1.Existen países que están llenos –las tiendas, las lavanderías, los parques o los aeropuertos– de señales que anuncian la salida. Exit, dicen. Sin embargo, pocas de esas señales anuncian la entrada. Algunos dirán que eso responde a que es obvio que la entrada está… “en la puerta, Laura”, pero esos son los mismos que no habrán pensado en las ventanas, túneles subterráneos o las puertas de salida de emergencia.

O quizás es que solo hay una manera de entrar y muchas de salir.

2. En las series americanas, las cocinas siempre tienen una isleta en el centro. Cuando el personaje irrumpe en el decorado –porque llega a casa–, deja algo en la isleta, coge un vaso del armario que siempre está al lado de la nevera y acto seguido se sirve algo que nunca llegamos a ver. No es que me intrigue saber qué es lo que se sirve, si zumo de arándanos, agua con gas o infame vino de tetrabrick. Lo que me tiene un poco preocupada es que en España no tenemos siempre isletas en la cocina. Y además, no sé vosotros, yo cuando llego a casa primero me quito la chaqueta, me pongo zapatillas. Y lo peor: el armario de los vasos está en el lado opuesto a mi nevera.

3.Leía ayer el libro de relatos de Carmen Maria Machado. A mí los libros me ganan por las dedicatorias, como aquella de Martín Gaite: “Para mi hermana Anita, que rodó las escaleras con su primer vestido de noche, y se reía, sentada en el rellano”. La de Carmen dice así “para Val, me di la vuelta y allí estabas”. Pero más allá de la dedicatoria, en uno de sus relatos, dice: “Quizá todos estamos marcados de algún modo, aunque sea imposible de ver”.
4.Es domingo. No lo había dicho aún. E Isabel Coixet advirtió hace tiempo que “alguien debería prohibir los domingos por la tarde”. En este caso, no como ocurre con las señales, solo hay una manera de entrar en el domingo: entrando. Sin embargo, existen muchas maneras de salir.

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1. Contaba mi profesora de literatura que una noche, estando en Ciudad de México -21 millones de personas- empezó a sentirse mal. Estaba en una cena en un barrio que no conocía. Tos, un poco de fiebre, dolor de oído. Resignada, cogió el coche para buscar la farmacia más cercana y terminó perdida en un mar de calles, parques, rotondas, un lugar en el que nunca había estado. Ahí, la cruz verde iluminada la guio y, cuando traspasó la puerta, se detuvo en seco. Incluso de espaldas lo reconoció. Aquel chico y aquella relación ya perdida, casi de adolescencia. El primer amor, dicen. ¿Puede la literatura contar algo así? Ella decía que no. Que podía, claro, pero que nadie la hubiera creído.
2. Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo, decía Arquímedes. Antes, sin embargo, en algun lugar de nuestra prehistoria, 3000 aC, creo, los puntos de apoyo existían pero aún no se había inventado la ley física de la palanca, de manera que para desplazar una roca se necesitaba de varios hombres. ¿Contar la palanca antes de alguien la inventara? Sí, se podía, pero nadie lo hubiera creído.
3. De niña, mi tío me dijo que un día, cuando yo fuera mayor, él me podría llamar y yo podría verlo a él, como en una película, a través del teléfono.

Me lo contó, sí, pero mirando el teléfono negro de casa, cuyo cable siempre se me enrollaba, yo no le creí. “¿Y por dónde se verá tu cara, a ver?”
4. También estaba la canción de los Bacilos que decía: “Si desde Sevilla puedo hablar con alguien que esté en Nueva York”.
5. Y ayer, que escuché una canción preciosa de McEnroe: “Y cabe la posibilidad de que te vuelva a encontrar en algún incendio.” Nunca es magia aunque siempre lo parece.

