la de una mujer más encaminada en la vida. Madre e hija ríen frente al espejo entregándose a una simple verdad: el truco no es saber si no que parezca que sabes. Crecer no es garantía de nada.

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No se lo dije a mi amiga, por eso lo escribo ahora: nadie es adulto, no del todo. Todos vamos disfrazados y a veces llega una ráfaga de viento y alguien te descubre la peluca. Tampoco le dije esta obviedad: el verdadero viaje no es geográfico. Pero eso es algo que probablemente todos sabíais menos yo.

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Nunca había leído a María Luisa Bombal y ayer di con un relato suyo llamado ‘El árbol’ que cuenta la vida misma, cuenta la historia de una mujer que observa crecer un árbol mientras trata de dilucidar las grandes cuestiones de su vida. Y se le escurren los días entre condicionales hasta que se queda atada a sus propias indecisiones. O así fue como lo entendí yo porque uno se lee en lo que lee. El cuento era, en definitiva, una advertencia. Y hay que leer las advertencias como lo que son: señales de peligro. En un momento, el relato decía así: «Puede que la verdadera felicidad esté en la convicción de que se ha perdido irremediablemente la felicidad. Entonces empezamos a movernos por la vida sin esperanzas ni miedos, capaces de gozar por fin todos los pequeños goces, que son los más perdurables»

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Creo que a lo que se refiere Bombal es a vivir lejos de grandes eslóganes. Nadie sabe qué es ser feliz e incluso leí una vez que la felicidad compensa en altura lo que le falta en longitud. Pensaba en ello caminando por esta Barcelona de diciembre de una Navidad incierta. Hay momentos, destellos, y hay que estar atento para atraparlos: una vieja canción, el verso de un poema, un vídeo en el que tu abuela se come todos los bombones de la caja roja, una foto en la que tu hermano tiene dos años y va en un vagón de tren –y dices «cuánto hemos cambiado» e incluso «qué fácil era entonces»–. Ayer me hicieron una entrevista y me preguntaron qué era lo que me inspiraba a la hora de escribir. Ahora le diría: todo esto.

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Feliz jueves de pre-Navidad. No os olvidéis de las advertencias que al final, la vida, como en la foto, siempre se abre paso.

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Fue mucho tiempo atrás. Salimos del cine después de ver una comedia romántica que le había impuesto a mi pobre padre y llegamos andando hasta el bar donde servían nuestras patatas bravas favoritas. Recuerdo aún la esquina donde le planteé aquella pregunta tan mía, sobre todo en mi adolescencia. Le pregunté qué haría en la hipotética situación de que, de repente, caminando por la calle, se cruzara con una mujer y, al verla, comprendiera que era el amor de su vida. Imagino que la pregunta debió de ser consecuencia directa de la peli que hubiéramos visto, pero lo cierto es que mi padre, fiel siempre al comando anti-drama y súper pragmático de la vida, me miró apesadumbrado y me dijo: «Ni idea, Laura. Pero pagaría todo lo que tengo para que eso no suceda nunca». Luego nos comimos las patatas bravas y no volvimos a hablar del asunto, y por supuesto no le dije que no había entendido las razones de su respuesta.

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Leía a mi admirada Guadalupe Nettel en ‘La hija única’ y me encontré con esta frase: «¿Quién no se ha sumergido en un amor abismal a sabiendas de que no tiene futuro, aferrado a una esperanza endeble como una brizna de hierba? Pourquoi durer est-il mieux que brûler?, se preguntaba escéptico Roland Barthes. El amor y el sentido común no son siempre compatibles»

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Cuántas películas y cuánta buena literatura han dado esos amores abismales pero tan poco adaptables a la rutina. Sospecho que lo que mi padre me respondió tenía que ver en última instancia con lo que plantea Barthes: esto de si es mejor durar que arder. Y me temo que él tenía una buena respuesta pero yo aún no. Parte de mí sigue en esa esquina de sus trece años, a punto de comerse unas patatas bravas con su padre, sopesando esto de si hay que sacrificar el fuego para quedar viviendo en las brasas. O peor: en las cenizas. Pensaba ayer, mientras regresaba a casa, que lo único que deseo es que si algún día tengo una hija y la llevo a comer patatas bravas un viernes de sus trece años no me haga la misma pregunta. Tendría que mentirle y decirle lo mismo que mi padre.

