Son dos viñetas de Liniers. En la primera, un chico y una chica, ambos enfrascados en las páginas de un libro, se acercan. Leemos: «Uy…Están leyendo el mismo libro. Ahora se dan cuenta…Charlan…Se enamoran». Pero lo que ocurre en la siguiente viñeta de Liniers no es lo que esperamos. Es decir, estos dos no se enamoran, ¿sabéis por qué? Dice: «Lástima… El libro es demasiado bueno». De manera que los protagonistas se cruzan sin ni siquiera haber levantado la vista de las páginas del libro, y siguen su camino.
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No sé vosotros, pero yo me enamorado de muchos libros y de muchos –bueno, sin exagerar. De alguno– a través de los libros. Es eso que decía Cristina Peri Rossi: «la literatura me mató pero te le parecías tanto».
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Tiempo atrás, cuando escribía la novela, para hablar de un acontecimiento central que no se desvelaba hasta más adelante, escribí una frase que se repetía como un mantra: «Después de todo aquello». El otro día me di cuenta de que hablo de esto que está pasado de una manera similar, sin llamarlo nunca por su nombre, como si no quisiera invocarlo, y digo: «cuando todo esto pase». En fin: día 23 de abril. Cuando todo esto pase volveremos a nuestras librerías de siempre para seguir perdiéndonos en sus pasillos, para seguir llenando nuestras estanterías de todos aquellos libros que luego tampoco tendremos tiempo de leer (y entonces volveremos a quejarnos). Pero hasta entonces, Feliz día del libro, Feliz día de Sant Jordi. Muchas gracias por leer. Y si os cruzáis alguna vez a alguien que esté leyendo el mismo libro que vosotros… No hagáis como en la viñeta de Liniers.
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Fue en una boda familiar muchos años atrás. En Murcia, creo. Eran las tantas de la madrugada, ni yo ni los bajos del vestido éramos los mismos ya, y supongo que trataba de decidir si ir o no a por otro de esos gin-tonics que ponían en vaso de tubo, cuando los gin-tonics no eran todavía una competición floral en copa de balón. Fue entonces cuando se me acercó mi tía, que se encontraba en el mismo estado que yo, y empezamos a hablar todo lo que el volumen de la música y nuestro estado nos permitía. Era esa hora de las confesiones de las que no te acuerdas al día siguiente, y está bien que así sea. Imagino que me contaría muchas cosas, pero lo cierto es que no las recuerdo. Pero sí que, de repente, se quedó en silencio, como si hubiera recuperado la lucidez, y me dijo que había una cosa que la había entristecido siempre: que en muchas ocasiones no había sabido querer a quienes lo merecían. Que era injusto la de veces que se había visto queriendo al que menos se lo había ganado. Entendí que hablaba de un hombre y también entendí que me lo decía porque la genética es la genética y pensó que su sobrina no iba a ser menos. Nunca volvimos a hablar del tema, y luego ella ya leyó ‘Piscinas vacías’, y qué más podía decirme la pobre.
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Cuento esto porque llueve y un amigo lee aquel libro, ‘El bar de las grandes esperanzas’ y ha colgado una frase que siempre me gusta releer: «Aunque me temo que nos sentimos atraídos por aquello que nos abandona, y por lo que parece más probable que vaya a abandonarnos, finalmente creo que nos define lo que nos acoge»
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Nunca es tarde para las advertencias. Aunque llueva, sea domingo, o la música esté demasiado alta. Nunca es tarde para recordar que nos define lo que nos acoge, y esa es una buena frase para empezar la semana.
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En los idiomas y en la vida lo fácil es llegar al nivel intermedio. Estás con la emoción de lo nuevo, aprendes mucho en muy poco tiempo y resulta que apruebas el examen del nivel intermedio con relativa facilidad. A partir de entonces, los phrasal verbs y los falsos amigos se te empiezan a hacer bola y te pasas media vida tratando de llegar al Advanced. Hay un punto en el que todo se estanca, en que los días pasan y parece que nada cambia. Pero para llegar al Advanced es necesario saber transitarlo.
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Una opinión impopular y un apunte para estos días: no me gustan las aplicaciones de videollamadas. Ni Zoom, ni Facetime, ni Skype. Y ojo, no es que tenga nada en contra de las aplicaciones en sí, sino que prefiero el teléfono de toda la vida. Te sientas en el sofá, llamas a tu amigo, le cuentas tus cosas. El teléfono ofrece el simulacro de pensar que todo sigue igual que antes, en esa otra vida que todos teníamos. Sin embargo, cuando me conecto a cualquiera de estas aplicaciones y veo ahí las caras de toda esa gente a la que me gustaría dar un abrazo, es cuando pienso: ah, no, Laura, que no puedes. Por eso, a mí por teléfono. Ojalá incluso por fijo.
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El otro día leí un artículo sobre la cuarentena que me gustó. Era de Mariana Enríquez. Sospecho que me gustó porque entendí lo que contaba, que era, lo mismo que me ocurría a mí. Siempre me maravilla esa infinita capacidad de conectar que tiene la literatura. Es como un mensaje en una botella que siempre encuentra a su destinatario adecuado.
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Cuando parece que nada cambia, cuando crees incluso que estás retrocediendo a la casilla de los principiantes –que es en realidad, lo que somos todos a lo largo de la vida– es cuando uno deja de anotar progresos mentalmente y, por tanto, en el momento en que uno verdaderamente empieza a avanzar.

