Leía a James Salter: “a veces se experimenta esa sensación de que la vida verdadera se vive en algún sitio pero no donde estás tú”. Una sensación que me era conocida, la de que la felicidad y lo verdadero está en ese otro lugar al que nunca se termina de llegar. Entonces volví a ver esta fotografía de Nadav Kander, una de mis favoritas. En ella, una familia de Chongqing come a orillas del río Yangtze. Dicen que esta fotografía habla de un picnic debajo de un puente. De basura. De un río sucio.
Pero hay un puente -y quien construye un puente derriba un precipicio-, cartas sobre la mesa. También reflejos sobre el agua difícil y esa chica: ¿la veis, a la chica que mira de perfil? Creo que no piensa lo mismo que Salter.
Es una obviedad lo que diré, pero esta fotografía es un recordatorio de que la felicidad es más bien con quién que dónde. La vida verdadera se encuentra sobre todo donde estás tú, las otras vidas simplemente no existen.
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A veces, la vida es una ventana. Ha oscurecido ya y hay luces dentro, y uno se detiene fuera para ver qué sucede, para tratar de entender el bullicio de lo que ocurre en el interior.
A veces, la vida es también una mesa larga de madera. Todo ocurre ahí.
En las mesas y en la vida se sientan todo tipo de personas, pero no se quedan el mismo tiempo. Hay gente que dura poco, pero que deja un recuerdo intenso. Gente que aparece sin terminar jamás de sentarse. Gente que siempre está, aunque tenga que marcharse. Gente que se reúne para arreglar el mundo a base de cafés, de vinos. Gente que son esa familia que se llama amigos que se junta, por ejemplo, una noche de verano. Entonces alguien, desde fuera, se queda frente al cristal.
Tres, dos, uno. ¡Miradme, va!
Y mientras ese alguien observa, se detiene unos instantes. Recuerda, supongo, que la vida es ventana, quien mira se mira: se encuentra con su propio reflejo en los cristales que traslucen gestos y conversaciones, que dejan entrever todo lo que ocurre una noche de verano.
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A veces desearía ser como el protagonista de ‘El barón rampante’: un señor que un buen día decide mudarse a un árbol para pasar el resto de su vida sin pisar tierra firme.
En esta fotografía estival a cuarenta grados, desde lo alto de una palmera del paseo Lluis Companys de Barcelona, veo algunas cosas: cuatro mirones (cinco conmigo), tres burbujas, dos novios y un beso.
Las burbujas son la infancia y la infancia es también pringarse la camiseta tratando de beberse lo que queda del Calipo de fresa.
Las burbujas simbolizan lo maravilloso y lo extraño, la ilusión llena de aire. Flotan unos instantes pero se marchan veloces.
Dicen que las cosas importantes de la vida, para ser buenas tienen que ser ligeras. Así ocurre con el amor. Pero hablamos de una ligereza distinta, como si las burbujas pudieran quedarse un ratito más, ese ratito que se llama siempre.
También dicen que la vida termina siendo una mezcla entre lo que desearías que ocurriera y lo que termina ocurriendo, así que a los novios y a las burbujas, desde lo alto de una palmera del Paseo Lluís Companys de Barcelona, solo se me ocurre desearles que los vientos les sean favorables.
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Agosto llega hoy a través de las ventanas de un tren.

En Pamplona, a 33 grados, y las calles de la ciudad de vacaciones, letargo de paseo por Carlos III. Suerte que la pastelería Beatriz sigue abierta para ir a por garroticos de chocolate que se derriten mientras dejo atrás la calle Estafeta y sus adoquines, y los sanfermines, que quedan lejos ya, a la espera.

El mes de agosto es un mes para esperar.

Verano también en un Bilbao nublado, a 21 grados, y yo quejándome de que aquí nunca es verano del todo, como si hubiera una manera de ser verano. Bilbao, con mi restaurante favorito “cerrado por reformas” porque agosto es también el momento de reciclarse, de parar, de arreglar por fin las goteras y fisuras que hemos ido acumulando durante el año.

