Siempre que regreso a esta ciudad vuelvo a tener quince, dieciséis, veinte, veinticinco, treinta, treinta y tres. Vuelve a ser la primera vez que viajé sola con mi padre. Vuelve a ser un noviembre frío con un amigo en un hostal infame, volvemos a estar en un restaurante chino en el que no entendemos el menú y nos dan algo infame y crujiente. Vuelvo a Murray Hill y a un hotel cuyas paredes están recubiertas de un papel floreado muy hortera. Vuelvo a llorar después de leer Aquarium, de Aleksander Hemon, y bajo por la Sexta sintiéndome triste, y es la primera vez que estoy triste en esta ciudad, pero al otro lado de la pantalla, a seis horas de diferencia, alguien me espera. Vuelvo a esa editorial en la que pienso que quiero quedarme para siempre a pesar de que me dé miedo coger el teléfono. Vuelvo ir a la Estatua de la Libertad con mi madre y ella me dice que si la vemos de lejos ya no hace falta bajarse del barco. Vuelvo a llegar a la calle Bleecker y pienso en la canción de Paula Cole que escuchaba en mi adolescencia que empieza: Humility on Bleecker Street. Vuelvo a mirar los puentes desde la azotea y a pensar en los que no están. Vuelvo a encontrar una rata bebé debajo de una servilleta y a mí me parece un animal precioso (solo a mí, deduzco por los gritos que escucho).
Esta ciudad, Nueva York, me da siempre la medida de todas estas personas que he sido a lo largo de los años. Yo, que nunca siento que tengo casa, o no estoy segura de dónde está, me siento aquí como en una casa en movimiento, que nunca es la misma.
Ayer, en el puente, recordé también el poema de Luis García Montero, Life vest under your seat: «Señores pasajeros buenas tardes /y Nueva York al fondo todavía,/delicadas las torres de Manhattan/con la luz sumergida de una muchacha triste». Pensaba en la tristeza infinita por la muerte de Almudena Grandes, en esas últimas líneas del poema: «rogamos hagan uso/ del cinturón, no fumen/ hasta que despeguemos,/ cuiden que estén derechos los respaldos,/ me tienes que llamar,/ de sus asientos». Asombroso como lo importante se queda a veces soterrado, a medio decir entre los asientos y los respaldos de esta ciudad en la que siempre querría quedarme.

Ver en Instagram

El otro día leí una columna de Leila Guerriero en la que hablaba sobre la inutilidad del dolor. «¿Cuántas toneladas de autoayuda y ‘mindfulness’ hemos tragado para engendrar esa necesidad maníaca de encontrarle a todo una enseñanza? El dolor, a veces, es simplemente dolor», decía. Como especie, supongo, estamos programados para encontrarle un sentido a las cosas, sobre todo a las malas. Recuerdo aún aquel libro de Peter Cameron ‘Algún día este dolor te será útil’. El título me atrapó. Sigo ahí, de hecho. Pensando en que los años me proporcionarán la sabiduría para poder encontrar el sentido –o la utilidad– a las cosas que no la tienen.

Tiempo atrás, un chico al que no conocía apenas, me consoló después de algo muy triste que me había ocurrido. Me contó que diez años atrás él había pasado por lo mismo. Dijo una frase que ha permanecido conmigo todo este tiempo: «Te parecerá extraño, pero aquel no lo recuerdo como el peor momento de mi vida». Entonces no entendí a qué se refería, incluso me molestó porque pensé que estaba relativizando lo que yo le contaba. Ahora entiendo que lo que me decía aquel chico es que en medio del dolor, de la pena, también se ríe y existe algo muy parecido a la felicidad, en paréntesis, eso sí. Es como si hubiera menos luz, pero la que hay es más clara, más definitiva.
Bien pensado, no creo que logre encontrarle ningún sentido al dolor. Solo que a veces, al atravesarlo, uno aprende a aprovechar mejor esos tímidos rayos de luz en los que quizás antes no reparaba.