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Digo a veces la misma cosa y la contraria en el transcurso de una hora. Digo, por ejemplo, que tampoco hace falta la música en los balcones y, luego, resulta que los cuatro chicos que viven en Travessera me alegraron la tarde de ayer cuando pusieron «Para bailar la bamba». Creo que hasta que no fui mayor de edad no entendí, y por casualidad, que no era «bailar la gamba». Así que me pasé la infancia pidiendo la canción de la gamba sin que nadie me corrigiera. Lo mismo ocurrió con aquella otra canción, la de la bilirrubina. A mí siempre me subió la milirubina y pensaba que era algo que tenía que ver con la mili. Hasta aquí mi diagnosis de la música en los balcones.
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Ayer vi ‘The fog of war’, un documental sobre McNamara, y en él se cita aquel verso de T.S. Eliott: «No dejaremos de explorar y al final de nuestra búsqueda llegaremos al lugar desde el que salimos y lo conoceremos por primera vez.
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Me preguntan: ¿Con quién estás pasando la cuarentena?, ¿Has visto ‘Tiger King’?
En la foto, la respuesta. Se llama Texas y lo encontré, como su nombre dice, en una gasolinera de un pueblucho de Texas. Los dos, Texas y yo, salimos a bailar la gamba todos los días a la misma hora.
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Llegar al lugar desde el que salimos. Como si esto, la vida, no fuera más que ir de un lado para otro, tratando de alejarnos lo suficiente del punto de partida –y así tener la sensación de que hemos avanzado– para comprender finalmente que todo estaba ya en el inicio y que no nos teníamos que haber alejado tanto.
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En fin. Feliz domingo de gambas y exploraciones.

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A mí siempre me habían hecho mucha gracia aquellas historias de cuando llegó la televisión. La bisabuela que ve el telediario religiosamente todos los días, y nunca se olvida de responder ante el «Buenas noches» del presentador, un sentido «Buenas noches tengas, hijo». Las cosas te pillan por sorpresa y ayer, sin que pudiera remediarlo, cuando el instructor de yoga de un vídeo grabado cinco horas antes se situó frente a la camarita y nos preguntó si habíamos tenido un buen día, me escuché a mí misma responder, incluso con una ironía que claramente esperaba respuesta que «Hemos hecho lo que hemos podido» *
Tengo una teoría para estos días: la teoría del colador. Las cosas verdaderamente importantes se quedan arriba. Lo demás, también aquellas cosas que nos parecían tan absolutamente imprescindibles, se van por el desagüe. En definitiva: se marcha lo superfluo, el ruido. Se queda lo importante.
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Ayer un amigo me contaba: sus padres, mayores, llevan un mes sin pisar la calle. Todos los días quedan a la misma hora, a las 6, en el salón y se van de paseo. «¿Pero entonces sí que salen?», le pregunté. Me respondió que nada de eso: que hasta esa hora los dos han estado enfrascados en sus cosas y cuando terminan, cada día deciden irse a una ciudad distinta en la que ambos hayan estado. A las 6 se marchan, pongamos, a París. Entonces, se dan la mano y salen a la terraza a dar círculos. Luego siguen por el pasillo. Por la cocina. Y hay unas reglas, claro: están en París y van, por ejemplo, del Marais al canal de Saint Martin y se detienen, quizás, en Republique, para descansar brevemente, pero con las ganas de llegar al bar de la Patache y poderse tomar un vino y unos quesos. Lo que decíamos: la teoría del colador. Siempre nos quedará París, aunque sea el París del recuerdo, que es el que cuenta.