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Ayer estuve con un fotógrafo de bodas que me contó que, después de veinte años viendo a gente casarse, él sabía perfectamente cuando una pareja se quería de verdad o no.
-¿Por cómo se miran?
-También. Pero hay otra manera de saberlo.
-…
-Porque cuando no están juntos se buscan con la mirada. Se miran a lo lejos, aunque cada uno esté a sus cosas.
-…
-¿Sabes esa sensación de que has quedado con alguien y ya cuando lo ves acercarse de lejos, cuando ni siquiera se da cuenta que le miras, ya eres feliz?
No le respondí, pero luego pensé que probablemente son esas señales, luces pequeñas, de colores pero intensas, las que marcan la diferencia.
En realidad…es así de fácil. Y de difícil.
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Cumplen doce años.

Me acompañaron a los primeros sanfermines, cuando yo vivía en Pamplona y pensaba que en sanfermines una solo se ensuciaba si tenía mala suerte. Pasaron la prueba del kalimotxo y el vino de garrafón infame, incluso la lavadora centrifugada a 15000 grados a las que las sometió mi santa madre. Pero por aquellas aún no les había cogido cariño, solo eran unas zapatillas nuevas.

Me siguieron acompañando. A excursiones a las que hubiera tenido que llevar chirucas, a esas clases de surf terribles a las que me apunté y una ola furibunda estuvo a punto de separarlas tragándose a la derecha –la rescaté-. A una caída en bici que rajó a la izquierda.

Ya no son blancas, lo sé. ¿Importa acaso?

Todas y cada unas de las manchas cuentan una peripecia, una historia.

Mi abuelo me contaba siempre que la diferencia que había entre nuestra generación y la suya es que ellos arreglaban las cosas rotas (no se hablaba por entonces de la obsolescencia programada), y que nosotros las tirábamos.

Yo soy mala para tirar. La comida, los cuadernos que no sirven, los pantalones que ya no se llevan, las fotos. El arte de dejar ir, que dirían los expertos. Pero eso lo dejo para otro día.
Además, la apisonadora de la sustitución nunca me ha acabado de convencer. ¿Qué pensarán mis zapatillas si las sustituyo por unas nuevas? ¿si me ven con un nuevo modelo blanco, flamante, casi fluorescente?

En fin. Hoy me había dicho que iba a tirarlas. Ahora sé que las coseré y volveré a ponérmelas una vez más. Si han sobrevivido doce años, podrán con otros doce.
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Miro hacia atrás y casi ha pasado un año desde que apareció esta historia dedicada a los que buscan.
No sé cómo agradeceros a todas y a todos lo bien que habéis tratado a este libro tan importante para mí. Porque escribir no es fácil: uno se expone, titubea, habla de más, de menos, tiene dudas. Y yo las tenía todas -las dudas y los miedos-, pero no podía haber tenido mejores compañeros de viaje que esta pequeña familia que formamos los que nos leemos por aquí.
Así que solo quería daros las GRACIAS. Por mi parte, seguiré buscando y escribiendo.
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Es, en realidad, el final de una época. Cerrado por vacaciones. O por reforma, mejor dicho.

El final definitivo del espíritu de los dieciocho y la obsesión por cerrar los bares, por buscar el after y desayunar en un bar, ya de resaca, mientras la gente va por el segundo café y compra el periódico. Es querer cenar bien y haber hecho reserva en un restaurante que está de moda. Es la edad de las certezas que se tambalean: ¿quieres vivir como habías pensado que vivirías? Es la edad en que ese amigo tan alérgico al compromiso te anuncia de repente que su mujer está embarazada de gemelos. La edad en que te llaman del banco para asegurar tu casa, tú que no tienes casa.

Dijiste que nunca, que por encima de tu cadáver, que ni de coña, y ya ves.

Hacerse mayor es lo que decíamos antes: un anuncio que reza “cerrado por reformas”. Es la lógica del paréntesis en el que todo puede suceder.

Pero sobre todo: hacerse mayor son los cuatro amigos que cogen un avión hacia Berlín en una película que se llama ‘Las distancias’, que no trata sobre un grupo de amigos que se distancia, sino sobre las distancias que empiezan a aparecer entre esos que creíamos que íbamos a ser –cuando los bares, las discotecas y las resacas- y los que terminamos siendo.

