Ayer acuñamos una nueva expresión: «días de relleno». Días que sirven para llegar a otros, a los días importantes en los que hay que hacer algo señalado. Los días de relleno son días de segundas basados en aquello que comúnmente se conoce como «hacer tiempo». Llevamos en esta ciudad tres días de relleno y llueve y, cuando no llueve, tenemos jet lag o se levanta un viento huracanado o llenamos demasiado los platos en el bufé del desayuno.

También ayer, en un lugar llamado Praia do Forte, donde se avistan ballenas y mi animal favorito en el mundo, tortugas –tartarugas aquí–, se puso a llover de nuevo.

Una mujer llamada Cristina me hizo un masaje en la espalda. Como no tenía mucho tiempo porque había anochecido ya, le dije que con treinta minutos me bastaba. Cuando empezó con el masaje y me di cuenta de la sensibilidad tan increíble que tenía, me arrepentí al instante de no haberle pedido un poquito más de tiempo. De manera que me pasé los treinta minutos del masaje pensando en que se iba a terminar demasiado pronto. Y fue cierto, pero se hubiera terminado igualmente sin pensarlo tanto.

Siempre estamos a vueltas con el tiempo: o nos quejamos por los días de relleno y deseamos que se acaben rápido o no disfrutamos de las cosas porque sabemos que se van a terminar demasiado pronto. Y cuando no tenemos jet lag resulta que ya es de noche y nos dicen «no, señorita, por aquí no que es peligroso», y con tanta queja se nos van los días de relleno, pero también los que no lo son.

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Cuando descubro una esquina, un paisaje o un lugar que verdaderamente me emociona recuerdo a Holden Caulfield: «No cuenten nunca nada a nadie. En el momento en que uno cuenta cualquier cosa, empieza a echar de menos a todo el mundo.» Cuando luego, alguien me pregunta por esa esquina, por el paisaje o el lugar, siempre respondo con el mismo fingido desinterés: «Psé, no te pierdes nada». Luego me arrepiento un poco. Pero,de algún modo, uno siempre querría preservar los lugares especiales de la vida, esconderlos un poco, como cuando racionamos algo para que dure solo un poquito más.
En el Delta del Ebro, además de flamencos, animales por los que siento auténtica debilidad, hay muchos agaves. Estas plantas, que proceden de hábitats áridos y soleados, comparten una característica que las hace más que singulares. El agave solo florece una vez en su vida y, después de hacerlo, se muere, algo que se conoce como monocarpismo.
Cuánto que aprender de ellos, he pensado hoy al ver un agave florido. Estamos acostumbrados a entender el final –de la vida y de la mayoría de las cosas– como un sinónimo de hartazgo y decrepitud, pero qué mejor que terminar como ellos, los agaves: con el florecimiento, la celebración.
Y si alguien me pregunta qué me parece el Delta del Ebro: «Psé. No os habéis perdido nada». #flamencos #agave #deltadelebro #deltadelebre #salinger #holdencaulfield #viajar #verano #mar #monocarpismo
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Algunos días me recuerdan a esa sensación de empezar a leer por la noche, en la cama. Lees las tres primeras líneas concienzudamente y, a partir de la tercera, sin que te des ni cuenta, sigues leyendo pero tu cabeza se va de ahí. Está en el supermercado, en lo que tienes que hacer mañana o en no olvidarte de otras muchas cosas. A la segunda, tercera página, asombrada, te das cuenta de que no sabes qué estás leyendo y cierras el libro, apagas la luz, y te dices que ya mañana releerás lo leído. Y a veces, mañana llega y te ocurre exactamente lo mismo.

Ayer no hizo especialmente buen día por aquí. Nublado, plomizo y con rachas de viento. Pero fue el día en que una amiga y yo conseguimos una oferta para hacer Paddle Surf, un deporte que ambas habíamos hecho y que nos parecía la mar de fácil y bla bla bla. Huelga decir que nos plantamos las dos en la orilla con inmensas tablas que casi no pudimos acercar al agua debido al viento y que, una vez en el agua, ninguna se acordaba de exactamente cómo tenía que poner los pies para levantarse. ¿Y el remo? ¿Se remaba siempre con el mismo brazo? Preguntas de nivel. Nos pasamos 45 minutos, de reloj, estrellándonos contra el agua, las boyas y la tabla, luchando contra la corriente, hasta que un buen hombre nos alumbró con la sencillez de la postura y con cómo había que introducir el remo en el agua. Cuando supimos cómo hacerlo quedaban 10 minutos y pudimos disfrutar aún de un simulacro de lo que hubiera sido hacerlo bien desde el principio.
Y me pareció, ya de vuelta, que ocurría igual con algunas de las cosas importantes de la vida: cuando empiezas a saber de qué van, se acaba el tiempo y tienes que abandonar la pista.