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Me decía el otro día una amiga que en estos tiempos raros, en el transcurso de un día puede pasar una vida entera: «No es que tengas un buen o mal día. Te puedes levantar bien, al ratito no estarlo tanto, de repente ponerte a reír y pensar que ya pasó, y que al cabo de un par de horas más caigas en la más absoluta melancolía. En un día caben muchas cosas, quizás demasiadas». Así que cuando ahora nos preguntan «¿qué tal estás?», en vez de responder el típico «todo bien» podríamos decir: «Bueno, ¿a qué franja horaria te refieres?
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La emoción de bajar a tirar la basura o a comprar el pan. Ahora todos sabemos qué es eso. Nos fijamos en absolutamente todos los detalles de los 30 metros que nos separan del contenedor de plástico. Y sin embargo, yo nunca me había fijado en que vivo al lado de un comercio, sea el que sea, que se llama Mars. Recordé entonces aquellos versos de Luis Alberto de Cuenca que en una época tanto cité: «Viajar a Marte/ o al cuarto de la plancha./Pero contigo»
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Hay una escena de esa película maravillosa que es ‘Un tranvía llamado deseo’ en la que Blanche du Bois le dice a Mitch: «Yo no quiero realismo. Yo quiero magia». Ay, Blanche, pensaba ayer. A ti no te ha tocado vivir una pandemia.
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Yo a estos días también les pido magia. Pero tampoco me hace falta tanta. En realidad, con saber que vivo al lado de Marte, aunque me pase más tiempo encerrada en el cuarto de la plancha, me vale.

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A vivir poco. A no llegar a tiempo. A no tener suficiente experiencia. A estar demasiado cualificado. A llegar demasiado pronto. A que te dejen. A que la pasta no esté al dente. A que nadie te espere en el aeropuerto. A fracasar. A no decir lo que toca cuando toca. A enfadarte. A perder el trabajo. A no volverte a ver. Al teléfono que suena en mitad de la noche (y es una promoción de una mutua de seguros). A morir. A no dar las gracias. A olvidarte del cumpleaños de un amigo. A la oscuridad. A no estar a la altura de tus propias expectativas (y de las de los demás). A sufrir injustamente. A sufrir justamente (si es que el dolor sirve para algo). A no hacerte valer. A las tormentas en la noche. A no amar lo suficiente. A ser torpe. A no aprovechar. A las arañas peludas en el techo del baño. A no ser consecuente. A decir lo que piensas. A no decir lo que piensas. A Freddie Krueger en ‘Pesadilla en Elm Street’. A no tener dinero. A olvidarte de los seres queridos. A las turbulencias. A que nunca nunca nunca sea suficiente.

Leí el otro día que solo existen dos miedos originarios: el miedo a caer y el miedo a los sonidos fuertes. Así que todos los demás son aprendidos. E intuyo que todo lo aprendido puede ser convenientemente desaprendido.

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Ayer leí mi horóscopo. Decía: «Hoy, grandes viajes». De manera que me fui a la cocina y después a la habitación, incluso pasé a controlar si la ropa tendida ya empezaba a secarse, cerré la ventana del baño y recordé que tenía que comprar jabón de manos. Por si esto fuera poco viajé de nuevo hacia la cocina y comprobé que la calabaza seguía a su ritmo, que no el mío, dorándose en el horno. Finalmente, exhausta, volví a la mesa frente al ordenador.
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Cuenta Claudia Durastanti en la que es una de las mejores novelas que he leído últimamente, ‘La extranjera’, que cuando Richard Linklater rodaba la mítica ‘Antes del amanecer’, les contó a Julie Delpie y Ethan Hawke que él no había vivido nunca un accidente aéreo. No había sido espía y nunca había viajado en una nave espacial y, sin embargo su vida estaba llena de dramatismo. Y lo más dramático que le había sucedido había sido intimar con alguien. Un día conoció a una chica y se pasó hablando con ella toda la noche. De ese evento en apariencia tan cotidiano, conocer a alguien y entenderse, surgió la idea de una trilogía sobre la conexión que se establece entre los seres humanos. De lo que quería hablar Linklater era de algo asombrosamente normal, al menos en apariencia: «el espacio entre dos personas»
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Hoy no voy a leer el horóscopo. Capaz es de decir algo parecido a «Hoy, gran historia de amor», y en ese caso no me quedará más remedio que rebuscar entre las calabazas, la ropa tendida y el jabón que aún no he comprado. Este es un mensaje para los editores de los horóscopos: un poquito de por favor. Y acordémonos estos días de Linklater y Durastanti. Una de las cosas más bonitas y difíciles que hacemos en la vida es cuidar de esos espacios en los que nos encontramos con los otros (y dejamos que nos encuentren)