Ver en Instagram

La obra de Cristina Peri Rossi gira, en mi opinión, en torno a ese gran tema de qué hacer con la ausencia. De por qué un día te levantas y la vida sigue pero tú estás un poco más cojo y tienes que acostumbrarte a ese leve y aparentemente imperceptible deje, a esa manera de arrastrar el otro pie de manera silenciosa. En la realidad y, en general, la gente que te rodea, nunca está preparada para hablar de despedidas, de rupturas o de pérdidas, por eso me gusta tanto la poesía de esta uruguaya que ayer ganó el Premio Cervantes. En sus poemas hay mucha lluvia, fantasmas, ciudades anegadas de agua y deseo, la pasión que nace y se desvanece. Entre sus líneas siempre se cuela alguien que no está –y en la vida ocurre igual– y una tiene que aprender a no decir su nombre, o a decirlo camuflado entre palabras y versos de un poema.
Me gusta mucho un poema que empieza así: «Salimos del amor/ como de una catástrofe aérea». Y termina «y nos despedimos con la vaga sensación/ de haber sobrevivido/ aunque no sabíamos para qué». Durante años leí mal ese último verso del poema y en mi versión decía: «aunque no sabíamos a qué». Porque me daba la sensación de que sobrevivir a un gran amor y salir ileso –mmm difícil me temo– se parece un poco más a esa pregunta que yo inventé para que el poema diera sentido a mis días de entonces. Nos leemos en lo que leemos hasta ese punto: al de adaptar el poema a nuestra vida.
Hoy, que llueve en Barcelona, he pasado por este bar por el que paso casi todos los días. Alguien pintó ayer ese mensaje en la pared. No sé si el corazón está roto, o deshinchado, si es alguien que te echa de menos, o eso dice –porque hechos son amores–, o si además, como yo, leyó también a Peri Rossi e interpretó mal alguna de sus líneas.

Ver en Instagram

Solo una cosa:
Ayer una amiga hablaba de su ex novio con un cariño y un amor que me hizo replantearme todas mis relaciones de golpe. Dijo algo que apunto por aquí por si a alguien, como a mí, le viene bien recordarlo: que a veces es fácil encontrar a un amor, pero no a un interlocutor.
Pensé entonces en la obra de mi querida Carmen Martín Gaite, que está hilada por ese motor: la búsqueda de un interlocutor que, además de ser el título de uno de sus libros de ensayos, es a lo que aspiran sus personajes y, en conjunto, me atrevo a decir que su literatura. En su obra, como en las vidas de todos nosotros, existe una imperiosa necesidad de comunicación, de encontrar ese espejo en el que encontrarse, que es el de las palabras y los gestos.
No es que la palabra interlocutor me guste especialmente, pero me gusta lo que significa. Es el recordatorio de que la vida es una conversación, y de que no depende solo de ti que sea una buena charla. Así que apunto por aquí que un gran amor debería ser también eso mismo: nuestro gran interlocutor en el mundo. No es fácil, supongo, que eso coincida y cuando ocurre es un milagro.
Miguel de Unamuno escribió: «No sé hablar si no veo unos ojos que me miran y no siento detrás de ellos un espíritu que atiende». Después de la conversación, pensativa, me fui a casa y, pasando lista a mis interlocutores, me detuve en la puerta de una iglesia donde vi estos pétalos y el arroz esparcido por el suelo.

Ver en Instagram

Hoy, una enfermera la mar de simpática nos ha enseñado un documento llamado “evaluación de fragilidad”. He sonreído, incluso se me ha escapado un poco la risa y la chica me ha mirado intrigada. No le he dicho lo que pensaba: que me parecía un documento que debería ser extensible a ámbitos extrahospitalarios. Entrevistas de trabajo, reuniones infernales, citas de Tinder. «Antes de empezar rellene usted este formulario». Algo así como una declaración de intenciones o un indicador, el rótulo en rojo –FRÁGIL– sobre esas cajas que transportan cristalería fina, adornos preciosos, carísimos mármoles. O huevos.
*
Por otro lado, viajo ahora en un tren y siempre pienso en el encantamiento que supone estar en movimiento, en esa magia de estar yendo, en gerundio, a un lugar. También pienso que nos gusta viajar porque sabemos que tenemos un lugar al que podemos volver. Quizás viajamos también para volver a casa.
*
El último libro del Cuarteto Estacional de Ali Smith, ‘Verano’, empieza así: «Todo el mundo dijo: ¿y?». Pero no todo el mundo dice «¿y?», eso se explica luego. A mí me gusta pensar –y estoy cerca de pensar– que el mundo dice lo que se lee en la fotografía.

