La encontré. Después de toda una vida buscándola, di al fin con la palabra mágica y no era abracadabra. Cené el otro día con una amiga y al terminar, conforme se fue vaciando el restaurante y el vino se recalentó, en esos minutos de descuento en los que siempre ocurre lo relevante, me dijo: «no es verdad, no tienes 36 años. Te falta una palabra para que la frase esté bien»
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Leo estos días ‘Habla, memoria’, de Nabokov, y subrayo y guardo frases y palabras como si pudiera quedarme con ellas. Cuenta Nabokov que durante los veranos de su infancia, en su casa de Vyra, su madre solía repetirle: «vot zampomni», que significa «ahora, recuerda». Como si ella hubiera podido saber que en el curso de unos años moriría todo aquello de lo que entonces disfrutaban y quisiera ir almacenando alondras, cielos claros, los árboles en la noche, las huellas que deja un pájaro en la tierra.
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La palabra mágica es simple, quizás demasiado simple incluso. «No tienes 36 años -repitió mi amiga-. SOLO tienes 36 años». Probadlo: funciona con cualquier cosa. Solo tienes 18, o 67, y no has perdido un verano, solo has perdido un verano. Y no llegas tarde, solo has llegado tarde. De manera que «ahora, recuerda» que además del mar, y las boyas amarillas hacia el infinito, hay tiempo y esa palabra mágica, solo, que dice que absolutamente nada está perdido.

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Me acuerdo de las cartas de verano. De la ilusión de recibirlas y de la emoción de esperarlas. La llegada del cartero a la casa del pueblo y ese sentimiento de anticipación, como esa palabra del inuit sin traducción al español “Iktsuarpok”, un término a medio camino entre la impaciencia y la anticipación. Salía y entraba de casa continuamente por si llegaban esas cartas que me conectaban, cuando no vivíamos pegados a estas pantallas perversas y maravillosas por igual, a los que estaban lejos. No sé vosotros, pero yo me guardaba lo importante de las cartas para la postdata. Podía extenderme folios y más folios que dejaba lo otro para el final. En un par de palabras, que es como hay que decir todo lo importante: directamente y sin subordinadas.
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En la segunda temporada de ‘Better things’ –para mí la mejor de las 4 temporadas– Sam, la protagonista, llama a uno de sus mejores amigos al borde del llanto. Quedan y, desconsolada, como si alguien se estuviera muriendo, le cuenta que ha conocido a alguien, y que parece que todo va bien. Además, el tipo es maravilloso, la cuida, la quiere y…. que justo por eso lo va a dejar. Su amigo, alucinado, le pregunta que si está mal de la cabeza. Pero creo que muchos de los que hemos visto la serie hemos sido Sam alguna vez: de repente llega algo bueno, algo tan bueno que crees que es mejor terminarlo por adelantado por si se rompe.
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Tengo un buen lema para una camiseta o una tote bag: «Casi, pero no», que resume las vidas de muchos, pero especialmente un talante, el de intentarlo o haberlo intentado. A Sam le ocurre todo el tiempo: que lo intenta y como casi siempre le sale mal, no es capaz de encontrar el camino cuando le sale bien. Nos preparamos para el fracaso, pero qué difícil salir airoso, sin boicoteos o pataletas, cuando de repente algo marcha bien. Incluso muy bien. Sin subordinadas ni demasiados adverbios, con las palabras adecuadas, que siempre son pocas, como en las postdatas de las cartas de verano.

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En el caso de los bebés se llama ansiedad por separación y es el nombre que recibe el terror que experimentan los niños al ser separados de sus padres. Cuando los dejan de ver, cuando desaparecen de su campo de visión, aún no pueden comprender que solo se van a ausentar un rato. Para ellos simplemente desaparecen. Nunca más.

Lo cierto es que siempre me dan lástima esos llantos desesperados. Uno querría decirles: «va a volver. Tu madre solo se va a comprar el pan», pero hoy, en el parque, frente a este estanque lleno de islas, la pobre niña, que no tendría más de nueve meses, se ha quedado desgañitándose y nadie podía convencerla de que su madre iba a volver en nada. He recordado aquello que me había hecho reír unos días atrás: John Huston le explicó a su hija Anjelica que, si los samuráis solo tenían permitido llorar tres veces en toda su vida, no había motivo para que ella llorase tres veces al día. Lo mismo valía también para la pobre bebé llorosa.

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Escribí estos días un artículo sobre el verano en SModa y le robé una frase a mi querido Pablo d’Ors que dice: «Lo que pasa siempre es mejor que lo que podría haber pasado». Yo a veces me la repito cientos de veces hasta que termino por creérmela.