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Hay un viejo chiste en el que una solitaria y minúscula figurita central exclama: «No soy pequeño. Estoy lejos»

Aunque también está Pascal, que dice que «El hombre no es más que un junco, el más débil de la naturaleza, pero un junco que piensa». Pero sí, lo diga la figurita o Pascal, estemos lejos o cerca, somos muy pequeños.

Buen martes. Aunque ya los habrá mejores. De martes y de días.

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«Pues verás, viendo el otro día ‘At the end of the world’ comprendí a qué se dedican los glaciólogos y que también escuchan al viento silbar entre esas enormes placas de hielo que, de deshacerse, podrían mantener el cauce del Nilo durante 75 años. Y fíjate tú que, poco después, me llamaron para hacerme una entrevista. No, no famosa, yo no. Ni en las revistas tampoco, abuela. ¿Sabes en calidad de qué me llamaron? No, no te quites la mascarilla. Ni se te ocurra. ¡Me llamaron en calidad de experta en desamor! Que no te rías tanto, abuela, que te va a dar la tos. Ni tampoco se vale el «ya te lo dije» que lo del desamor no te pasa porque lleves los bajos de los pantalones deshilachados. Es que si al menos me hubiera especializado en amor, ¿verdad? Ser alcahueta, wedding planner, adivina, qué sé yo. Que no te rías más, anda. Y sí, también tienes razón y podría haber montado un programa a lo Isabel Gemio o Jesús Puente, pero ahora se lleva más ‘First Dates’. De eso ya tendremos tiempo para hablar.
Y otra cosa. El otro día hubo una cacerolada real, ¿lo sabías? Se escuchaba el estruendo desde todas partes. La nieta de una amiga salió al balcón con sus padres. Tiene tres añitos y tampoco se entera de mucho aún. De manera que escuchó todo aquel sarao, el sonido de las cacerolas, y que hablaban del rey, de los reyes. La niña se fue a dormir ilusionada solo que, como ocurre algunas veces en la vida, se levantó al día siguiente sintiéndose estafada. No entendía nada: ¿no habían venido los reyes?, ¿dónde habían dejado los regalos después de aquella cabalgata sin carrozas desde los balcones? Mi abuela, al escuchar la historia, rio y, antes de irme, le volví a prometer que le estábamos reservando todos los bombones negros de la caja de Nestle. Con un hijo de voz dijo “Los blancos para vosotros”» #barcelona #domingo #literatura #hospital #wernerherzog #herzog #encountersattheendoftheworld #ifyouleave #somewheremagazine #lauraferrero
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Estos días pienso a menudo en este término japonés que no tiene traducción al español: ‘wabi-sabi’, que significa algo parecido a «encontrar la belleza dentro de las imperfecciones de la vida». Hay otra expresión intraducible, en este caso procedente del inuit, ‘iktsuarpok’ que significa «salir para ver si alguien está viniendo», que también me gusta especialmente porque hace referencia a la ilusión, a la expectativa de que algo bueno ocurra.
Estos días miramos a través de muchas ventanas para ver si alguien o algo viene. Y las ventanas son también las redes sociales, los balcones, la televisión.
No sé vosotros, yo no consigo leer mucho, pero ayer me quedé con esto del libro ‘Los argonautas’, de Maggie Nelson: «Barthes describe cómo el sujeto que dice “Te quiero” es semejante al “argonauta que renueva su nave durante su viaje sin cambiarle el nombre”. Así como las partes del Argo pueden ser reemplazadas sin que la nave pierda su nombre, el significado de la frase “Te quiero” debe renovarse cada vez que los amantes la enuncian, ya que “el verdadero trabajo del amor y del lenguaje es darle a una misma frase inflexiones siempre nuevas”» Estos días tienen también algunas cosas bonitas, muy bonitas, inlcuso. Cuánta gente que te escribe para decir simplemente, «¿estás bien?» o «bájate esta aplicación y nos tomamos un vino viéndonos por la pantalla». Pensaba en eso ayer por la noche mientras miraba las luces del balcón, mientras volvía a ese término, wabi-sabi. La belleza –fracturada, renqueante, un poco disfrazada– está siempre en todas partes. Basta con saber mirar y salir al balcón en el momento adecuado. Siempre hay alguien que está viniendo.
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En la película ‘Caro Diario’, Nanni Moretti pasa un verano en Roma y sucumbe a los encantos de su ciudad dormida. La recorre en Vespa y es agosto, hace calor, y va divagando y cuenta, entre otras cosas, algo que me representa completamente. De repente, llega a un improvisado escenario donde multitud de parejas bailan al son del merengue ‘Visa para un sueño’. Moretti dice: «En realidad, mi sueño ha sido siempre saber bailar bien». No sé vosotros, pero yo tengo sueños y deseos bastante banales y he sido tantas veces Nanni Moretti, ahí plantada, boquiabierta ante esa perfecta sincronización de piernas, caderas, brazos. Y yo, con las manos en los bolsillos, si acaso moviendo un poco los pies para disimular, agarrando una copa como diciendo: «no, si cuando me la termine me vengo» *