Ver en Instagram

Esto de Sergi Pàmies:
«Tengo una teoría: si te enamoras bajo la lluvia, el amor dura más que si luce el sol. En los últimos años, y sin ninguna pretensión científica, he preguntado a cuantas personas he conocido en qué condiciones meteorológicas se han enamorado(…). Guardo setecientas quince respuestas archivadas cronológicamente y, con el rigor de un diletante, me atrevo a afirmar que la lluvia es beneficiosa para este tipo de sentimiento». Y aquí me pregunto:
¿Y si te enamoras en un interior?, ¿cómo saber si fuera ha empezado a llover?
*
El sábado estuve en una boda en la que llovió, y me acordé de Pàmies y de muchas otras cosas. En realidad, mi relación con las bodas me daría para un libro entero. De hecho, empecé un relato de ‘La gente no existe’ con la afirmación más real que hay en el libro: «Durante años, lloré en las bodas». Mis acompañantes pueden dar fe de ello: a menudo no era capaz ni siquiera de llegar al final de los innumerables discursos y terminaba escondida en baños, roperos, detrás del biombo. Nunca supe por qué lloraba (un poco por los discursos, la verdad). Pero también, cuando me lo preguntaban, quizás podría haber contado que pensaba a menudo en Doris Salcedo y aquella obra suya, Shibboleth, en el Tate Modern de Londres. Sé que la intervención artística, una grieta irregular de 167 metros en el suelo del museo, se entendió como una interpelación contra el racismo y el colonialismo, pero a mí, durante un tiempo, Doris y la grieta se me aparecían en las bodas.
*
Ya he contado esta historia, pero me gusta recordarla: tiempo atrás conocí a un fotógrafo de bodas que me contó que, después de veinte años en el oficio y viendo a gente casarse, él sabía perfectamente cuando una pareja se quería de verdad o no. «Porque cuando no están juntos, se buscan con la mirada. Se miran a lo lejos, aunque cada uno esté a sus cosas». Son esas señales, además de la lluvia de Pàmies, las que cuentan, supongo. Y el sábado ambas se dieron cita y respiré tranquila. Ahora, en las bodas, pienso cada vez menos en la grieta de Doris Salcedo. También, claro, porque ser escritora tiene la ventaja de que puedes encargarte del discurso.

Ver en Instagram

Son peores los finales, y lo dice unas líneas más abajo: «Cuando te conviertes en coleccionista de inicios también puedes corroborar con precisión casi científica, la poca variabilidad que tienen los finales». Supongo que tiene razón, aunque esto ya es de mi cosecha, porque las historias pueden acabar de tres maneras: bien, mal o regular.
*
Bueno. También pueden no acabar. Y eso sí que es una tragedia.
*
Dice Graham Greene en ‘El final del romance’ que «Una historia no tiene principio ni fin: arbitrariamente uno elige el momento de la experiencia desde el cual mira hacia atrás o hacia adelante». Resulta más fácil cifrar los inicios, con los finales es distinto. Tengo debilidad por los inicios de las historias porque en el momento a menudo nos pasan desapercibidos. Esa amiga que empezó cayéndote tan mal, ese novio que durante años solo fue un tipo que trabajaba en el mismo edificio que tú y un día, de repente, lo viste de otra forma. Me conmueve pensar que damos vueltas en la oscuridad y que la vida teje sus hilos a nuestras espaldas. Confundimos a veces inicios con finales, finales con inicios e incluso cuenta el refrán, aunque no sé si estoy de acuerdo, que cuando una puerta se cierra otra se abre. O una ventana al menos.
*
En una novela, las primeras frases son puertas que abren mundos enteros. Los finales son también contundentes e incluso se cierran, los personajes llegan a la última frase y exclaman: ah, era esto. Con la vida ocurre al revés: a veces las primeras frases son tediosas, pasan desapercibidas, y de eso no depende que la historia valga o no la pena. Y con los finales, ay. Lo peor que puede ocurrir en la vida son los finales abiertos que tanto me gustan a mí para la literatura. La vida, que no se cansa de coleccionar inicios, insiste recurrentemente en esos tres puntos eternos, ese etcétera de las historias que nunca se acaban.

*** El libro es ‘Conjunto vacío’, de Verónica Gerber.

Ver en Instagram

Ayer estuve en el rodaje de un anuncio. Yo hacía de amiga de los protagonistas y entré soltera en una escena y salí con un novio con el que me estaba a punto de casar. Me gusta actuar por eso: en cuestión de segundos te conviertes en otra persona, incluso empiezas a hablar como otra persona. Durante una época de mi vida quise ser actriz. De películas, de teatro, hacer anuncios. Supongo que deseaba que, al menos sobre el escenario, pudiera asegurarme de que, a pesar de las sorpresas y los giros de guion, las cosas iban a salir según lo previsto.
*
El otro día publiqué una columna sobre esa enfermedad sin nombre, el cáncer, y olvidé mencionar una cosa preciosa en la que me vengo fijando desde hace tiempo. En el pasillo del hospital, en la entrada a esa zona donde se da la quimio –vetada a los familiares, que nos quedamos fuera– me fijaba en todos nosotros, los acompañantes. Nunca he visto yo tanto amor y tanto cariño como en ese pasillo. Me fijo siempre en una pareja de gente mayor. Ella lleva un gorro rosa con una visera y él, que no está enfermo, como para mimetizarse con ella, lleva exactamente ese mismo gorro en verde. Siempre que los veo los observo a escondidas. No se dicen gran cosa, o al menos que yo pueda escuchar. Pero se dan la mano cuando están sentados hasta que un pitido anuncia el turno de ella en la pantalla y él la acompaña hasta la puerta, que está a unos metros. Después, no se marcha a ningún lado: se queda esperando en una silla de plástico incómoda hasta que, horas después, ella aparece de nuevo.
*
Me reía ayer, de vuelta a casa, maquillada como una actriz, después de haber estado a punto de casarme en la ficción de un anuncio. Todos hablamos del amor, pero qué poco previsible que es. En algunas ocasiones surge por exigencias de guion, pero sospecho que es más fácil reconocerlo sobre la incomodidad de las sillas de plástico de un hospital.