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Me han preguntado esta mañana de qué va este libro y yo creo –aunque los autores somos los menos indicados para hablar de nuestro libro– que va de las siguientes cosas:

–De las veces que no estamos del todo aquí (aunque quisiéramos estarlo).
–De la distancia que existe entre lo que decimos y eso que se queda atascado en otra parte (pero nadie sabe dónde está esa otra parte llena de deseos y explicaciones).
–De que nos enamoramos de lo que nos falta, o de los que están en otra parte, o fuera de cobertura.
–De las personas que son nuestros padres. De esa palabra quebradiza, la familia.
–De no saber. O no poder. O las dos cosas.
–De que cuando fingimos la felicidad, la normalidad. Y de que fingir es ya lo que veníamos diciendo al principio; otra manera de no estar aquí.

En realidad creo que estos relatos van de lo raro que es vivir, y le robo la expresión a mi querida Carmen Martín Gaite.
Hoy pensaba, una vez cerrado el libro –ya no más cambios ni más dudas ni más “esto no me gusta”–, en ese momento precioso en que un libro deja de ser del que lo escribe, que nunca sabemos muy bien qué escribimos cuando escribimos. Y ahí está la magia.

Saldrá el 21 de enero y entonces espero que seáis vosotros los que me contéis a mí de qué va.
Gracias✨

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Las canciones de Love of lesbian me cuentan siempre la historia de mis fracasos sentimentales más estrepitosos. El viernes subía andando a casa por Rambla Catalunya y revisitaba aquellos dos álbumes: ‘1999’ y ‘La noche eterna’. Llovía y tenía que ir deteniénome porque el paraguas se me daba la vuelta gracias a las ráfagas de viento. Era black friday, o eso decían las tiendas, y me puse la nueva canción de Love of Lesbian, ‘Cosmos’, y un verso decía «Hay veces que una canción que habla de ti/ Le gusta a todo el mundo menos a mí». Lo reconocí como el estribillo que, en otras épocas, me hubiera hecho pensar en X, Y, Z, pero esta vez no me hizo pensar en nadie en particular y no pude entregarme a la nostalgia de un viernes lluvioso. Hacerse mayor debe ser eso, me dije, quedarte sin tus fantasmas.
Supongo que es ese viejo debate de las canciones de música pop y la tristeza de ‘Alta fidelidad’: «¿Escuchaba música pop porque estaba deprimido, o estaba deprimido porque escuchaba música pop?».
Hubo un tipo, el Dr. Jacob Jolij de la Universidad de Groningen, que consiguió elaborar un top 10 de las canciones que mejor nos hacen sentir basándose en una fórmula matemática que él mismo diseñó. La ecuación evalúa la canción que nos hace sentir bien según su letra, su tempo en golpes por minuto y su clave. El autor del estudio la aplicó a 126 canciones y comparó los datos que obtuvo con las opiniones de los sujetos participantes en una encuesta que se llevó a cabo en el Reino Unido. Quiero decir: hay maneras de hacer canciones motivadoras y otras muchas otras de hundir tu estado emocional. Y todo eso está estudiado.
Al llegar a casa, sin paraguas porque se había roto y con la ropa completamente calada, volví de nuevo al estribillo de ‘Cosmos’. Pensé en X, Y, Z y suspiré aliviada. Que sensación tan ligera. Encendí las luces de la cocina aún empapada pero misteriosamente feliz, incluso tranquila, como si me hubiera quitado un peso de encima. Suspiré. Seguía siendo yo. No me había hecho tan mayor. Aún no. Qué sería de nosotros sin nuestros fantasmas en los días de lluvia.