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En el caso de los adultos no se llama ansiedad por separación, pero a veces uno teme por las cosas que no ve. Como si volviéramos a tener meses, a ese miedo de estar en una sillita de paseo sin lograr ver a nuestros padres. Hoy, viendo a la bebé, imaginando nombres para tantas islas verdosas, pensaba en que es una suerte hacerse mayor para entender que los tuyos, aunque se hayan ausentado, estén de vacaciones, o incluso fuera de cobertura, están siempre ahí. No se van. No me digáis que eso no es una alegría, incluso en los días en que es difícil creerse lo que dice el bueno de Pablo d’Ors.

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Con respecto al verano, lo diré directamente: está siendo un verano raro y lleno de incertidumbres (y también, por qué no decirlo, de tristezas). Aquí acaba mi análisis.
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Con respecto a la temperatura, diré que esto quizás es algo nos ha ocurrido a todos. Pongamos que es invierno en una ciudad desconocida. Previsores, hemos preparado la maleta adelantándonos al tiempo que hará. Sin embargo, el termómetro marca seis grados e inexplicablemente parece que hace mucho más frío. Un frío helador. De hecho, luego, en un parte meteorológico, leemos que a pesar de que los grados fueran, efectivamente, seis, la sensación térmica era de uno. Yo pensaba que era algo que solo ocurría con la temperatura, pero estos días pienso que es un concepto extrapolable a la mayoría de cosas de la vida. El termómetro puede decir misa, la realidad va por otro lado. Y no tenemos parte meteorológico que lo mida.
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Con respecto al amor y a las novelas de Lena Andersson. Había leído ya ‘Apropiación indebida’ y he terminado hoy, en la playa, ‘Hechos poco fieles’. Leer a esta mujer es como ser testigo de una operación quirúrgica. Pura realidad, sin filtros. Una acaba sus novelas y parece que salga de una guerra. He anotado: «Igual que todo lo demás, el sentimiento amoroso se rige por los principios inamovibles de la evolución. Muta ante las tentaciones para sobrevivir a las condiciones cambiantes y, como todo ser vivo, lo que en instancia desea es persistir. Las personas quieren poder amar. Eso les resulta más importante que ser amados». Qué gran verdad y cuántas cosas explica.
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En fin. Estos días tengo mucho la sensación de que aparentemente todo está bien, o nada está bien, o todo a la vez. Querría preparar una maleta adecuada pero sé, sabemos, que quizás sería inútil porque la sensación térmica de últimamente es la de la incertidumbre.

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Contaba Ana María Matute que un gin-tonic te da una lucidez bárbara. Pero como tampoco es cuestión de estar tan lúcido, la gente nunca se toma solo uno. Y ahí el tema se empieza a complicar.
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Mi historia con las bodas de mis amigos daría para novelas, teleseries, películas –de terror, drama y de un poco de amor también– pero para no aburrir, la mayoría de ellas tienen que ver con la dificultad de encontrar el equilibrio entre la más pura lucidez y la completa ausencia de ella.
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Leí una cosa preciosa en la newsletter de Nick Cave. Alguien le preguntaba qué era el amor y el cantante respondía que el amor tiene mucho que ver con el concepto de «ser visto». Lo contrario a la invisibilidad. Querer a alguien de verdad es decir «te veo. Te reconozco». Me lo confirmó, hace años, un fotógrafo de bodas. Me dijo que él sabía detectar perfectamente a las parejas que iban a estar juntas por mucho tiempo por un simple detalle: se miraban, aunque no estuvieran juntos. Se buscaban.
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Años atrás, conocí a un tipo fantástico en una boda y estuvimos toda la noche hablando frente a un estanque. Después, llegaron los gintonics y no recuerdo demasiado, pero sé que en algún momento a alguno de los dos se le pasó por la cabeza tirarse a nadar al estanque de aguas verdosas. Que sí, que no, que no te atreves, que vaya valiente. Una discusión completamente absurda, estoy de acuerdo, pero luego, ese chico fue mi novio y siempre pensé que ahí, en el no habernos tirado al estanque a pesar de haberlo comentado durante horas y horas, se resumía toda nuestra vida en común. Yo creo que nos tendríamos que haber tirado.
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En definitiva. Verse, mirarse. Y cuidado con la lucidez, y con no tirarse, cuando toca, a estanques verdosos.

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Veo islas por todos lados. Las busco. Las confundo con otras cosas y las encuentro, por ejemplo, en la fachada de un edificio ruinoso.

En el libro ‘Crónicas de motel’, Sam Shepard cuenta cómo un día se encontró con una especie de pájaro acuático muerto, aplastado contra el asfalto de un aparcamiento. Sorprendido por el curioso hallazgo, lo llevó a un taxidermista, que le contó: «el pájaro debía de estar volando por encima del aparcamiento y confundió los reflejos del pavimento con el lago». La pregunta que se hacía Sam Shepard era: ¿por qué un pájaro así se encontraba, para empezar, tan lejos de los lugares en donde había lagos? ¿Cómo era posible que un pájaro se perdiese tantísimo?