Ver en Instagram

Cuenta Ocean Vuong en ‘En la tierra somos fugazmente grandiosos’ que, a partir de otoño, en algún lugar de Michigan, una colonia de mariposas monarcas, más de quince mil, empieza su migración anual hacia el sur. A lo largo de dos meses, de septiembre a noviembre, viajarán aleteo tras aleteo, del sur de Canadá y los Estados Unidos hasta el centro de México, donde se quedarán a pasar el invierno. Basta una noche de helada para matar a toda una generación. De manera que vivir es, al fin y al cabo, encontrar el momento oportuno para hacerlo. Como si fuera así de fácil.
La migración, que cubre un trayecto de 7773 kilómetros, puede desatarse por detalles aparentemente ínfimos como un cambio en el ángulo de la luz del sol, que indica un cambio de estación, de temperatura.
Cada partida es, además de frágil, definitiva. Las mariposas que sobreviven a la migración pasan el mensaje a sus crías. La memoria se teje en los genes y prepara para la supervivencia. Pero, ¿qué queremos decir cuando decimos supervivientes?
*
Por otro lado, ahora que hablamos tanto de volcanes, existe esa palabra hawaiana preciosa: ‘Kipuka’, que es el terreno que resulta intocado por el río de lava que baja por una ladera tras una erupción, una isla formada por todo lo que sobrevive a ese apocalipsis.
*
El otro día se veía esta luz, la iglesia en la montaña del Tibidabo recortada sobre el cielo anaranjado al atardecer. A esta época en la que confluyen dos tiempos, los coletazos del verano y los inicios del otoño, la conocemos porque conviven sandalias y lanas, porque las monarcas empiezan su periplo a través de los días –y quién sabe si alguna se perderá y cruzará el Atlántico hasta esta parte del mundo–. Pero cada época tiene sus propias kipuka, islas de lo que permanece a salvo de las noches de helada, recordatorios de que la vida se parece a veces a los videojuegos: cuando crees que mueres tienes otras vidas e incluso después de leer game over existe la posibilidad de volver a empezar.

Ver en Instagram

Iba escuchando un podcast muy interesante. Se llama ‘Forever is a long time’ y aborda el final del amor, ese gran tema sobre el que nunca se hablará lo suficiente. A lo largo de los episodios, el narrador, Ian Coss, entrevista a los miembros de su familia y consigue que todos ellos se adentren con una honestidad sobrecogedora en la complejidad del sus relaciones de pareja y en los motivos por los que terminaron. Me fascinan ese tipo de relatos, supongo que pienso que podría, eventualmente, aprender de ellos, como si fueran advertencias. Iba escuchando ese podcast cuando llegué a la Plaza del Obradoiro y me quedé observando a los peregrinos, recién llegados del camino, descansando en el suelo, emocionados. Me quedé ahí un buen rato escuchándolos, preguntándome también por qué estaban ahí, qué los había llevado a recorrer todos aquellos kilómetros, si era el sentido de la experiencia, de la aventura, o si había tras sus pasos un sentido que nadie, ni siquiera ellos, alcanzaban a ver. Después entré en la catedral y encendí dos velas. Me quedé mucho rato dentro, sentada en un banquito de madera. Delante de mí, una chica lloraba. Había dejado su mochila, con la concha de vieira colgando, a su lado, y desde las filas de atrás la observaba. También había puesto una vela y nos quedamos las dos ahí manteniendo conversaciones con nosotras mismas mientras alrededor la gente pasaba, hacía fotos, se marchaba. Tuve la sensación, aunque pueda parecer muy extraño, que también yo había hecho una suerte de camino muy largo hasta llegar hasta ahí, pero no sabía por qué, así que para qué iba a contarlo.
Al cabo de un tiempo salí y me fui a comer. Me equivoqué de restaurante y me metí en uno de aquellos de manteles blancos y arreglos florales sobre la mesa, de esos en los que nadie come solo. «¿Comerás solita, hija?», me dijo amable la dueña. Asentí, porque las mujeres estamos solitas, que no solas, que es como decir que es una pena. Pero tampoco dije nada y disfruté del mantel blanco, de haber llegado a Santiago, de buscar siempre las razones aunque las razones de lo importante siempre están lejos, se nos escapan, no están en ningún podcast. Y está bien que así sea.