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«Te darás cuenta cuando estés a punto de terminar el manuscrito que llevas cinco años escribiendo: en el fondo no has hecho más que dar vueltas a la idea de no haber conseguido hacer feliz a alguien. Hacer feliz a alguien de verdad».
Todo parece sencillo en las canciones. Por ejemplo, en «Make someone happy», de Jimmy Durante, el amor es la respuesta y si haces a alguien feliz, lo serás tú también. Todo parece sencillo, y quizás lo es, pero, en los relatos de Pàmies, que parecen escritos al hilo de una conversación empezada hace tiempo, y que leí el fin de semana por segunda vez, las cosas cuestan un poquito más o son más ambiguas o la gente no es feliz o no sabe que es lo es hasta que termina la canción, y la vida.
En los relatos de Pàmies los hijos sueñan con tener otros padres que se llaman, quizás, Jorge Semprún, o los inventan, o los copian, y las parejas se aburren –y en la vida se puede ser de todo menos un coñazo–, y hay personajes que empiezan a contarse así: «Tuve que morirme para saber si me querían».
Escribimos para darnos cuenta de algo que probablemente supiéramos al empezar la primera línea (escribir es constatar también) y supongo que todo lo que vive es susceptible de ser contado, de transformarse en literatura. Pero alto ahí, porque no todo lo que vivimos puede ser contado para ser literatura.
Cómo contar, por ejemplo, que ayer, mientras ya tramaba todas estas líneas, salí del trabajo, enfilé la calle Bonavista y pensaba en escribirle un email a Pàmies para decirle que a mí lo que dice la canción de Jimmy Durante no parece ni tan fácil ni tan acertado.
¿Quién creerá, entonces, que ante mí apareció un hombre con un chaleco beige y varios bolsillos, como si fuera un explorador, con unos andares parsimoniosos y la actitud del que sabe que, aunque lento, terminará llegando donde quiere llegar?
¿Quién creerá que aquel hombre no era otro que Sergi Pàmies?
Lo seguí durante unos minutos. Dobló por Torrent de l’Olla y, de repente, me detuve. Sabía que lo estaba siguiendo únicamente para contarlo después.
¿Y para qué iba a contarlo si nadie iba a creerme?
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Siendo niños, a mi hermano y a mí nos ponía muy nerviositos cuando mi madre, al terminar de comer, exclamaba: «Pues ya hemos comido», una frase que tenía sus variantes, claro: «Pues ya hemos cenado, ya hemos llegado, ya hemos ido de excusión…». Nosotros, con los ojos en blanco, la mirada de fastidio. Sin embargo, mi madre nunca se dio por aludida.
Resulta que ayer, yo, sin ir más lejos, exclamé: «Pues ya estamos en agosto». Y me puse a mí misma la cara de fastidio porque los genes son los genes. Habíamos salido del cine de ver una película que a todo el mundo le había gustado menos a nosotras. Una película sobre cómo tener un hijo sin que la vida se te resquebraje, sin que pierdas a tu pareja, o a ti, o a los dos.
Después, de camino a casa, al buscar una fotografía, di con una captura de pantalla de Twitter de algunos meses atrás. En ella, una chica listaba sus tres peores momentos en lo que iba de año. El primero, sin lugar a dudas, haberse encontrado a su ex-novio con su pareja actual en un vuelo transoceánico. Un Barcelona- Seúl, trece horas que pasaron los tres bien juntitos en los asientos centrales. Yo quiero pensar, para empeorarlo todo, que la nueva novia debía de estar el centro.
Os dejo el dato para que lo penséis, que estas cosas ocurren.
Por último, llegando a casa, en la marquesina del autobús, evité mirar el maldito anuncio de la película ‘Midsommar’ que hace que tenga pesadillas solo con saber que está allí, pero sonaba en mis auriculares Sidonie aquello de «Nunca podría vivir en el campo/Yo quiero neurosis y supermercados » y no me quedó otra que sonreír. Introduje la llave del portal, con miedo, porque siempre andan mis amigas, las cucarachas, acechando por ahí.