Estos días de verano, de verano extraño, entiendo más que nunca al pobre pájaro extraviado y yo también veo islas por todos lados, incluso donde no las hay.

Intuyo que estos meses, al mar habrá que buscarlo en la ciudad, de manera que imagino archipiélagos entre los desconchones de las fachadas azules del barrio.

Escribí una vez, aunque ya no sé ni dónde, que un archipiélago está unido por lo que lo separa, el agua, y así ocurre también con las personas, que estamos unidas por lo que nos falta, o lo que nunca termina de estar, y a eso se le llama recuerdos, creo, aunque no me hagáis caso. Qué tipo de credibilidad puede tener alguien que busca al mar en la fachada de un edificio a 31 grados a la sombra.

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A veces, las historias llegan en el momento preciso y hoy, en clase, nos han contado que los vencejos tienen las alas más largas que el cuerpo. Hasta aquí todo normal porque así ocurre con los pájaros. Sin embargo, el caso de los vencejos es singular porque sus alas son mucho más largas y les pesan mucho. Demasiado. Tanto que, cuando están en el suelo, les cuesta mucho levantar el vuelo. Por eso, a los vencejos los vemos tan poco por el asfalto: porque casi siempre están arriba, aprovechando las corrientes de aire, dejándose llevar, viéndonos a nosotros con la perspectiva adecuada, siempre tan pequeños, y ellos flotando, ligeros.

Ayer se fue una persona maravillosa a la que muchos admirábamos y queríamos mucho. Hoy pensaba en ella y era pronto, y el cielo azul de las ocho de la mañana se ha llenado de la alegría de los vencejos, y la profesora ha contado esta historia.
Nunca me salen las palabras cuando me hacen falta. Pero me quedo con la alegría de los vencejos, con que siempre están volando por encima de nosotros, viéndonos, aunque nosotros no los veamos a ellos.
Gracias, Belén ❤️

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Teniendo cuenta que: –El lunes me respondieron de un proyecto muy bonito en el que había participado. Me escribió el director para decirme que, pese a que el texto que les había presentado le parecía EL MEJOR –lo puso así, en mayúsculas–, al final «ya sabes cómo va esto, nos hemos decantado por alguien más mediático». Vaya. –El martes fui por primera vez al gimnasio después de tres meses y, además de alucinar con las mamparas entre las cintas de correr, un entrenador personal muy sonriente se me acercó para decirme: «¿te puedo dar un consejo». Y yo respondí para mis adentros: «¿no?». Pero no dije nada. De manera que, mirándome a los brazos, se lanzó: «Puedo prepararte una rutina para que ganes peso y masa muscular. Es que estás un poco…». ¿Vosotros le habíais pedido una opinión? –El miércoles colgué una foto en stories de un libro que me había gustado y me escribió alguien a quien no conocía de nada. Decía «¿por qué no dejas de colgar cosas de libros y subes fotos de tu cara?» Teniendo en cuenta todo esto, llegué ayer, al jueves, como pude, derrapando, de lado, como en aquel fragmento tan manido, pero tan cierto de Hunter S. Thompson sobre la vida que termina diciendo: «vaya viajecito». Antes de salir a cenar, me llegó, a través del patio, esa canción, ‘She’, que siempre me reconcilia con el mundo y sus despropósitos. Procedía del piso de abajo, del chico al que el otro día le inundé el salón gracias a mi aire acondicionado. Se trataba de la versión original, la de Charles Aznavour, y sé que es cursi, pero me gana siempre y por goleada el acento de Aznavour, esas ‘t’ finales que arrastra, como en ‘regret’, esa palabra en la que parece que se vaya a quedar a vivir, y la música me acompañó por Paseo de Gràcia hasta que llegué a la cena y me olvidé del lunes, del martes, del miércoles.

Siempre aparece un vecino majo, una amiga que te lleva a cenar o el propio Aznavour para animarte el viajecito que son algunas semanas. Eso sí, para empezar bien la próxima semana, acordaos de ser muy mediáticos y no colguéis fotos de libros. Mejor de la cara, o del cuerpo, después de cualquier entrenamiento que no hayáis pedido.

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Hablábamos antes de los deseos que uno tiene y que nunca llegan a materializarse. Pensaba en un sueño que tuve durante mucho tiempo y que probablemente fuera la cosa que más ilusión me hacía del mundo: ser editora. En mi cabeza tenía esa imagen distorsionada de ir a glamurosas ferias de libros, de entrar en subastas por los states de algún escritor muerto, o tomar cócteles hasta altas horas de la madrugada con algún poeta interesante al que yo hubiera contratado. Pero lo cierto es que no me gusta ir a fiestas multitudinarias, que me agobiaría entrar en una subasta y que casi no bebo, de manera que ninguna de estas cosas se ajustaba demasiado a mí.