Suena a ciencia de baratillo, pero el 97% de la masa del cuerpo humano está conformada por materia procedente de las estrellas. Lo decía Carl Sagan: «Somos polvo de estrellas que piensa acerca de las estrellas». Poesía y ciencia en una misma frase, ahí es nada. *

No sé si es porque es domingo, si es por haber escuchado en bucle ‘Visa para un sueño’ aproximadamente diez veces o por haber recordado que somos polvo de estrellas, pero lo he decidido: voy a aprender a bailar. Si alguien tiene el teléfono de Nanni Moretti, que le diga que ha encontrado por fin una pareja de baile a su altura.
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Algunas consideraciones para estos jueves extraños de semanas aún más extrañas, de meses que prometen ser los más extraños.

1.La dedicatoria de la película ‘Mediterráneo’, que ganó el Óscar a la mejor película extranjera de 1991. Dice así: «A los que están escapando»

2. Ayer, en el gimnasio, a esa hora a la que acuden solo los jubilados que hacen aquagym y las que no nos concentramos por alguna misteriosa razón, una mujer aleccionaba a otra en los vestuarios: «¿Sabes cómo se solucionaría todo esto? Comiendo más ajo. Está probado científicamente»

3. Perdemos:

Una cita importante, el trabajo, los vuelos sin seguro de cancelación, la reserva de ese hotel, la ilusión de las vacaciones esperadas, la cita con aquel amigo al que hace tiempo que no ves, las clases, la universidad, la reunión de antiguos alumnos, el pago por el visado, la conferencia, el programa, la obra de teatro. Muchas cosas se pierden, ojalá no lo importante.

4.

Leí también que de un laberinto se sale, de una línea recta, no.

5.

No comáis ajo, o sí, pero lo importante: recordad que siempre siempre siempre siempre se sale de los días extraños. Lo dice Nacho Vegas en una canción.
#diasextraños #nachovegas #musica #ifyouleave #barcelona #literatura #amor #gimnasio #gym #mediterraneo #laberinto
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Nos ha parecido, antes de empezar la subida al Teide, que nos podíamos permitir un café y unos bollos, un pastel con frosting de limón, en fin, esas cosas que ahora ya no hay que comer porque existe la chía, el aguacate y cereales de nombres impronunciables. Pero nos los hemos permitido, porque «total, ya llegaremos», y eso creo que lo he dicho yo.
*
Y total, cuatro horas y media después, el frosting atravesado, sin provisiones, habiéndonos detenido unas cuantas veces para maldecir el café y la subida, las piedras, el calor, el frío, el olor a azufre del tramo final, hemos llegado. Y me ha parecido una buena manera de pasar el 8 de marzo: subiendo una montaña.
*