#lasdistancias #elenatrape #cine #certezas #historias #ifyouleave #peliculas #cineespañol #madurez #berlin #amistad #amigos
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En Los Angeles, las palmeras son fuegos artificiales. Vigilan, nos vigilan y nosotros las vigilamos a ellas. Así, nos pasamos el día volviendo constantemente la vista hacia arriba viendo cómo se curvan hacia el cielo, cómo destacan en el horizonte que pierde luz antes de fundirse a negro en los atardeceres rosas, violetas.
En Los Angeles hay muchas cosas: bulevares que se llaman Sunset o Mullholand, letras que miran a la ciudad desde la colina y que son un sueño, una promesa y, sobre todo, simples letras. También hay gente sin casa que arrastra sus maletas y sus cartones por este asfalto infinito que siempre quema.
Hay barrios: Bel Air, Beverly Hills -pero ni rastro de Brandon, dónde estará-, Los Feliz, Venice. También estrellas en el suelo, estudios de efectos especiales y autopistas de catorce carriles.
Dicen que en esta ciudad se fabrican los sueños –me pregunto de qué material estarán hechos– y creo que es por eso que todos miramos continuamente hacia el cielo: hacia las palmeras, las letras, cualquier cosa que nos impida ver el asfalto.
Sé que esta fotografía debería de ser de esbeltas palmeras arqueadas. Sin embargo, estas son las palmeras que más me han gustado. No se ven a simple vista, pero no me digáis que no se parecen más a nuestros sueños: pequeños y delicados en su intento por asomar la cabeza a través del asfalto.
#losangeles #losfeliz #ciudad #estadosunidos #sueños #dreams #ifyouleave #usa #trip #photography #literatura #palmeras #sunsetboulevard #hollywood #walkoffame #cinema
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Es una viñeta de Mafalda en la que su madre sale a comprar y la deja sola. “Voy al mercado y vuelvo. No le abras la puerta a nadie, por más que llame, ¿eh?”, le advierte mientras se dirige hacia el rellano.
Sin embargo, Mafalda no se queda tranquila.
“¡Mamá! -la llama desde el umbral- ¿Y si es la felicidad?”. El que también se manifestó al respecto fue Julian Barnes, que decía que “La felicidad es un abrigo rojo con el forro roto”.
Porque tiene que existir un agujero, aunque sea pequeño, en el forro de un abrigo impecablemente rojo.
O una la puerta entreabierta.
Eso es porque la felicidad se cuela a menudo por el agujero de lo inesperado.
Por ejemplo, aquí, en Jupiter, donde hay sol, jubilados y carritos de golf, se disfraza de sombrilla de playa de todos los colores del arcoiris, de niño que se refugia en la sombrilla mientras le dice “mamá creo que he visto saltar a un tiburón bebé”.
#felicidad #jupiter #florida #usa #estadosunidos #viajar #julianbarnes #mafalda #abrigorojo #literatura
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Empieza el día por aquí y, ayer, en el avión destartalado que me llevó hasta esta orilla, leí que “triste pero forzoso es admitir que los besos no recibidos han hecho más por la literatura que los besos recibidos”.
Los relatos de Eloy Tizón, que siempre dan en el clavo.
Apunté en el margen otra gran verdad, esta de Aloma Rodriguez: “el amor (y el sexo) es o muy fácil o imposible”.
Cómo me gustaban antes los amores imposibles y todo lo que se escribía a trompicones, lo que se quedaba a medias, como quien habita en una permanente duermevela.
Cómo me gustan ahora todos esos amores que probablemente no escribirán las páginas tortuosas de grandes libros -bien sabido es que la felicidad escribe en blanco- pero sí las del día a día.
Poco a poco y buena letra, que me decían en casa.
#lauraferrero #miami #estadosunidos #eloytizon #literatura #alomarodriguez #amor #domingo
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Fue en la inauguración de un bar de Barcelona. Y fue ayer. De las paredes –verdes– colgaba una fotografía en la que cabía un hombre y muchos libros, quizás demasiados. Aunque no: nunca son demasiados, los libros.

Fui a la barra para pedir y a mí lado, una parejita hablaba Ella le escuchaba a él. –Hay bellezas de cine y bellezas de foto. A mí no me interesa la belleza estática de la fotografía.