Empecé a trabajar en una editorial, pronto hubo una vacante y me la ofrecieron –en la vacante iban implícitas las ferias y los cócteles, incluso una prometedora carrera– y fui la persona más feliz del mundo. Al final, cuando era cuestión de firmar el contrato, me reuní con la directora de todas las directoras, me sentó en una butaca y me dijo: “Algún día, que no es hoy, lo entenderás, pero no puedo darte ese puesto. No es para ti”

Me pasé días llorando con amargura. Me quedé sin trabajo porque se terminaba mi contrato y volví a empezar. Lo cierto es que detesté a esa mujer durante años –ella me había robado un sueño, o así de dramático lo viví yo–, pero antes, mientras comíamos y hablábamos de todos estos asuntos del tiempo y la perspectiva, me di cuenta de la razón que tuvo. Sé que un día le daré las gracias.

A veces sigo pensando en todas esas vidas que no vivimos. En las personas que quisimos ser y se quedaron –afortunadamente– por el camino. Puestos a fantasear, me gusta también pensar en títulos para esa potencial autobiografía que escribiré cuando sea mayor y canosa, como la viejecita del poema de W.B. Yeats. El de la foto es mi título favorito: ‘Well, that didn’t work’ que puede resumir gran parte de mi vida y que traduciría como ‘Bueno, al final no funcionó’. Muchas de las cosas que no funcionan en un momento determinado, terminan haciéndolo muchos años después. Hace falta, claro, la perspectiva. Hace falta hacerse mayor, lo cual es un fastidio en muchos aspectos, pero un alivio en muchos otros.

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Cuenta Rebecca Solnit que una historia de amor es también un caparazón, un hogar. Durante un tiempo, las relaciones son para siempre y a veces incluso la promesa se cumple, pero en otras ocasiones, estas se desmoronan sin razón aparente porque una relación es una historia que construyes junto a alguien y en cuyo interior te instalas. Es como una casa. Y te adaptas a la falta de luz, o a esas ventanas demasiado estrechas, pero la mantienes porque ves el mar desde el balcón, porque te enamora la enredadera, el insondable azul de los azulejos de la piscina, o por esa buganvilla sin la cual crees que no podrías vivir. Es difícil, cuando miras la buganvilla, o te pierdes en el azul de la piscina, imaginar que un día puedas volver a vivir en otra casa. Pero hay idilios que no están hechos para que duren para siempre y un día cambias el azul de la piscina, que de repente no te parece tan importante, por la luz que tanto has echado de menos.
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Hoy, en clase, alguien hablaba de la vejez. El profesor decía que la vejez es, en realidad, acostumbrarse a la falta de movimiento y por eso, desde la clase he vuelto al ensayo de Solnit –al cambio, a moverse, a cambiar de casa– y a ese animalillo tan graciosos: el cangrejo ermitaño. Casi todos los cangrejos llevan su caparazón, su concha. Como las tortugas. Y eso parece definitivo, algo así como una casa para siempre. Uno pensaría que es mejor así, pero existen otras maneras de vivir, como la del cangrejo ermitaño. A pesar de ser un crustáceo tiene un abdomen sin exoesqueleto, es decir, blando. Por ello es muy vulnerable ante los depredadores y esto lo obliga a buscar refugio y defensa en las conchas vacías de los moluscos. Cuando encuentra una, introduce su cuerpo de tal manera que pueda retraerse en ella y sostenerla con la parte superior de su cuerpo al caminar. Al crecer, el cangrejo abandona la concha y busca otra más grande. No me digáis que no somos un poco como los cangrejos. Que crecemos, nos movemos, que cambiamos enredaderas por luz, que el movimiento es a veces dolor, pero es la única manera de avanzar.

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La historia es la siguiente, pero hasta hoy la había olvidado.
Antes de casarse, mis abuelos se compraron el pisito en el que vivieron toda su vida. Un día lo fueron a ver acompañados por el hermano de mi abuela y los tres, desde ese salón pequeño en el que luego creceríamos todos, admiraron, supongo, las vistas de esa Barcelona aún a medio hacer. En un momento dado, mi abuela se fue al lavadero y mi abuelo se quedó, frente al ventanal, con su futuro cuñado. Imagino que hablarían de la distribución del piso, de si la pared de la cocina o el tabique del salón. Y entonces, de repente, alguien empezó a cantar. Era una voz estridente, desafinada, lo contrario al adjetivo «melodioso». Era un intento muy desafortunado de entonar un bolero. Con fastidio, mi abuelo sentenció: «Qué mala suerte, mira que hay vecinas en el mundo y nos ha tocado esta». Mi tío lo miró, muerto de la risa, pero mi abuelo al principio no le veía la gracia. Hasta que entonces lo entendió.
La voz, claro, no era de la vecina sino de su prometida, mi abuela, que apareció de vuelta en el salón, despreocupada y feliz, mientras seguía entonando el estribillo de ‘Aquellos ojos verdes’, la irreconocible canción del pobre Nat King Cole.