Ver en Instagram

Hacer cosas que valgan la pena está sobrevalorado. Porque luego la gente espera que siempre seas así, lo dice Kate Winslet en Mare of Eastown y ahora casi no me acuerdo de qué va la serie, solo sé que me gustó, y que me acompaña esa frase desde entonces.
He pensado en ella hoy en la sala de espera del hospital. Al letrero del departamento se le han caído las letras y reza divertido “ nco ogia Radioterapica”. Ya lo podrían arreglar, me digo, pero si lo arreglaran no podríamos reírnos de estar en un lugar que no puede pronunciarse.
Digo que pensaba en la frase de Mare of Eastown porque delante nuestro iba una viejecita adorable, vestida impecablemente, como solo la gente mayor se viste ya, pero estaba triste y cabizbaja, que es el ambiente que suele haber por estos lares. Y he querido hacer algo que valiera la pena, por ejemplo, decirle si quería que entraba con ella y apuntábamos juntas los nombres de los medicamentos, que suelen ser largos y engorrosos.
He pensado que si hoy me dieran a escoger un trabajo que valiera la pena sería poder acompañar a la gente mayor que va sola al médico. O a la gente joven que va sola a determinados médicos. Este pensamiento -infantil, eso es cierto– me ha retrotraído al final de ‘El guardián entre el centeno’, el deseo utópico de ser el vigilante, el único adulto en el borde de un precipicio y tratar de evitar que los niños caigan por él.
Cuando salía la viejecita entrañable le he sonreído y me ha devuelto la sonrisa, o eso he intuido a través de la mascarilla. Luego también he pensado que quizás ella no necesitaba que nadie la acompañara, que a veces uno proyecta en los demás cosas y necesidades que son únicamente suyas. Sea como fuere me quedo con esto: acompañar a los demás, eso sí que me parece algo que vale la pena. Aunque después haya que pagar el hipotético precio de que la gente espere que estés a la altura.

Ver en Instagram

Ayer me mandaron este poema de Ida Vitale. Se titula ‘Amar a un conejo’.
Te dieron un conejo.
Te dejaron amarlo
sin haberte explicado
que es inútil amar
lo que te ignora.

Cuántos de nuestros problemas terminarían si en vez de tantos ríos y afluentes nos lo hubieran enseñado en el colegio.
*
Hablaba el otro día de Sally Rooney ahora que todo el mundo habla de Sally Rooney y quizás me habré hecho mayor, pero a veces querría llamar por teléfono a sus personajes y decirles que las cosas son más fáciles. Que en vez de liarse escribiendo larguísimos emails y echar mano de ambiguas citas literarias hace muchos años que existe el teléfono y las palabras, además de para perderse en florituras, también están para decir lo importante.
*
Lo que más me gusta de los libros de Sigrid Nunez es que en ellos las cosas no mejoran: solo siguen su curso. No hay grandes revelaciones ni giros de guion. Tampoco la gente deja de ser como es por alguna suerte de iluminación, y por eso sus libros se parecen más a la vida que a la literatura. En el último, ‘Cuál es tu tormento’, que tanto he subrayado estos días, aborda esa grandísima verdad: Susan Weil mantenía que el sentido real de ser capaz de amar al otro se resumía en poder formular esta pregunta: cuál es tu tormento. Yo añado que además de preguntar –porque sabemos que existen aquellos que preguntan por quedar bien– hay, sobre todo, que saber sentarse, decir “tengo tiempo”. O mejor: “tengo todo el tiempo del mundo”.
*
Lo que decía: que quizás me habré hecho mayor. Pero he llegado a Barcelona y llovía y por eso he vuelto a los conejos, a la empatía, y a Sally Rooney. Entonces he recuperado esta foto: no se aprecia la luz tan bonita que había aquel anochecer, pero se intuye. Así ocurre siempre, ¿no? Nos vamos acercando a las cosas. Sobre todo a las importantes. Quizás un día incluso estemos tan cerca que lo consigamos.

Ver en Instagram

Cuenta Jorge Semprún que cuando fue liberado de Buchenwald salió del campo con una idea fija: ir hasta una casa que durante años había estado viendo cada día durante su cautiverio. Llegó hasta ahí como pudo, débil después del infierno por el que había pasado. Llamó a la puerta y la mujer alemana que le abrió se asustó debido a su aspecto. Semprún, sin decir nada, entró en esa casa que en cierto modo conocía de memoria y se dirigió hasta la ventana del salón. A través de los cristales miró hacia el campo de concentración del que venía y solo en ese momento habló con la mujer y le dijo: «lo que suponía: se ve todo». Luego salió de la casa.