Pero verano, de nuevo, y el mundo se mueve en este tren que va a casa, a la mía, mientras el sol se pone en el otro extremo de las vías y suena por aquí un verso de mi querido Tranströmer que dice que en cada hombre hay un verano subterráneo.

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La ciudad se había convertido en una cáscara. Y nosotros la observábamos, a la ciudad dentro de la ciudad, a la que se caía a pedazos con cada nueva tienda de lujo que construían, con cada turista que pedía a gritos una sangría y se probaba un sombrero mexicano typical spanish frente a la Sagrada Familia. Porque vivíamos en Barcelona aunque podríamos haberlo hecho en cualquier otro lugar. Y ayer, en una terraza que miraba hacia la montaña mágica, el Tibidabo, mientras todas las luces se encendían y adivinábamos las vidas de esos otros noctámbulos que se reunían en terrados y balcones, pensábamos, por ejemplo, que uno puede mirar al tiempo de dos maneras: como lo que ya no vuelve o como todo lo que está por llegar. Supongo que es la incertidumbre del futuro lo que produce nostalgia del pasado.

Pensábamos también –y sonaba Stereophonics o los difuntos The Postal Service– en las ciudades que habíamos habitado –Londres, San Sebastián, Madrid, Buenos Aires, Nueva York– , con sus calles y sus parques, sus historias. Alguno dijo que las echaba de menos, a las ciudades. Yo pensé, aunque no lo dije, que lo que uno echa verdaderamente de menos no es una ciudad sino a la persona que era cuando habitaba esa ciudad.

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Hace tres años estaba aquí y la novela no, y paseaba por estas calles pensando en qué iba a hacer yo con el resto de mi vida, pensando también en la protagonista de estas páginas, que se llama Laura, y que tampoco sabía qué hacer con el resto de la suya.
Tenía amigos, reía mucho y me gustaba ver anochecer desde el río. Comía a menudo en mexicanos baratos, probé el lobster roll sin que llegara a gustarme e intenté aficionarme al pastrami de Katz, aunque solo fuera por hacerme la foto.

A veces, sin embargo, al llegar a casa por la noche, cuando encendía la luz y me sentaba frente al ordenador, me quedaba en blanco sin saber si una novela es un recipiente, un deseo o la cáscara vacía de todas esas vidas que no llegamos a vivir.
Entonces había un chico y el chico, como yo, tampoco sabía qué hacer con el resto de su vida. En la novela, a veces hacía que el chico dijera lo que a mí, a la chica de fuera de la novela, le hubiera gustado escuchar fuera de la novela. De manera que me inventé un chico y una historia porque no hay nada como la ficción para que la realidad termine bien.

Ahora vuelvo a Nueva York con la novela en el bolso, sin el chico y sin la historia, y me digo que construimos ficciones para entendernos mejor a nosotros mismos, para volvernos a preguntar, la próxima vez, ante la próxima hoja en blanco si esto –la novela y nosotros- era lo que queríamos hacer con el resto de nuestra vida.

#lauraferrero #quevasahacerconelrestodetuvida #novela #literatura #nuevayork #newyork #novela #thestandard

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Hay banderas por todas partes. Sin embargo, a mí, las únicas banderas que me gustan son estas. Las que dicen: ducha, cocina, calcetín y ten cuidado o lo vas a mojar todo.

Paseo por esta ciudad que ya conozco y observo cómo los hilos de tender se confunden unos con otros creando una maraña de ropa indistinguible.

Lo tuyo y lo mío, lo vuestro, todo esto secándose sobre esas cuerdas que cruzan la vida que se extiende tras los cristales de la ventana.

La vida está en los tendales y se condensa en los cafés, en las mesas de la cocina, en palabras fáciles: familia, mamá, papá. Ducha, cocina, calcetín y ten cuidado o lo vas a mojar todo.