En casa, tengo una taza muy cursi pero muy querida en la que se lee ‘Princess, y todos los días me tomo el café en su honor porque así es como llamábamos –un poco en broma, pero un poco en serio– a la chica de aquellos ojos verdes que hoy hubiera cumplido 89. Feliz cumpleaños y que suene siempre Nat King Cole, aunque sea desafinando.

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Pensaba, por ejemplo, que estos meses no había leído suficiente, o mejor dicho, nada en absoluto. Que había empezado la friolera de dieciséis libros y que ahí estaban, apilados bajo la mesita de noche. Que tampoco había visto aquella película de José Luis Guerin, ‘Tren de sombras’ ni la de Agnes Jaoui que no había sabido encontrar por ningún lugar. Además, había dejado un capítulo a medias de un ensayo que no terminaría, no había llamado a mi amigo T. en todos aquellos días, tampoco había aprendido a cocinar cuando finalmente había tenido el tiempo para ello y, obviamente, ni rastro de aquel sueño de apuntarse a sánscrito. Que, para variar, no había hecho demasiados esfuerzos por pertenecer al club de la gente altamente productiva que se levanta muy pronto, que, en realidad, siendo honesta, quizás había llegado el momento de aceptar que pertenecía al grupo de «a partir de las ocho y media, gracias». Pensaba en todo esto el sábado, que me levanté temprano -por una vez- para hacer una clase de yoga aquí, frente al mar, cosa que me recordó que tampoco me había apuntado a clases de danza contemporánea. Y la lista sigue ad infinitum.

Dos cosas más tengo que decir. Una: si leéis ‘Despojos’, de Rachel Cusk, os encontraréis una frase que cuenta una mentira. Dice así: «El dolor no es amor, pero es como el amor». Pero el dolor tampoco es como el amor, o no debería.
Dos: Lo último que quiero decir tiene que ver con los árboles. Cuando llega el otoño, los árboles se desprenden de las hojas para ahorrar energía. Cuando me enzarzo en esta infinita lista de todo lo que no he hecho y podría haber hecho, pienso en la sabiduría de lograr desprenderse a tiempo de las batallas adecuadas. No es tan difícil, o no tanto. Bastaría con acordarse de lo que hacen los árboles, de las hojas que cubren el suelo que son los libros debajo de la mesita, las decisiones que finalmente no tomamos, todo aquello que ya no será para que así pueda ser otra cosa. Y en serio: no os dejéis engañar por Rachel Cusk.

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Nunca llegué a hablar euskera, pero una de mis palabras favoritas es «maiatza». Quiere decir «mayo» y es un poema de Kirmen Uribe al que puso música Mikel Urdangarin. La canción de Mikel es una de las más tristes y preciosas que he escuchado y no es apta para cualquier día. Quiero decir que uno tiene que disponer del ánimo adecuado. Me la aprendí años atrás y hoy en día la sigo cantando como si supiera, en realidad, traducir todos esos versos de los que conozco el significado por su versión al castellano. Sé, por ejemplo, que hay un par de líneas que dicen: «Ven y hablaremos de las cosas de siempre/ De la necesidad de arreglárselas con las dudas». Volví a mayo, al mes, a la canción y al poema, ayer, mientras veía una película, ‘Loreak’, que siempre había ido posponiendo por alguna extraña razón. Loreak significa flores y la película va de eso mismo, de esperar flores, de ponerlas en un jarrón en agua, de ver cómo se marchitan, y a pesar de eso, de saber que van a acabar en el contenedor, de tratar de alargarles los días. En un momento dado, uno de los protagonistas le explica a Ane, otro de los personajes principales, qué es lo que tiene que hacer para mantener las flores vivas durante más tiempo. Ella le cuenta que les cambia el agua todos los días, que incluso les pone una aspirina, y él, mientras le señala los tallos, añade: «y si les cortas un trozo mejor. Es como si les hicieras una herida, y por ahí absorben el agua. Pero con el tiempo, la herida cicatriza y ya no puede absorber más». Le cuenta entonces, que cuando los tallos se ponen oscuros, llega el momento de volver a hacer otro corte: «Entonces hay que mantener la herida abierta», concluye ella. «Si quieres que dure más, sí». A raíz de esta conversación me pregunté si no es eso lo que hacemos todos. Respirar por la herida, ir rebajando los tallos para seguir viviendo un poquito más a través de ese corte necesario hasta que quizás un día cicatriza.
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Es difícil rectificar en vidrio, acuarela y amor. Lo dice Gloria Fuertes y lo constatan las paredes de cualquier ciudad. Por mucho que le des otra capa de pintura, uno siembre sabe que debajo había otra cosa. La pintura aún ofrece esa salvedad del disimulo. Pero difícil con la acuarela o el vidrio, aunque, una vez seco, siempre puedes romperlo. Pero romper algo no es manera de rectificar, ¿verdad? En el amor, el tema se pone aún más espinoso. ¿Existen maneras de no-decir lo ya dicho?, ¿de no-hacer lo ha hecho? Seguro que la física cuántica sabría darme una explicación convincente.