Es diferente ver que mirar. Imagino que aquella mujer había mirado miles de veces por la ventana, pero no había visto. No se había atrevido a hacerlo. Es cierto que puedes pasar toda la vida mirando por la ventana sin ver absolutamente nada.
El amor, lo repito muchas veces, es que alguien te vea. Con todo lo que eso conlleva. Ver consiste en dejar que la realidad entre en ti, que te rompa.
Todos estamos acostumbrados a mirar la vida a través de nuestras ventanas, es cuestión de tiempo y voluntad que un día decidamos ver. La posibilidad siempre está ahí.

Ver en Instagram

Lola inventó una expresión maravillosa. Dijo: «te quiero mucho de menos».
*
Además, cogí hace unos días los ensayos de Lydia Davis y en ellos encontré una reseña sobre algunas frases de Lucia Berlin que se encuentran entre mis favoritas: «Una vez me dijo que me amaba porque yo era como San Pablo Avenue». O «Él era como el vertedero de Berkeley». Pero en ese vertedero que recuerda Berlin, allá donde mires, se ve el cielo.
*
A lo largo de todos estos años he repetido que si había un lugar en el que nunca trabajaría ese lugar era la radio. El concepto «en directo» bastaba para darme escalofríos. Ayer empecé como colaboradora de La Ventana y constato que la vida se encarga siempre de ponerte en tu sitio. Algunas de las cosas que terminan siendo importantes para nosotros se nos presentan en un inicio revestidas de resistencias y miedos. Cómo me gusta ahora esto de la radio. Y cuánto tengo que aprender, por cierto.
*
En la foto, venía de ver pueblos encantadores de la Provenza, todos limpios, prolijos, rodeados de lavanda y exquisitas tiendas, pero encontré el paraíso cerca de un cementerio de chatarra. Traté de hacerle una foto, pensé en las frases que se inventan los niños, en San Pablo Avenue, en la radio, en que cada uno termina avistando la felicidad en los lugares más desacostumbrados que quepa imaginar.

Ver en Instagram

El otro día entendí por fin qué significa el adjetivo «metafísico» cuando se aplica a un lugar geográfico. Lo entendí estando en una playa. El agua estaba tan congelada que todos hacíamos lo mismo: dejábamos la toalla agobiados por el calor y nos desplazábamos hasta la orilla. Hasta ahí todo normal. Tocábamos el agua. Un paso y después otro. Avanzábamos esperando que ocurriera el milagro: que nos acostumbráramos. Sin embargo, pronto llegaba el punto de no retorno. Cuando el agua te cubría hasta la cintura te detenías mirando el horizonte y allí podías pasarte un buen rato tratando de analizar los pros y los contras. Intentando dilucidar si merecía o no la pena tamaño sacrificio. Desde lejos, la playa ofrecía un insólito panorama: los bañistas, todos detenidos en el mismo lugar, el agua hasta la cintura y la vista fija en el horizonte. Podía parecer que estábamos atrapados en una cuestión trascendental, metafísica, pero solo se trataba de si merecía o no la pena el dolor del frío o si era preferible regresar al sol ardiente de la toalla. Casi todos emprendimos el segundo camino.
*
Leí ayer un artículo de Enrique Vila-Matas que contaba lo siguiente: «Eric Satie no abría nunca las cartas que recibía, pero las contestaba todas. Miraba quién era el remitente y le escribía una respuesta. Cuando murió, encontraron todas las cartas por abrir, y algunos amigos se lo tomaron a mal». Pero no era para tanto. Más tarde se publicaron las cartas con sus respuestas y el resultado fue muy interesante. Una suerte de teléfono escacharrado. Me pregunto si esa no es, en el fondo, la esencia de la comunicación: el malentendido. Eric Satie lo sabía y se ahorraba la lectura e inventaba directamente la respuesta a lo que le hubiera gustado leer.
*
Con respecto al punto uno, antes de irme de la playa me convencí de que
que era necesario meterme en el agua. Lo hice. Después de pasar ese punto metafísico de la cintura me hundí en el agua. Salí horrorizada. Este post tendría que ser una metáfora de que hay que atreverse, pero es todo lo contrario: si tenéis frío quedaos en la toalla. Vale para todas las situaciones de la vida.