Ella no dijo nada, por lo que él siguió. –La del cine es una belleza en movimiento. Hay sombras, imperfecciones. Quizás todo no sea tan armónico como a uno le gustaría que fuera. Pero ahí está la belleza. No sé tú, yo nunca podría enamorarme de lo que siempre es igual.

Entonces se dieron cuenta de que había una intrusa en la barra que, además de pedir su clásico vino blanco, se había detenido a escuchar la conversación. Saqué el teléfono para disimular y me lo puse en la oreja como si fuera a llamar a alguien.
–Nunca te diría “estás de foto”. Para mí siempre estás “de cine”.
Rieron los dos y ella le dio un beso. Me pillaron de nuevo, detenida, con el teléfono en la oreja. Como si fuera boba, ahí en medio del bar verde y la foto del hombre con los muchos libros. Estuve a punto de darles las gracias pero me fui con mi copa y mi ridícula falsa llamada hacia los sofás. Pensaba en cuánta razón tenía el tipo y en la de veces que confundimos la belleza de las fotografías de los anuncios con el increíble encanto del movimiento, que produce sombra, imperfección y sobre todo, vida.
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Me gusta septiembre porque es el mes del verano silencioso. Se marchan los de fuera, se quedan los de dentro.
Me gusta septiembre porque es un mes poroso: se asoma un poco con las primeras lluvias de agosto para quedarse definitivamente con el bullicio de la vuelta al cole y el olor al forro de los libros nuevos.
Para mí, septiembre es el mes de volver a empezar. Estrenar cuadernos, novelas. Relatos. Historias. Empezar a empezar.
Ayer escuché en un documental que el amor no se acaba nunca. Que lo difícil es buscar otros moldes para esos amores de antes. Me sirve también para septiembre, para seguir empezando veranos, historias, amores y cuadernos.
#septiembre #verano #vueltaalcole #reentre #amor #finales #cadaques #costabrava #emporda #ampurdan
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Años atrás me fui un verano a la India.
Ahí, mientras viajábamos en trenes que cruzaban lentos por estados cuyos nombres recordaban a las ‘Mil y una noches’ -Jammu, Himachal Pradesh, Uttar Pradesh, Bihar, Jharkhand-… yo no podía dormir y escuchaba una canción en bucle en mi mp3. Era ‘La chispa adecuada’, de Héroes del silencio y, a pesar de que la voz cavernosa de Bunbury nunca fue santo de mi devocion, la letra me gustaba. Decía que todo arde si le aplicas la chispa adecuada.
Y eso es una gran verdad.
Recordaba, mientras iba en aquellos trenes cochambrosos y comíamos samosas o pakauda, que Bunbury tuvo una novia a la que le dedico la canción ‘Bendecida’: “En las aguas de la certeza, nos hicimos la promesa de los lagos de Pokhara”.
De manera que yo soñaba con esos lagos dentro de vagones inmundos y deseaba viajar hasta ahí: existe esa costumbre mala y arraigada de querer estar justo donde no estás.
He soñado mucho con estos lagos que ahora veo desde aquí. Para mí simbolizan el deseo congelado de otra época, la memoria convertida en piedra, en monumento. Me traen de vuelta a esa chica del tren que buscaba cucarachas en el vagón del tren, mientras tarareaba “no sé distinguir entre besos y raíces, no sé distinguir lo complicado de lo simple”.
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1. Espera la señal para:
Dejar tu mensaje.
Tomar el desvío correcto.
Desabrocharte el cinturón de seguridad.
Sacar el caldo del microondas.
Introducir la tarjeta en el cajero.

2. Tipos de señales:
Un ceda el paso. Un saludo. Un emoticono al final de una frase ambigua. Que no haya cobertura. La risa. Que tampoco te gusten las aceitunas. Las maripositas en el estómago. Las coincidencias. Que no te contesten. Un gato negro. El arcoíris. El carmín de un beso en el borde de la copa. En la mejilla.