Me enamoré esta semana de una maravilla llamada ‘How to say I love you in Greenlandic’. Una de las entradas recogía el término ‘akunnagaa’, que significa ‘Demasiado tarde para empezar’
*

Hoy, 8-M, pienso en los inicios, en los caminos que recorremos. En lo que nos falta, pero también en el tramo ya recorrido. Pienso también en que antes de Simone de Beauvoir, Judith Butler, mi querida Vivian Gornick o Rebecca Solnit, estuvieron otras, porque todo lo que sé sobre feminismo se lo debo a mi madre. A mis amigas. A todas las mujeres maravillosas con las que me cruzo y con las que tengo la suerte de trabajar. Así que hoy es un día para dar las gracias a todas ellas.
*

Había muchas fotos, muchas, de la llegada a la cima. Sin embargo, qué queréis que o diga, a mí me gustan más los inicios que los finales. Pero eso sí: nunca, nunca, nunca es demasiado tarde para empezar.

#8m #teide #tenerife #simonedebeauvoir #feminismo #amistad #ifyouleave #somewheremagazine #islascanarias #judithbutler #rebeccasolnit #viviangornick
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Días así

1. Alguien escribe para decirte que te recordaba más joven.

Después.

2. Alguien dice que «es que yo soy muy directo, ¿sabes?», frase que legitima cualquier tipo de ataque que venga luego.

Después.

3. Un señor escribe un email y dice «no entiendo que tus relatos sean tristes, mujer, pero si sales guapísima en la foto de la solapa. Aunque igual es el Photoshop. Ja ja»

Después.

4. Alguien escribe también para decir que «me ha sorprendido mucho que tengas tu edad, pensaba que eras vieja»

Resumiendo.

Podrías responder a 1 diciendo que es lo que tiene el tiempo, que pasa. A 2, que si algo te da pereza en la vida, pero una pereza incontrolable, la misma que te daban el pescado o la verdura de niña, es la gente que regala honestidad sin que se la pidas. A 3 y 4 simplemente podrías responder con la foto.

Hace poco, en una encerrona tremenda, con una cámara de vídeo en mano, me preguntaron para qué sirve la cultura. Yo, toda cursi y afectada, respondí que a mí me había salvado la vida. Bueno, pues no tanto. No sé a vosotros, pero a mí, lo que vedaderamente me la salva es el humor. Gracias a dios, mi episodio de amor a la cultura nunca se emitió (supliqué que quitaran esa toma) y la foto es de un relato de Lorrie Moore, una de mis escritoras favoritas de todos los tiempos. Os la podéis guardar, va bien tenerla a mano porque nunca sabes cuándo vas a necesitarla.