Ver en Instagram

Me he enamorado de este texto, pequeño y certero, sobre el origen y el porqué de las historias. Está en ‘Vida secreta’, un precioso poemario de Javier Rodríguez Marcos.
“Cuenta un relato de la tradición jasídica que cuando el gran rabino Shem-Tov creía que se avecinaba una desgracia para su pueblo se retiraba a meditar en un lugar del bosque. Allí encendía un fuego, recitaba una plegaria y se cumplía el milagro de que la desgracia quedaba conjurada.
Años más tarde, cuando le tocó a su discípulo implorar al cielo por la misma razón, acudía a aquel mismo lugar en el bosque y decía: «Señor, escúchame. No sé cómo encender el fuego, pero todavía soy capaz de recitar la plegaria». Y el milagro volvía a cumplirse.
Más adelante, y también con el objeto de salvar a su pueblo, otro rabino se encaminó al bosque para decir: «No sé cómo encender el fuego, no conozco la plegaria pero puedo colocarme en el lugar preciso». Y eso fue suficiente.
Finalmente, cuando le llegó el turno a un rabino posterior, éste, sentado en un sillón, habló así a Dios: «Soy incapaz de encender el fuego, no conozco la plegaria, ni siquiera puedo encontrar el lugar del bosque. Todo lo que sé hacer es contar esta historia». Y aquello bastaba. Dios creó al hombre, concluye el cuento, porque le gustaban las historias”.
*
De niña, yo pedía siempre que me contaran cuentos “de inventiva”. No tenía sentido, al menos en mi opinión, escuchar siempre lo mismo: que el lobo se come a Caperucita, que la Cenicienta pierde un zapato. El término “de inventiva” hacía referencia a la necesidad de que la historia, aunque fuera conocida, variara ligeramente, que cambiaran sus detalles: a partir de ellos podía fabular, imaginar otros caminos, otras posibilidades.
Lo importante anida siempre ahí, en los detalles.
Existe esa frase hecha que todos hemos repetido mil veces enfadados: “no me cuentes historias”. Pero nada tan falso: en realidad, todos queremos que nos cuenten historias, desde el rabino Shem-Tov hasta la niña que sigo siendo yo. Así que si algún día queréis hacer un buen regalo, regalad una buena historia.

Ver en Instagram

Antes de que empezara el verano, una amiga me dijo: «De las mayores desventuras nacen algunas de las mejores aventuras». Le respondí que se dejara de tonterías, que era una frase muy de taza de Mr. Wonderful, pero ayer me detuve frente a esta atracción, Fantasy, y volví a esa frase de Camus que cito tan a menudo: «En medio del invierno descubrí que había en mí un verano invencible».

La verdad es que está siendo un verano extraño lleno de pequeñas aventuras en la ciudad. Descubrí un lugar donde cocinan un baba ganoush increíble -casa de mi amiga Angie–, comí en una terraza de Poble Sec y me atraganté con una alcachofa que tenía esos pelos que se quedan en la garganta, –y nos reímos mucho–, tengo un compañero de piso nuevo durante diez días, un hámster de quince centímetros que come fresas sin parar, vi mi primera película de Atom Egoyan, aprendí a hacer una cosa que no sé ni pronunciar: chakrasana, me leí muchos prospectos de fármacos y milagrosamente los entendí, vencí la pereza de lavar las cortinas , y preparé una ensalada que lleva sandía, quinoa y hojas de menta.

Y hoy he leído dos poemas maravillosos, uno se llama: ‘Poema pleno de amor para Elena Ferrer’, de Juan Antonio González Iglesias (es largo, no me cabe por aquí), y este otro de Ángeles Mora que os copio abajo:

GASTOS FIJOS

Estuve haciendo cuentas
pues no sé hacer milagros
ni esas cosas que dicen
sabemos las mujeres.

Y ahora que estás lejos me pregunto
si acaso vivir sola
no me cuesta más caro.

Ver en Instagram

He comentado ya mis líos con los GPS y la pelota de google maps. Últimamente me sigo equivocando, y me ocurre que en esos momentos en que los caminos -el de la pelota y el mío- se bifurcan irremediablemente hay unos segundos en que dudo y pienso que es el GPS que se ha confundido. Que la ruta se enderezará y tendré razón al fin. Que es una cuestión de falta de cobertura. Nunca ocurre.
*
Llegué a Portbou, al memorial de Karavan, en homenaje a la última parada de Walter Benjamin. Es un lugar a medias, un lugar de tránsito. Unas escaleras cubiertas con un túnel de acero conducen hacia el mar. Protegido tras una pared de cristal se lee, inscrito, un fragmento de Benjamin: “Es una tarea más ardua honrar la memoria de los seres anónimos que la de las personas célebres. La construcción histórica se consagra a la memoria de los que no tienen nombre”.
De Benjamin me gusta su carácter fronterizo, que para mí significa la virtud del que ve la vida desde los dos lados.
*
Casi nunca ocurre esto de que la pelota se equivoque. Pero hay unos instantes mágicos en que se queda dubitativa, sin avanzar. Y yo seguí al tipo del sombrero, el que aparece en la foto. Esperé un buen rato, pero no se movió. No supe muy bien qué hacía, y supongo que se me vino a la cabeza todo este asunto de los GPS, pero también, misteriosamente, esta frase de Cervantes que vale para todo, incluso para seres de frontera: “saber sentir es saber decir”.