En India y Nepal, los autobuses llevan esto escrito en la parte de atrás: wait for signal. En este caso tiene sentido porque es lo que permite a los coches que les siguen, adelantarlos. En nuestro caso, estar siempre esperando señales es útil y provechoso en muchas ocasiones. Sobre todo en el mundo práctico. Sin embargo, en el otro mundo es una forma como otra de eludir responsabilidades. De decir: yo estaba esperando una señal.
Y la señal no llegó.
O era otra.
O iba disfrazada.
Las señales pueden ser tantas cosas que cuando por fin aparecen, a las pobres no solemos reconocerlas.
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Los manguitos. El Popeye de fresa. Un pegote de crema Nivea en la ceja. La burbujita rosa. La piscina de los niños pequeños. Las amigas de mi madre, a las yo que dividía en dos categorías: las que se mojaban el pelo en la piscina y las que no (en la vida, eso luego da muchas pistas). Abrir los ojos debajo del agua. Creerse la Sirenita, así que mamá llámame Ariel. Tragar agua y toser. El cloro. Los dedos arrugados, el “niños ya es la hora de comer”.
Las piscinas -las públicas sobre todo- me traen muchas cosas maravillosas de la infancia, la vida y los veranos, cuando los días que se suceden parecen hechos de otra textura, de otra medida.
No hay nada más triste que una piscina sin agua, por eso hace años escribí un libro llamado ‘Piscinas Vacías’, que es un recordatorio de la dificultad que entraña el reciclaje de algunos objetos y de algunas historias. Las piscinas hay que disfrutarlas cuando están llenas, aunque se acerquen nubarrones. Después ya no sirven para nada.
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Creo que es Eloy Tizón el que dice que a la vida no hay que dejarle mucho margen porque puede acabar en chapuza. Con margen se refiere, supongo, a aquellas frases que suelo escuchar y decir a menudo: “ya iré viendo”, “todo se pondrá en su sitio” o “es cuestión de tiempo”.
Ayer me pasé un buen rato mirando unos pájaros sobre el cableado eléctrico. Iban y venían. Volvían a irse. Llegaban nuevos.
Pensé en la suerte que tenían: volar se asocia siempre con la libertad. Me dije que ojalá nosotros fuéramos tan libres.
Justo hoy hemos pasado por aquí y me he quedado, como con los pájaros, embobada. Entonces me he fijado en ellas: las raíces.
Es cierto que no tenemos alas pero nacimos con pies que nos permiten movernos. Porque Eloy Tizón tiene razón: no hay que darle margen a la vida, hay que poner un pie detrás de otro y empezar a moverse.
#nepal #trip #viaje #trekking #arbol #eloytizon #literatura #relatos #arte #bakthapur #kathmandu #agosto #verano @bertajosa
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Leía a James Salter: “a veces se experimenta esa sensación de que la vida verdadera se vive en algún sitio pero no donde estás tú”. Una sensación que me era conocida, la de que la felicidad y lo verdadero está en ese otro lugar al que nunca se termina de llegar. Entonces volví a ver esta fotografía de Nadav Kander, una de mis favoritas. En ella, una familia de Chongqing come a orillas del río Yangtze. Dicen que esta fotografía habla de un picnic debajo de un puente. De basura. De un río sucio.
Pero hay un puente -y quien construye un puente derriba un precipicio-, cartas sobre la mesa. También reflejos sobre el agua difícil y esa chica: ¿la veis, a la chica que mira de perfil? Creo que no piensa lo mismo que Salter.
Es una obviedad lo que diré, pero esta fotografía es un recordatorio de que la felicidad es más bien con quién que dónde. La vida verdadera se encuentra sobre todo donde estás tú, las otras vidas simplemente no existen.
#jamessalter #arles #literatura #reencontresarles #fotografia #nadavkander #chongqing #china #yangtze #verano #agosto #domingo @rencontresarles
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A veces, la vida es una ventana. Ha oscurecido ya y hay luces dentro, y uno se detiene fuera para ver qué sucede, para tratar de entender el bullicio de lo que ocurre en el interior.
A veces, la vida es también una mesa larga de madera. Todo ocurre ahí.
En las mesas y en la vida se sientan todo tipo de personas, pero no se quedan el mismo tiempo. Hay gente que dura poco, pero que deja un recuerdo intenso. Gente que aparece sin terminar jamás de sentarse. Gente que siempre está, aunque tenga que marcharse. Gente que se reúne para arreglar el mundo a base de cafés, de vinos. Gente que son esa familia que se llama amigos que se junta, por ejemplo, una noche de verano. Entonces alguien, desde fuera, se queda frente al cristal.
Tres, dos, uno. ¡Miradme, va!
Y mientras ese alguien observa, se detiene unos instantes. Recuerda, supongo, que la vida es ventana, quien mira se mira: se encuentra con su propio reflejo en los cristales que traslucen gestos y conversaciones, que dejan entrever todo lo que ocurre una noche de verano.
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A veces desearía ser como el protagonista de ‘El barón rampante’: un señor que un buen día decide mudarse a un árbol para pasar el resto de su vida sin pisar tierra firme.
En esta fotografía estival a cuarenta grados, desde lo alto de una palmera del paseo Lluis Companys de Barcelona, veo algunas cosas: cuatro mirones (cinco conmigo), tres burbujas, dos novios y un beso.
Las burbujas son la infancia y la infancia es también pringarse la camiseta tratando de beberse lo que queda del Calipo de fresa.
Las burbujas simbolizan lo maravilloso y lo extraño, la ilusión llena de aire. Flotan unos instantes pero se marchan veloces.
Dicen que las cosas importantes de la vida, para ser buenas tienen que ser ligeras. Así ocurre con el amor. Pero hablamos de una ligereza distinta, como si las burbujas pudieran quedarse un ratito más, ese ratito que se llama siempre.
También dicen que la vida termina siendo una mezcla entre lo que desearías que ocurriera y lo que termina ocurriendo, así que a los novios y a las burbujas, desde lo alto de una palmera del Paseo Lluís Companys de Barcelona, solo se me ocurre desearles que los vientos les sean favorables.
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Agosto llega hoy a través de las ventanas de un tren.