Me inquietan estos días y, en especial, algunos términos. Desescalada, fase, nueva normalidad. Ayer, que era festivo aquí, me fui andar hasta la otra punta de la ciudad. En la notas del móvil tenía apuntados estos versos de ‘Apagón’, de Miguel Yuste: Un recordatorio para cuando lleguen los momentos de tristeza: al igual que durante los cortes de luz, es recomendable salir a comprobar
si solo somos nosotros o es en todo el barrio.

Ayer pensaba también esto, en que a veces todo parece perfectamente normal, pero bajo la capa de pintura, aún húmeda, se aprecia lo que había debajo. ¿Existen maneras de que no ocurra lo que ya ha ocurrido? De manera que siguiendo el consejo del poema, llevo días saliendo al rellano a comprobar si son también los vecinos, si es el barrio o si es culpa de la nueva normalidad. O si simplemente todo podría explicármelo la física cuántica si yo solo entendiera alguno de sus enunciados.

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«Lo que una vez fue grande, ya se volvió pequeño». Y son versos de Czeslaw Milosz que se refieren, creo, a la vida. O al futuro. Y a pesar de que por la mañana hacía el sol de la fotografía, por la tarde empezó a llover tanto que, de vuelta a casa me pilló la lluvia y, para resguardarme, entré en una tienda de deporte. Hice tiempo entre zapatillas coloridas, esterillas antideslizantes, bastones plegables y pulsómetros. Le señalé al vendedor dos esterillas aparentemente iguales y le pregunté por qué una valía el doble que la otra: «Es que esta es ya para toda la vida». Me compré, sin duda, la que era para toda la vida, esa justificación para todo lo que es caro, y cuando dejó de llover volví a casa cargándola en una sofisticada bolsa que venía en el pack. Pensaba en la cantidad de veces que decimos eso, para toda la vida, en esa ilusión de que las cosas duren para siempre. Incluso más que nosotros.
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Me hizo gracia aquello que escribió un amigo en twitter esta semana: «Una cosa que siempre me pareció un poco antinatura es que mis padres sean más guapos que mi hermana y yo». Me reí para mis adentros. A mí me ocurría lo mismo, lo que pasa es que mi hermano era también más guapo que yo. Solo tres años tenía cuando el precioso querubín fue escogido para ser el niño Jesús del pesebre viviente del colegio. Yo llevaba años pidiendo salir y no me habían dado ni un mísero papel de pastor. Ya no digamos el del ángel o el de la propia virgen, que es el papel que sospecho que yo habría deseado de verdad. ¿Lo peor de todo? Mi hermano se negó rotundamente a ser el niño Jesús. Nos enteramos años después, cuando ya era irremediablemente tarde para que yo pudiera utilizar el parentesco que nos unía para chantajear a los profesores y decir que como mi hermano no quería, yo sería el niño Jesús, aunque tuviera 9 años. Total, tampoco era tan alta.
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Es una calle cerca de casa. Al lado de «create your future», hay otra puerta en la que se lee «Now is the moment». Muchos diréis que son frases de libro de autoayuda, pero a mí no me va nada mal darme un paseíto por la calle de vez en cuando. Porque además, a la vuelta de la esquina, hay otra puerta en la que se lee: «Attitude».

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Se llama ‘Teoría general del olvido’, del escritor angoleño José Eduardo Agualusa, y es un título que siempre me ha hecho pensar en la posibilidad remota de que exista algo parecido a eso: unas leyes más o menos estables que determinan y ponen fecha a la caducidad de los recuerdos. Una teoría para olvidar. La memoria es selectiva, eso ya lo sabemos, pero no es tan selectiva como nos gustaría. Hasta donde yo sé, no podemos hacer nada para olvidar lo que no queremos recordar.