Ver en Instagram

A veces conviene recordar el monólogo de La Agrado en ‘Todo sobre mi madre’.
«Me llaman la Agrado porque toda mi vida solo he pretendido hacerle la vida agradable a los demás. Además de agradable, soy muy auténtica. Miren qué cuerpo, todo hecho a medida: rasgado de ojos 80.000; nariz 200, tiradas a la basura porque un año después me la pusieron así de otro palizón… Ya sé que me da mucha personalidad, pero si llego a saberlo no me la toco ». Y termina de enumerar sus múltiples operaciones así: «porque una es más auténtica cuanto más se parece a lo que ha soñado de sí misma». Y tiene razón, pero cabría preguntarse a qué responde el sueño.
*
Por otro lado, el sábado nos subimos a un invento diabólico llamado Crazy sofa. El adjetivo crazy debió haber bastado para disuadirnos y abortar misión. Se trataba de una suerte de sofá hinchable remolcado a una lancha que cogía una velocidad de infarto y literalmente volaba sobre las olas. No os queráis imaginar lo que le ocurría al sofá, que iba dando bandazos y girando como la cabeza de Linda Blair en ‘El exorcista’. Íbamos las cinco agarradas como si no hubiera un mañana. Risas, adrenalina, tortícolis, rozaduras en los nudillos de la fuerza de agarrarse, y náuseas, muchas náuseas. Todos los veranos me ocurre algo similar: años atrás hice un safari acuático (mal) y también me atreví con el windsurf (muy mal). Y yo me pregunto: ¿por qué sigo haciendo cosas que ya sé cómo acaban? Supongo que porque es verano, porque empieza agosto y tengo la sensación de que hay que atreverme con experiencias nuevas. Y como veis, no son experiencias transformadoras del estilo de hacer el camino de Santiago, no. Es subirme al crazy sofa.
*
En fin. Feliz agosto. Recordad el monólogo de La Agrado y sobre todo no os subáis en nada que lleve la palabra crazy delante.

Ver en Instagram

Así, a bote pronto, se me ocurren:
–A Juan, electricista y ávido lector que iba a mi lado en un vuelo a Santander que terminó aterrizando en Oviedo por aquella tormenta terrible. Gracias por darme la mano mientras yo ya pensaba que aquello se iba a caer.
–A la recepcionista de un hostal en Cuzco, que me acompañó a las 5 de la mañana a una parada de autobús para que no fuera sola.
–Al dueño de un Alfa Romeo de color rojo que años atrás me llevó hasta casa en una noche de lluvia.
–A la taxista argentina que vino a traerme hasta la puerta de casa el bolso que me había dejado y no quiso cobrarme la carrera.
–A la carnicera que me regaló un par de libritos porque le recordaba a su hija.
–A la mujer del 061 que me dijo que se iba a ocupar personalmente y que no iba a parar hasta que lo lograra.

El otro día leí un hilo de twitter en que varias personas daban las gracias a toda esa gente desconocida y de buen corazón que uno se encuentra en momentos complicados. Gente que, sin conocerte, te ayuda. Me gustó leer ese hilo, confirma lo que siempre pienso aun a riesgo de que se me considere naif: el mundo está lleno de buena gente pero solo hablamos de la mala.
*
Y a propósito de los agradecimientos aquí este monólogo de John Nash en la película ‘Una mente maravillosa’, en la ceremonia de entrega del Premio Nobel.
«¡Gracias! Siempre he creído en los números. En las ecuaciones y la lógica que llevan a la razón. Pero, después de una vida de búsqueda me digo, ¿Qué es la lógica? ¿Quién decide la razón? He buscado a través de lo físico, lo metafísico, lo delirante, … y vuelta a empezar. Y he hecho el descubrimiento más importante de mi carrera, el más importante de mi vida. Solo en las misteriosas ecuaciones del amor puede encontrarse alguna lógica. Estoy aquí esta noche gracias a ti. Tú eres mi única razón de ser. Eres todas mis razones. ¡Gracias!».
*
En fin: conviene hacer determinadas listas, aunque sea mentalmente, todos los días antes de salir a la calle. Conviene, también, acordarse de John Nash, de que existe eso tan necesario y que a veces damos por hecho. Ya sabéis de qué se trata.

Ver en Instagram