Pero a lo que iba: pues ya estamos en agosto. Otra vez. Y a los que empezáis vacaciones, feliz verano, pero ojito con los asientos que escogéis en el avión. No digáis luego que no os lo he advertido.

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Algunos años atrás, era también verano y, en un pueblito costero de Colombia, intenté hacer submarinismo. Me sumergí, logré bajar hasta la profundidad adecuada, toqué el suelo y, entonces, miré a mi alrededor. Casi me ahogo del susto.
Le dije al instructor que ya estaba tardando en sacarme de ahí porque me dolía el oído izquierdo. Fuera, ya en la superficie, el barquero, al verme y escuchar toda la historia absurda del oído, se quedó callado. Al rato me dijo «A usted lo que le ocurre es que tiene miedo». Sonó, en aquel momento, en la pequeña radio portátil que llevaba, una canción de Sabina, ‘Tiramisú de limón’. «Que sepas que el final no empieza hoy», decía.
*
Me reí mucho ayer en esta mesa frente al mar de todos los veranos. Está al lado del pueblo donde nació Josep Pla. Cuentan los biógrafos de Pla que, al llegar a Nueva York a mediados de los cincuenta, se quedó observando atentamente los innumerables rascacielos iluminados y preguntó: «¿Y todo esto quién lo paga?».
*
Una ilustradora que me encanta me regaló un paisaje precioso y en él, el sol es rojo y las montañas azules. Y entre las dos montañas, serpentea una carretera hacia el horizonte. No tiene título, pero debajo de la ilustración, ella había escrito: «Sigue en esa misma dirección. Antes de que se termine la carretera, verás otra carretera», dijo Raymond Carver justo antes de quedarse sin gasolina.
*
Ayer, frente a este paisaje lluvioso, pensaba, como Pla, en esto: «¿Y todo esto –la felicidad, las gotas de lluvia en el cristal, las historias que siempre son las mismas, los chistes que siempre son los mismos, la promesa de los días de sol– quién lo paga?». #joseppla #calelladepalafrugell #costabrava #literatura #mar #joaquinsabina #musica #playa #verano
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Querido oso panda atrapado en un balcón,

A mí tampoco me gusta el verano. Pero ayer, dentro en un vagón de tren con el aire acondicionado a tope, un chico joven de Castejón de Ebro, ante un grupo de personas mayores arrebujadas bajo sus camisetas, sus camisas de lino, bajó su maleta y la abrió en medio del pasillo. «Tengo de todo que vengo que hacer mudanza», exclamó. Y fue repartiendo sudaderas, cortavientos, un polar. Y era extraordinario ver a cuatro casi ancianos vestidos con las prendas coloridas del jovencito de Castejón. Cuando de apearon del tren, ya casi llegando a Pamplona, le devolvieron la ropa, no sin antes decir aquello de «Gracias, joven». Y detrás de mí, había un grupo de adolescentes que jugaban al chinchón. Venían de un campamento de verano y el monitor, viendo cómo el chico guardaba de nuevo las prendas de ropa, les dijo: «¿Os habéis quedado con la copla, ¿verdad?». Querido oso panda atrapado en un balcón. Ayer, cuando llegué a Pamplona, paseé por mis lugares de siempre. Pensé, no sé si lo recuerdas, en el diálogo de una escena mítica de ‘Smoke’, cuando Harvey Keitel le enseña a su amigo el álbum en el que ha guardado más de 4000 fotos. Son las fotos de la esquina que retrata todos los días a la misma hora. El amigo, claro, al principio empieza a fijarse en cada una de ellas, pero luego, al darse cuenta de que son todas iguales, se queja de eso mismo. Entonces, Harvey Keitel le replica: «Nunca lo entenderás si no vas más despacio». Querido oso panda atrapado en un balcón. A mí tampoco me gusta el verano, pero sí me gustan las cosas que ocurren en verano. Las cosas que ocurren en el interior de los helados vagones de un tren o en ciudades adormecidas por el sopor en las que solo se entienden las cosas cuando uno va despacio, mucho más despacio.