Qué fáciles de entender estas banderas. Todas ellas hablan ese mismo idioma que comprendemos todos y que estrecha ventanas, realidades y familias. **Pero a lo importante: buen fin de semana desde los tendales coloridos de Ereván.
#erevan #yerevan #ventanas #ropa #cielo #tendal #banderas #familia
libreradespeinada💙
laaaaalo😍
tesiriveraInteresante descripción de lo verdaderamente importante!!!
mallafre😍
milagrosdereadHermoso como escribes, tengo fascinación por ver los alambres de las cercas de los campos llenas de ropas secandose al sol, una forma de aprovechar la energía solar sin impacto negativo al planeta, pero en esos tendederos se conoce la esencia de los habitantes de esos lugares, para mí un deleite visual lleno de colorido!

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Hace años, salía tarde del Razzmataz, cuando cerraban, y entonces nunca había taxis. Subía andando hasta casa y casa estaba casi a una hora. O más. Amanecía y yo escuchaba Stereophonics y su Dakota en el mp3. O Dorian y Death Cab for cutie.

Por aquellas, como ahora, cuando iba a comprar ropa interior nunca recordaba si las letras que acompañaban las etiquetas de los sujetadores –A,B,C–, significaban copa o contorno.

Tampoco sabía, cuando llegaba la primavera, si arriesgarme y llevar sandalias o cocerme con el abrigo de plumas que había llevado todo el invierno.

Ayer fui a pasear y terminé frente al Razz, y había chicas y chicos jóvenes en la puerta que salían de un concierto. Era, creo, primavera, aunque llovía e iba con mi anorak negro. Fui subiendo hasta casa y, de camino, entré en una tienda de ropa interior y vi las letras junto a los números, como si fueran claves secretas que nunca iban a serme reveladas. Salí sin comprar nada y fuera anochecía ya, pero había una luz especial, la de los días de lluvia que anuncian por fin una tregua.

Habrá tiempo para las copas y los contornos, lo habrá para las sandalias.

Ya llegando a casa, pensé en Mark Twain, que decía que “de joven tenía mucha memoria, siempre recordaba todo lo que había sucedido y lo que no”. Qué maravilla, no me digáis que no, recordar lo que nunca sucedió.

#marktwain #literatura #barcelona #lluvia #primavera #razzmatazz #deathcabforcutie #dorian #amor #stereophonics #dakota #paseos

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El hombre ha llegado a la luna y está pensando en llegar a Marte. En cambio, aún no ha solucionado un tema fundamental y prioritario: el misterioso caso de la funda nórdica.
Ayer me compré una cama y, en el pack, me incluyeron fundas impermeables y cojines viscoelásticos de grosor medio. En la tienda, todo era una promesa de descanso, amor y sueños (ojo aquí con el orden de los factores). Pero nadie, absolutamente nadie, sacó a colación la incertidumbre que siente una persona sola frente a una funda nórdica de 1,60 cm a la espera de ser rellenada con un edredón del mismo tamaño. ¿Qué extraño e incomprensible mecanismo rige el universo de las fundas y los edredones? ¿Por qué ambas realidades no se comunican como deberían y no se ha inventado nada para que lo hagan?
Que a mí no me engañen: mientras intentas unir funda y edredón, no hay descanso, ni amor ni sueños.

#cama #descanso #fundanordica #edredon #amor #cotidiano #relatos

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Hay una frase de Knausgård que siempre me acompaña: “La vida es sencilla para el corazón: late mientras puede. Luego se para.” El viernes, cuando nos dijeron que te habías ido, bajé paseando desde casa hasta las calles del Borne, quería encontrar un bar al que no recordaba cómo llegar, pero me equivoqué de calle. Me metí por unas callejuelas sin luz y pensé en dar media vuelta. Pero seguí avanzando. De repente, apareció, como si de un decorado se tratara, una enorme puerta amurallada. Si la atravesabas, que es lo que hice yo, llegabas a un claustro iluminado lleno de niños jugando. Pensé entonces que, de alguna manera, la muerte era parecido a eso: todo está oscuro pero solo es cuestión de avanzar un poco más hasta que se disipe la oscuridad.
Se me ocurrió también que tú estabas ahí, entre las lucecitas.
Que tú eras, en realidad, esas lucecitas.
A veces hay miedo y tristeza, y hay despedidas, pero las personas, no se marchan. Se transforman, como tú, en luces y en calles que se convierten en claustros. No me digas que no, abuelo, todo eso son huellas, pistas, marcas que vas dejando para que te encontremos. Porque sé que, en realidad, tú no te has ido, solo estás escondido.