En Pamplona, a 33 grados, y las calles de la ciudad de vacaciones, letargo de paseo por Carlos III. Suerte que la pastelería Beatriz sigue abierta para ir a por garroticos de chocolate que se derriten mientras dejo atrás la calle Estafeta y sus adoquines, y los sanfermines, que quedan lejos ya, a la espera.

El mes de agosto es un mes para esperar.

Verano también en un Bilbao nublado, a 21 grados, y yo quejándome de que aquí nunca es verano del todo, como si hubiera una manera de ser verano. Bilbao, con mi restaurante favorito “cerrado por reformas” porque agosto es también el momento de reciclarse, de parar, de arreglar por fin las goteras y fisuras que hemos ido acumulando durante el año.

Pero verano, de nuevo, y el mundo se mueve en este tren que va a casa, a la mía, mientras el sol se pone en el otro extremo de las vías y suena por aquí un verso de mi querido Tranströmer que dice que en cada hombre hay un verano subterráneo.

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La ciudad se había convertido en una cáscara. Y nosotros la observábamos, a la ciudad dentro de la ciudad, a la que se caía a pedazos con cada nueva tienda de lujo que construían, con cada turista que pedía a gritos una sangría y se probaba un sombrero mexicano typical spanish frente a la Sagrada Familia. Porque vivíamos en Barcelona aunque podríamos haberlo hecho en cualquier otro lugar. Y ayer, en una terraza que miraba hacia la montaña mágica, el Tibidabo, mientras todas las luces se encendían y adivinábamos las vidas de esos otros noctámbulos que se reunían en terrados y balcones, pensábamos, por ejemplo, que uno puede mirar al tiempo de dos maneras: como lo que ya no vuelve o como todo lo que está por llegar. Supongo que es la incertidumbre del futuro lo que produce nostalgia del pasado.

Pensábamos también –y sonaba Stereophonics o los difuntos The Postal Service– en las ciudades que habíamos habitado –Londres, San Sebastián, Madrid, Buenos Aires, Nueva York– , con sus calles y sus parques, sus historias. Alguno dijo que las echaba de menos, a las ciudades. Yo pensé, aunque no lo dije, que lo que uno echa verdaderamente de menos no es una ciudad sino a la persona que era cuando habitaba esa ciudad.

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