Leí un artículo de Joan Juliet Buck, ex directora de Vogue en Francia, actriz, escritora y mil cosas más. Era algo parecido a “Consejos que le darías a tu yo de 26 años”. Previsible, pensé. Pero el artículo me gustó, y lo que decía ella, más. Apunté: «Deja que tu energía se dirija hacia lo que deseas, no hacia lo que temes. Es más fácil andar cuando dejas de dispararte a los pies». Que suena muy de autoayuda, pero si en vez de estar pensando lo que no queremos que ocurra pensamos en lo contrario, ¿verdad?
Dicen que no hay nada más poderoso que la alegría, que es un estado contagioso y todas esas cosas. Pero a mí, lo que verdaderamente me parece paralizador –y contagioso– es el miedo.
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Fui a casa de mi abuela e hice fotos de lo que quedaba. Que era luz, crucigramas, vasos duralex, el sofa rojo, estampados de colcha pasados de moda y esa máquina de coser mítica, la Singer. Y también una cajita de música de color azul que, contra todo pronóstico, sigue sonando. Sí que podemos hacer cosas para recordar lo que no queremos olvidar. Escribirlas, por ejemplo.
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Fase 1, bienvenida seas. Menos miedo y más Joan Juliet Buck. Menos teorías para el olvido, pero más para recordar.
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Una de las historias que más terror me inspiraba en la infancia, además de las fechorías de Freddy Krueger, era la del accidente de avión en la cordillera de los Andes. Ayer, por casualidad, di con una conferencia en la que Carlos Páez, uno de los supervivientes, contaba algo muy interesante que vale no solo en los Andes si no en la vida en general. Lo que ocurrió en 1972 es ya sabido por todos: que el avión cayó en los Andes y los supervivientes tuvieron que permanecer ahí 70 largos días con sus noches. Carlos Páez cuenta que, un día, un tal Gustavo Nicolich, el encargado de escuchar la radio para ver qué decían de la búsqueda de su avión, le dijo a Carlos: “Carlitos, tengo una buena noticia para darte. Acabo de escuchar en una radio chilena que dieron por finalizada nuestra búsqueda y que van a ir a buscar nuestros restos en febrero, cuando venga el deshielo”. El pobre Carlos se quedó alucinado. ¿Qué narices decía aquel loco? Sin embargo ahora, 47 años después, entendía por fin por qué había supuesto una buena noticia: en aquel preciso instante dejaron de sobrevivir para empezar a vivir. Superviviente es aquel que esta esperando que lo vengan a buscar. ¿Qué tipo de vida cabe esperar de alguien que únicamente pretende ser rescatado?
La foto no es de los Andes ni tiene nada que ver. La recuperé el otro día mientras abría cajas de fotos y postales que llevaban en el mismo sitio desde hace más de treinta años. Soy yo, con cuatro años, la vez que me llevaron a conocer a mis primos de Alicante. El trayecto en coche de Barcelona hasta Alicante es uno de mis recuerdos más antiguos. Llegando, ya de noche, vi aparecer a lo lejos, las luces de la ciudad. Le dije a mi madre “esas luces son tan bonitas que me dan ganas de llorar”. A cursi no me gana nadie, pero a lo largo de los años ha permanecido en mí esa sensación: la de que hay cosas en la vida que existen, y nos hacen existir, más allá de lo inmediato. Es esa vida de la que habla Carlos Páez, supongo. Esa que depende de uno mismo, no de los demás. La que le ofrecen las luces de una ciudad a la niña cursi que va sin cinturón en el asiento de atrás.
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También mueren los lugares donde fuimos felices y esto lo decía Julio Ramón Ribeyro. Así, ayer llovía y, paseando por la Diagonal,vi que nuestro bar, el San Telmo, cerraba. No había más explicaciones. Un cartel, colgado en esos cristales a través de los que he pasado tanto tiempo mirando, anunciaba: «Próximamente: Dumbo».
En el San Telmo siempre nos quedábamos la misma mesa. Una apartada, en el fondo, casi al lado de los baños y de la escalera de caracol. Años atrás iba con aquel chico y yo me pedía siempre unos macarrones y un vino blanco. Algunas de aquellas veces conseguimos no pelearnos, lo cual siempre era un logro, y solo por eso le cogí cariño a aquel barecito. Después, el chico se fue, pero el San Telmo siempre me lo recordaba. Con el tiempo colonicé otras mesas con mi amiga L. –la vida es ir conquistando sitios nuevos dejando intactos los del pasado, por eso nunca volví a la de la esquina– y así puedo decir que tengo un recuerdo para cada rincón del San Telmo. Últimamente nos sentábamos en la barra acristalada que da a la Diagonal. Pedíamos vino y olivas. Cuenta Manuel Vilas en ‘Ordesa’ que una relación que muere da origen a una lengua muerta. «Cada pareja, cuando se enamora y se frecuenta y convive y se ama, crea un idioma que solo pertenece a ellos dos. Ese idioma privado, lleno de neologismos, inflexiones, campos semánticos y sobrentendidos, tiene solamente dos hablantes. Empieza a morir cuando se separan. Muere del todo cuando los dos encuentran nuevas parejas, inventan nuevos lenguajes, superan el duelo que sobrevive a toda muerte. Son millones, las lenguas muertas». Con los bares ocurre algo parecido. Hay lugares que uno guarda como si fueran amuletos, como esas fotografías que revisitamos en un engañoso álbum de familia y que nos cuentan no la historia real sino la historia que nosotros queremos recordar. Así que ayer me quedé unos instantes detenida frente a la cristalera. Hice una foto al cartel, y pensé que seguro que a pesar de aquel nombre absurdo, Dumbo, a alguien le ocurrirá lo mismo que a mí: que encontrará entre las mesas de ese nuevo local un lugar para recordar pero también una esquina desde la que mirar el mundo.