#abuelos #abuelo #barcelona #knausgård #vida #corazon #amor #fotografia (foto de @jordi_bernado )

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Desayunar un día cualquiera o ir al cine a ver la de ‘Disaster Artist’ y que no te guste (y te quejes). Viajar –porque hasta ahí nunca hemos ido juntos– al número 6 de la calle Varick, Nueva York, a la buhardilla donde Paul Auster escribió ‘El libro de la memoria’, la segunda parte de ‘La invención de la soledad’. Empieza “Un día hay vida”. Porque siempre hay vida. Oportunidad.

Ir al teatro a ver una obra que no entendamos.

París –aunque sea aburrido–, Londres, Erbil o una isla que nadie haya pisado.

Que llueva y solo tengamos un paraguas pequeño y eso sea suficiente. El amor, dicen. Que haya una ventana y después esté el mar. Que te llame y estés. Que tú y yo, que nosotros. O como decía Luis Alberto de Cuenca: “Vamos a ser felices un rato, vida mía,

aunque no haya motivos para serlo, y el mundo

sea un globo de gas letal, y nuestra historia

una cutre película de brujas y vampiros.

Felices porque sí, para que luego graben

en nuestra sepultura la siguiente leyenda: “Aquí yacen los huesos de una mujer y un hombre

que, no se sabe cómo, lograron ser felices

diez minutos seguidos.”

#poesia #felicidad #amor #domingo #tuyyo #nosotros #luisalbertodecuenca #paulauster #lainvenciondelasoledad #nuevayork

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Estos días hablábamos del poeta Ángel González porque se cumplen diez años sin él. Ayer, sin embargo, yo pensaba en un verso de Benjamin Prado que dice que quien derriba un puente construye un precipicio.
Y lo hacía desde un ferry que une las dos orillas de esta ciudad que se ha llamado Bizancio, Constantinopla y a la que ahora llamamos Estambul. Una ciudad dividida en dos partes, la que mira a Europa y la que descansa en Asia.
En la cubierta del ferry, mientras cruzábamos el Bósforo, mientras el viento y el salitre, mientras la gaviotas y los turistas, de repente, los vimos: eran delfines. Sus lomos brillantes, esas aletas simpáticas. Sus saltos. Tratamos de sacar el teléfono rápidamente para hacer fotos, pero desaparecieron sin dejar rastro.
Nos pasamos la tarde paseando por Üsküdar pensando en los delfines. En la suerte de haberlos visto y en la pena de no haberlos visto más. Pero también en los seis puentes de Estambul, y en que un puente no es otra cosa que lo contrario de un muro.
Quisimos regresar en ferry por si había suerte y volvíamos a ver delfines. Pero se nos escapó. Así que nos dimos por vencidos y cogimos el metro.
Contra todo pronóstico, ahí estaban para nosotros: los delfines.
Qué cerca están las cosas, aunque nunca lo sepamos.

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No sé ni qué decir…pero aquí está por fin. Conmigo, en un aeropuerto, con lo que me gusta estar en estos pasillos llenos de maletas y de gente a la que me parece que le ocurre un poco como a los protagonistas de esta novela, como a su autora. Que no saben -sabemos- qué hacer con el resto de su vida. Es emocionante ver por primera vez este libro que me ha acompañado desde hace tantos años y por tantas islas. Ahora empezará a hacerlo de otra manera, pero estará aquí, conmigo, en los aeropuertos y en los no-aeropuertos. Y espero que este no sea sino el inicio de todas esas historias que aún están por venir. Por escribir. Gracias a todos los que me habéis acompañado.

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