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En el puesto número uno de las cosas que no hay que hacer en la vida es buscar a las nuevas parejas de tus ex. No suele dar buen resultado. Claro que a veces ni siquiera es algo que dependa de ti, ni si siquiera andas fisgoneando en cuentas ajenas cuando, de repente, te das cuenta de que tu ex, con el que llevabas siete, diez, veinte años es el «chico misterioso» que se ha vuelto inseparable de Lady Gaga. Ante la terrorífica constatación, hay dos tipos de personas, los que como mi amiga A. dirían: «Vaya. Me siento un poco celebrity: Lady Gaga y yo hemos compartido novio», y yo, que se preguntaría, dramática: «¿Qué tiene Lady Gaga que no tenga yo?». Y de ahí ya el drama, los lloros, la terapia incluso. Yo tuve un novio que, después de salir conmigo, salió con una modelo de lencería y su carita –y cuerpo– de ángel pasó a empapelar las marquesinas de la ciudad. ¿Qué tiene ella que no tenga yo? Bueno, no sigo por ahí. En definitiva: mis condolencias a la chica que salía con el chico misterioso que ahora sale con Lady Gaga. Esperemos que el nuevo hit de Lady Gaga no se llame ‘Love at first sight’ y sea sobre su ex.
*
En casa de mi hermano también vive Alexa, un altavoz inteligente que se controla con la voz. Se conecta a Alexa para reproducir música, responder. «Buenos días, Alexa», ella le devuelve los buenos días y le ofrece información con respecto a meteorología, datos de interés, etc. Ayer nos reíamos: «Alexa, pon música para dormir», «preparando música para dormir: selva, ruido blanco, ruido marrón, ventilador de aspas gigantes, avión, simulador, secador». Entonces, lo mejor. Cuando le preguntabas, por ejemplo, «Alexa, quién es la autora de Piscinas vacías», respondía: «No tengo respuesta para esto». ¿Os imagináis un mundo en el que la gente pudiera decir, así, públicamente, como Alexa, «no tengo ni idea»? Yo tampoco.
*
En fin. Feliz fin de semana. Y un consejo: no busquéis a las nuevas parejas de vuestros ex y, siempre que podáis, acordaos de Alexa y de Sócrates para decir: «solo sé que no sé nada». #ladygaga #ex #amor #ifyouleave #somewheremagazine #socrates #filosofia #alexa #echodot #barcelona #weekend #sabado
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Los comienzos son azarosos y yo tendría que decir que todo esto empezó cuando leí unos versos de Louise Glück que decían: «Mucho tiempo atrás, antes de convertirme en un artista atormentado, aquejado por el deseo y sin embargo incapaz de formar vínculos duraderos, mucho antes, fui un espléndido gobernante que unificó a todo un país dividido: eso fue lo que me dijo la adivina que me leyó la palma de la mano. Grandes maravillas, dijo ella, tienes por delante, o tal vez, por detrás; es difícil saberlo. Pero, de todos modos, añadió, ¿cuál es la diferencia?

En este momento no eres más que un niño con tus manos en las manos de una adivina. Todo lo demás es hipótesis y deseo»

De manera que todo empezó mucho tiempo atrás, antes de saber incluso que lo que estaba pensando y escribiendo –y soñando, imaginando, escuchando– se convertiría en un día como hoy –o ayer, hace semanas, meses– en este libro de relatos. ‘La gente no existe’ surge de las dudas, de la hipótesis, del deseo, de ser niños y de tener las manos enlazadas, casi atadas, al adulto que seremos, de todas las veces que, desde el presente, convocamos al pasado y vivimos pendientes del futuro.
En definitiva, estos relatos nacen de todas esas veces en que no existimos.

Y aquí está, ya terminado. ‘La gente no existe’ se publicará en octubre de este año en @editorial_alfaguara y sé que aún queda mucho, pero las cosas buenas hay que compartirlas. Y a vosotros, gracias por leer. Por estar ahí siempre. Gracias✨