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El principio del equivalente funcional no siempre funciona. Ayer, frente a una copa de vino, le dije a una amiga que sí, pero no han pasado ni veinticuatro horas y ya me he convencido de lo contrario.
Planteemos la siguiente hipótesis: pierdes a alguien irremplazable –ahora me diréis que todo el mundo es reemplazable y no–. Seguimos: pierdes a una persona que para ti no tiene sustituto y entonces aparecen de la nada todos aquellos que tratan de demostrarte que existe eso que se llama el equivalente funcional. Es decir: ¿que echas de menos esas charlas sobre literatura rusa que solo tenías con esa persona? Pues seguro que hay clubs literarios donde puedes hablar de ‘El capote’ de Gogol hasta el hartazgo. ¿Que vuestras pelis favoritas eran las mismas y os sabíais los diálogos de memoria y…? Pues es momento de ver otro tipo de películas, o de no ver películas en absoluto. ¿Que nadie como esa persona entendía tus neuras? Pues hay unos terapeutas la mar de majos. ¿Que hacíais deporte juntos y que encontrabais la manera de divertiros incluso pasándolo mal? Pues habrá que probar el spinning en el gimnasio y que suene Maluma mientras sudas bajo luces de neón.
Cuánto daño ha hecho ese concepto, el de «funcional». Y yo me he visto muchas veces enarbolando ese tipo de discursos sin saber que lo que estaba diciendo era que si bien todo no podrás tenerlo, tal vez encuentres consuelo en las pequeñas partes que sí te hacían feliz. Bueno, pues no. O no siempre.

Dicen que solo el amor de los padres es necesario y que los demás son contingentes. Yo a veces incluso estoy de acuerdo. Pero hoy no es el día. Será que voy en un tren. Será que a veces una piensa que hay cosas –pocas, pero las hay– que solo ocurren una vez y que hay que hacer lo posible por atraparlas. Porque si no, terminamos quedándonos con eso que llamamos sucedáneos. O simulacros.

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En la foto, el toldo de un quiosco frente a la estación de Atocha al que siempre le saco una foto. Pienso que un día lo arreglarán, pero entonces perderá su gracia.

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Uno.

Ocurrió la última vez que fui al cine. El hombre de delante compró su entrada y escuché la conversación con el taquillero: «Mejor pasillo. Sobre todo que pueda ver la salida». No entendí a qué se refería y el hombre hizo una pausa antes de justificarse: «Es que si no veo la salida, no estoy tranquilo». No le di más importancia, pero luego, en la oscuridad de la sala, pensé en lo triste de vivir pendientes de una salida.

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Dos.

El otro día, en una sobremesa, salió ese gran tema: chupar o no las cabezas de las gambas. Yo no lo hago, y llevo toda la vida escuchando una misma cantinela: «te pierdes lo mejor». Siempre me ha fascinado esa frase que significa, en el fondo, que no estás entendiendo nada, ni de la vida ni de las gambas. Si te pierdes lo mejor, ¿qué te queda?

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Tres.

No sé si lo mejor son las cabezas de las gambas y ese sonido espantoso que se produce cuando sorbes un pequeño cerebro, pero de lo que estoy segura es que siempre hay alguien que te cuenta cómo deberías tú vivir la vida para hacerlo mejor de lo que lo estás haciendo.

Desconozco a qué se refiere exactamente la expresión perderse lo mejor. Intuyo, sin embargo, que tiene que ver con que tu criterio para escoger la butaca del cine sea estar en un lugar que te permita no perder de vista la salida para, en caso de necesidad, huir a la mínima de cambio. Serás el primero en irte si hay un apocalipsis zombie, si la película te aburre, si hay un incendio. Y así una infinidad de condicionales. Pero protegiéndote del dolor te proteges también de la vida (y de la alegría). Y eso, creo, eso sí es perderte lo mejor.

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Cuenta María Gainza en ‘El nervio óptico’ que «en la distancia que va de algo que te parece lindo a algo que te cautiva se juega todo en el arte». Me pareció una frase brillante. Pero sobre todo me pareció algo que era extrapolable a todos los aspectos de la vida. Nos gustan muchas cosas, pero nos enamoramos irreversiblemente de muy pocas (y está bien que así sea)

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He terminado ya la edición de mi nuevo libro de relatos. En esta fase final suele ocurrirme, ya a punto de cerrar definitivamente el manuscrito, que me planteo si era esto realmente lo que quería decir. Y siempre llego a la misma conclusión: uno escribe algo para contar otra cosa. Esa otra cosa es lo que nos da el impulso, la guía, eso que nunca acaba de hacerse presente. Es importante no entenderlo todo, especialmente a uno mismo.