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Recuerdo, sin ningún orden en particular:

Que las pirámides, antes de que nos llegaran como las ruinas que son ahora, estuvieron recubiertas de piedra pulimentada. Y tenían intrincados y preciosos dibujos que se evaporaron con el paso de los años. Con el tiempo se pierden los detalles pero quedan las formas, lo universal. Como esos recuerdos borrosos de la infancia: no sabemos si los vivimos, si nos los han contado o si proceden de fotografías a las que hemos aderezado con recuerdos inventados

A esa editora a la que admiraba tanto que dijo, rodeada de aprendices y lectores, en aquel frondoso jardín, algo que apunté en mi librera roja. Que en el sexo, en la cama, uno es un reflejo de cómo es fuera de ella. Que el generoso será generoso y el que no lo es tanto no lo será tanto. Esa verdad pequeña, o no tan pequeña, sigue hoy apuntada entre una cita de Julian Barnes y otra de Bioy Casares

Hoy me he acordado de ti. Pero también me he acordado de regar las plantas así que no voy a hacer un drama (dice Maruxa Caeiro). Y me he acordado del mono que vimos en Sri Lanka –y de las cadenas–, de cómo te molestaba la comida atascada en el sumidero, la mermelada de naranja o la gente que utilizaba diminutivos.
Recordamos sin ningún orden en particular. Quedan las ruinas de la memoria, enormes y porosas pirámides despojadas de sus vestidos. Se pierden los detalles, quizás, pero quedan las formas.

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Es un vídeo de estos que aparecen de repente en un chat de amigos. En él, un chimpancé de un año, cuya familia murió en manos de unos cazadores furtivos y fue encontrado con neumonía, reconoce la voz de los veterinarios que lo cuidaron. Son unas imágenes preciosas: el animal empieza a dar saltitos sobre una camilla y se abalanza, como si fuera un niño pequeño, sobre sus cuidadores. Es la viva imagen de la gratitud y la ternura.
Veía al chimpancé saltando mientras pagaba la cuenta en el lobby del hotel. El tipo se habrá pensado que se me empañaban los ojos por la cuenta, que hubiera podido ser. Pero era otra cosa.
Un amigo que estuvo a punto de morir en un accidente de coche y que pasó muchos meses en el hospital –que tuvo que aprender, entre otras cosas, a andar de nuevo– me contó que lo que más recordaba de aquellos meses oscuros era la primera vez que salió del hospital. Iba con su padre de la mano por la calle y se sentaron en una terracita. Pidieron una coca cola y, cuando el camarero se la sirvió, mi amigo dijo solo eso: gracias. Y aquello es lo que recuerda. El decir gracias por la coca-cola, por la vida y por el padre que le había enseñado a andar de nuevo.
Pocas veces lo decimos, así, en mayúsculas. En realidad, los chimpancés han aprendido a hacerlo mucho mejor que nosotros.

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Nos contaba que, en la novela ‘Un dique contra el Pacífico’, la madre de Marguerite Duras se quedó en Indochina con tres hijos y sin porvenir. Fue por eso que compró unas tierras frente al Pacífico e invirtió en ellas hasta el último céntimo deseando que el cultivo de aquella concesión los sacara por fin de ese maldito sentimiento de pobreza del que la hija, Marguerite, no se desembarazaría jamás.
Sin embargo, nadie advirtió a la madre de que había comprado aquella concesión cuando la marea estaba baja. Cuando el nivel del agua subía, el mar de China anegaba de agua salada aquel sueño de dicha familiar que desbarataba cualquier posibilidad de salvación.
Pero la madre, lejos de amedrentarse, esa madre obsesiva, pobre, terca, tan terca como para decidir emprender una lucha contra el mar –que es oleaje, fuerza, tempestad– decide que, con el último dinero que puede pedir prestado, levantará un dique contra el mar.
Pero el dique que construye esa mujer portentosa es frágil, tan frágil que un puñado de cangrejos lo corroen. Esa madre lucha con una fuerza tal, con un deseo tan imperioso, que creeríamos que es capaz de derrotar al propio mar de China. Claro que eso –eso de que los deseos sean útiles– ocurre solo al final de los cuentos clásicos, y ni siquiera en todos. Es imposible ponerle un coto al mar, imposible ponerle coto a determinadas cosas que nos ocurren en la vida.
Lo escuche aquí, el otro día, en Santander. Lo contaba la escritora Pilar Adón y, al salir más tarde a pasear, con el Cantábrico que se extendía a mis pies, pensé en la de veces que también nosotros compramos concesiones al mar convencidos de que podremos pararlo. De que podremos construir una barrera lo suficientemente fuerte para creer que sí, que incluso lo inverosímil pude cambiar.
Si desear fuera útil, ¿verdad? Pero crecer, madurar, tiene algo que ver con dejar de poner barreras y asumir que la esperanza sostenida únicamente en el deseo no conlleva más que inundaciones.
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Algo así, como decía Luis Landero: que la infancia es felicidad, la adolescencia amor y el resto, literatura. Y que mirar, atrás, y esto lo añado yo, cuenta lo mismo que mirar hacia delante: nada (porque solo tenemos este trocito de arcilla que llamamos día a día, presente, ahora). Y además, otra cosa, aquello que leí en una entrevista a Isabel Allende. La escritora hablaba de un fenómeno llamado ‘Síndrome del árbol de Navidad’, y consiste en que vamos colgando chirimbolos al abeto –entiéndase abeto como cualquier realidad que nuestras expectativas puedan deformar, o sea, el mundo entero– hasta que se le van cayendo los chirimbolos. Del peso, de la acumulación, de la irrealidad, y entonces, el abeto se seca.