#escribir #louisegluck #lauraferrero #lagentenoexiste #literatura #relatos #shortstories #alfaguara
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A veces, sigo pensando que tengo 18 años. Una parte de mí, o muchas, se debieron de quedar tiempo atrás, en la salida de cualquier discoteca, en los exámenes finales, poniéndose saldo en el móvil, de resaca, despejando ecuaciones, en la fiesta de fin de fin de curso, yéndose en coche hacia el sur al ritmo de Estopa –qué suplicio–, el calor del coche sin aire acondicionado, los eternos veranos de tres meses. Luego, me despierto del sueño de los 18 y veo que alguien pequeño, muy pequeño, que no levanta más de tres palmos del suelo, tira de mi pantalón. Y resulta que mi amiga, a mi lado en la salida de cualquier discoteca, en los exámenes finales, poniéndose saldo en el móvil, de resaca, despejando ecuaciones, en la fiesta de fin de fin de curso, yéndose en coche hacia el sur al ritmo de Estopa –qué suplicio–, el calor del coche sin aire acondicionado, los eternos veranos de tres meses, llega y dice algo como «cuidado que esa pelota está sucia». Entonces me levanto del sueño de los 18, y aparto la pelota sucia y le digo a ese ser pequeño: «¿Habrá que aprender a andar algún día, no?». Pero entonces, de repente, me convierto en mi madre y digo: «Qué rápido pasa el tiempo»
*
Esta semana vi por enésima vez ‘Cosas que nunca te dije’. Es de 1996, pero a mí me sigue pareciendo de esas películas que no envejecen. Me gusta lo que dice Ann: «Deberíamos vivir la felicidad intensamente y tendríamos que poderla guardar para que en los momentos que nos haga falta pudiésemos coger un poco»
*
Años atrás, Milena Busquets escribió ese libro que tiene, al menos en mi opinión, uno de los mejores títulos de todos los tiempos: ‘También esto pasará’. Porque sospecho que lo que dice Ann unas líneas más arriba es lo que me ocurre a mí con el paso del tiempo. Que querría ir guardando pedazos de cuando tenía 18 o 23, del año pasado, de hace dos, para ir reviviéndolos en ese perpetuo rewind de las cintas de VHS. Pero no tenemos control. Y por eso, también esto pasará: la belleza, la bondad, los veranos en el sur con Estopa pero sin aire acondicionado, las manitas que se agarran a los bajos del pantalón. Y entonces, me convierto de nuevo en mi madre: «Qué rápido pasa el tiempo».
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Llevaba un rato acercándome, viendo la trayectoria de los dos aviones desde lejos, y me decía: «estos dos se van a cruzar». Pero casi. Y fue por poco. Imaginaba la cruz en el cielo, como una marca. Dicen que dos rectas paralelas son aquellas que por mucho que se prolonguen nunca llegan a cortarse, pero también dicen dos rectas paralelas se cruzan en el infinito. Pero yo creo que lo que ocurre es que dos líneas paralelas –y dos aviones, y dos personas y dos caminos– se cruzan en el momento en que eso ya no le importa a nadie.
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Hay una frase de Karl Kraus en un libro de Claudio Magris que ojeaba ayer: «La cosa peor es la palabra justa en la boca equivocada»
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No es lo mismo contar una historia desde la herida que desde la cicatriz. Lo cuenta Catherine Burns y añade que el 90% de la gente, cuando le preguntas cuál es su problema, te habla de otra persona. Supongo que se llama desviación, miedo. En realidad, es darle poder al otro.
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Un apunte para mi teoría de las líneas paralelas. Qué fastidio cuando las dos líneas se cruzan y te dices, malhumorado: «y ahora para qué». Además, siempre hay alguien que, optimista de manual, responde: «más vale tarde que nunca». Pero todos sabemos que no hay nada peor que tarde.

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Siempre había pensado que Marcello Mastroianni en ‘La dolce vita’ era alguien mayor. Al menos, así lo pensaba de niña. Ayer vi la película de nuevo y, por curiosidad, busqué la edad que tenía el actor cuando hizo la película. Mi edad: tenía mi edad. Me había convertido en ese «señor mayor en blanco y negro» que me gustaba tanto. Uno se da cuenta de que se hace mayor no solo soplando las velas o con la hipoteca y esas cosas. Uno se da cuenta de que se hace mayor cuando va teniendo la edad de sus ídolos de infancia. Y no, ahora lo veo claramente: Marcello era un jovencito cuando hizo ‘La dolce vita’
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Cuenta la escritora argentina Paula Vázquez en ‘Las estrellas’ que en sánscrito, amor y memoria se dicen con la misma palabra: smara. En latín, recordar, etimológicamente quiere decir volver a pasar por el corazón.
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Cuando a un escritor le sucede algo malo, por terrible que sea, siempre hay algo rescatable. Es como aquel poema de Mary Oliver: «Alguien a quien una vez amé, me regaló una caja llena de oscuridad/ Me llevó tiempo comprender que esto también era un regalo». Lo pensaba hace pocos días cuando pasé por una ciudad en la que había vivido tiempo atrás. Pensé: nunca he escrito nada sobre los domingos en Columbia road, sobre aquella esquina de Dean Street donde hacían los bloody mary, ni sobre Jerome Street o aquella tienda en la que yo jamás me pude comprar el abrigo azul marino que me probé una y otra vez ante la mirada atenta del dueño. Ni sobre los bagels rellenos de queso de crema y salmón o aquel pub escondido donde olía a moqueta y a patata frita. Ni sombre cumplir 28 años y pensar que era tan mayor (ay, Marcello, qué equivocada). Escribí muchos poemas cuando vivía en Londres. Todos son tremendamente malos, cursis, pretenciosos. Cuando a alguien le sucede algo malo, por terrible que sea, siempre hay algo rescatable. Cuando alguien es feliz, ya sea escritor o astronauta, todo es rescatable pero la felicidad escribe blanco sobre blanco. Lo decía Montherlant y yo no puedo estar más de acuerdo.

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