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«Se vende» o «Se alquila» anuncia el letrero y seguidamente: «Razón: portería». Cuando era niña me parecía un cartel de lo más enigmático. Luego comprendí que quien «da razón» del piso es el portero, que conoce sus metros cuadrados, número de habitaciones y baños, orientación y precio, y si este es o no negociable. Y, además, suele custodiar un juego de llaves para enseñarlo.
No sé vosotros pero yo estos días necesitaría a un portero que me explicara algunas cosas.
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No vivas de fotos amarillas, le decía una amiga a otra en ‘La once’, un documental que vi ayer, que me hizo pensar en aquellos versos de Miguel Hernández: «Y un día se pondrá el tiempo amarillo sobre mi fotografía»
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Ayer reía al teléfono: «Qué quieres que te cuente?, ¿lo que he comido?». De manera que los dos terminamos hablando de la carnicería donde compramos el salchichón al que nos hemos hecho adictos. Glamour que no falte. Me decía que todas sus novedades estaban relacionadas con lo que comía, y pensé que igual ocurría con las mías. «Antes salíamos, nos pasaban tantas cosas…». Pero colgamos y me quedé pensando que, en realidad, lo que ocurre es que ahora todo nos sucede por dentro, y como no estamos acostumbrados a hablar de eso, terminamos dándole vueltas al salchichón.
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Una amiga me regaló esta figurita y la miro a menudo. Tiene algo hipnótico. Algo de «Razón: portería», como si pudiéramos preguntarle. La voy poniendo en sitios distintos para ver a través de esta casa de paredes transparente. A veces pienso que la mujer está leyendo, otras que solo observa el mundo y a mí, por ejemplo, mientras hablo de recetas y de mis fotos amarillas, y hago cálculos optimistas sobre playas, piscinas y verano. Que me recibe en casa cuando vuelvo de la carnicería después de haberle respondido al dependiente-de-siempre lo-de-siempre, que todo bien, que ya queda poco para que volvamos a la normalidad, que me llevo el salchichón de siempre que hay que ver lo bueno que está. #laonce #lauraferrero #barcelona #ifyouleave #miguelhernandez #poesia #literatura #documental #cine #instagramstories

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Llevo todo el fin de semana caminando –a mis horas–y pensando en que me gustaría ser directora de cine aunque solo fuera para rodar una escena en la que sonaran los primeros cuarenta segundos de la canción ‘Chinese Translation’ de M.Ward: «I sailed a wild, wild sea /Climbed up a tall, tall mountain/I met a old, old man/ Beneath a weeping willow tree».Tengo incluso la escena pensada, pero la voy cambiando.
Camino y camino y a veces llego a la conclusión de que la escena tampoco tendría que ser nada especial: solo gente que está de sobremesa. Gente que ríe, que habla. El tiempo pasa –aún más rápido porque para eso suenan las canciones en las películas– y todo el mundo sigue estando bien alrededor de la mesa. Vemos los posos del café y las servilletas hechas un gurruño, y una chica sonríe al ver que han sacado un helado de corte y otro se queja de que eso es comida de otra época, pero pronto están todos cortando la barra de helado y todo sigue estando bien hasta que de la boca de algún listillo sale una frase del tipo: «Qué bien lo estamos pasando, ¿verdad?». En ese momento se acaba la magia, también la canción de M. Ward, y yo sigo andando por la calle, y me digo que tengo que pensar en otra escena donde esté prohibido decir esas cosas. Te lo pasas bien hasta que alguien te hace pensar en lo bien que te lo estás pasando. Luego solo tratas de estar a la altura.
Y a veces, y sobre todo estos días, no solo pienso en los helados de corte, sino también en aquel videojuego al mi hermano y yo jugábamos de niños. Mario Bros siempre corriendo por la pantallita, saltando a por las vidas ocultas. Aquí no importa si mueres porque vuelves a empezar desde el punto en donde lo has dejado. Me gusta eso: las vidas extras, el botón de pause. Entonces vuelve a sonar M. Ward y los primeros segundos de esa canción y Mario Bros consigue otro de esos champiñones con superpoderes de la infancia, enfilo la calle Balmes, y sigo andando mientras borro y empiezo, de nuevo, a pensar en una escena. Y así también pasa el tiempo.

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