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Desde que empezó todo esto me dedico a ver mucho cine, pero leo más bien poco. Me cuesta entrar en narraciones largas, prefiero lo fragmentario porque mi atención parpadea, como un fluorescente a punto del apagón final. Una lectura que me acompaña estos días es ‘El libro de las lágrimas’, de Heather Christie. Me reconfortó encontrarme en uno de sus sabios párrafos: «La gente suele llorar en los aviones». Yo, que no soy nada dada al llanto, y menos en público, me he escondido más de una vez bajo las mantas de la aerolínea. Sin ninguna razón en particular: me basta una película de dibujos animados. Una vez, el señor que tenía al lado, me fue a comprar una chocolatina y me la dejó sobre la mesita plegable. Cuando le di las gracias, me dijo que el chocolate iba bien para la tristeza y que si necesitaba hablar. ¿Cómo le iba a decir que acababa de ver ‘Coco’ y que ese era el motivo de las lágrimas desconsoladas?

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He dicho antes que uno escribe algo para contar otra cosa. En realidad, yo solo quería decir que echo de menos viajar. Esa sensación de movimiento, de que los paisajes pasen veloces a través de la ventana de un tren. O la emoción de llegar a un lugar en el que nunca has estado. Ese trayecto en coche hasta el centro de esa ciudad que has visitado tantas veces en tu mente, ese momento justo en que las expectativas se encuentran con la realidad.

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Hoy este libro cumple tres años. La historia de esta familia llena de islas, de equívocos y silencios, de esta familia un poco extraviada y a la deriva, coja, como si para avanzar necesitara siempre de muletas, sigue viviendo gracias a todos vosotros.
Lo que menos envejece de la novela es el título, que es, al menos para mí, tan misterioso como la primera vez que lo escribí y sospecho que así seguirá siendo. El día que sepa qué hacer con mi vida, el día que no haya más dudas ni preguntas, simplemente no habrá que seguir escribiendo. Pero ya os adelanto que eso no va a suceder.

La semana pasada se puso en marcha la séptima reimpresión y desde aquí os lo quería agradecer. Gracias por vuestras palabras, por vuestro cariño y todos vuestros mensajes, que siempre llegan el día adecuado.

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No lo digo yo, lo dice el cartel. Hay que bailar por varias razones.

1.Porque la película de terror no era ‘El Exorcista’, sino que años después entiendo que era ‘Atrapado en el tiempo’. Por mucho que lo intente, Bill Murray se despierta y siempre es el día de la marmota. A mí me ocurre cada mañana: apago el despertador, leo las noticias y me cubro con la sábana de nuevo. Sigue siendo 2020.

2.Por la canción de Rigoberta Bandini que dice una gran verdad, que ‘In Spain we call it soledad’

3.Para llegar al final del día.

4.Por aquel verso de Louise Glück: «miramos al mundo una sola vez, en la infancia. El resto es memoria», y ayer observé cómo un padre, a la salida del colegio, subía a su hijo de cuatro años en el sillín de la bici. El niño, con cara de velocidad, convencido de que la conducía él, le dijo «papá, pero que si no te apartas, no despega»

5.Porque hay muchos que ya no pueden bailar y se lo debemos.

6.Para atravesar el año.

7.Por aquella escultura de Juan Muñoz, ‘Una habitación donde siempre llueve’, a la que siempre hay que volver. Porque descubres, de repente, algo nuevo que te emociona, como Chiharu Shiota y aquel espacio abstracto, una inmensa red roja en la que imaginas nadando.

8.Por lo que decía Marta Pesarrodona: «El amor multiplica, quieres a quien te quiere». Y lo contrario debería ser igual de cierto, aunque a veces no.

9.Por las ensaimadas rellenas, el vino blanco, las palabras que te alegran el día cuando ya lo dabas por perdido, los tiovivos, los abrigos rojos, las microgeografías en un adoquín, por las croquetas, porque existe mañana e incluso aquello tan difuso a lo que llamamos futuro.

10.Hay que bailar. Aunque no sepas. No lo digo yo, lo dice el cartel.

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