Desde que lo leí, siempre que empiezo con las proyecciones y las expectativas, me imagino al pobre abeto y me digo: “Laura, para, que se van a empezar a caer pronto y no será culpa del abeto sino de los chirimbolos mentales que le estás colgando tú”. Que además, no existen.
Porque solo tenemos este trocito de arcilla que llamamos día a día, presente, ahora. O abeto.

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La noche había caído ya sobre el estadio, que recibía a los tres tenores en aquella época en que lo inaudito sucedió: la ópera se puso de moda. Luciano Pavarotti, José Carreras y Plácido Domingo estaban a punto de salir al escenario y la gente aguardaba impaciente. Uno de los discos más vendidos del año había sido ‘Tutto Pavarotti’, una especie de recopilación de los grandes éxitos del tenor italiano. La fama y el desconocimiento de sus nuevos públicos eran tan grandes que un conjunto de espectadores, antes de que Luciano hiciera su aparición, empezaron a gritar al unísono: «¡Tutto! ¡Tuuuuutto!», «Bravo, Tutto!». Y dicen que Luciano tardó mucho en salir, asustado ante aquel gentío coreaba su nuevo nombre.
Cuenta Judith Schalansky en su prólogo de ‘Atlas de las Islas remotas’ que preguntar por la veracidad de sus relatos no es pertinente ya que no se puede dar una respuesta definitiva. Resulta imposible saber si todo sucedió exactamente como ella lo narró. Lo que sí puede asegurar es que no inventó ninguno de los hechos ahí comprendidos: todos y cada uno están basados en historias de los otros. Basados en hechos reales.
Ocurre un fenómeno extraño en el pueblito de Arles, que recoge estos meses los ‘Reencontres de la photographie’. Las fachadas de sus edificios centenarios están llenos de corazones de tiza o de una misma palabra escrita sobre sus cristales: «L’amour» o «in Love».
Podría contar cualquier historia pero aquí una hipótesis: creo que alguien leyó aquel viejo verso de Sharon Olds: «que mi amor le hubiera llegado a tiempo». #pavarotti #tutto #lostrestenores #opera #musica #arles #rencontresarles #judithschalansky #atlasdelasislasremotas #sharonolds #literatura
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Fuimos andando, ya de vuelta, pasadas las doce de la noche, y dejamos atrás el barecito con las pinturas de Andrea Torres, sorteamos hordas de turistas enloquecidos, despedidas de soltero, las fiestas del barrio de Ciutat vella, los petardos y el ruido de un sábado de verano en el centro de Barcelona. Fuimos andando hasta dejar todo el bullicio atrás y nos adentramos en la monotonía tranquila del Eixample.
De repente, unas luces nos llamaron la atención. Afuera, en la calle, cientos de plantas y flores ocupaban la acera. Nos acercamos. Parecía, o al menos eso me pareció a mí, que veo literatura por todas partes, un relato de Carver: de la más completa oscuridad emerge una floristería abierta a las doce de la noche.
Entramos y el dueño nos explicó que abrían las 24 horas. Desde el tablero del mostrador nos dijo que uno nunca sabe cuándo va a querer comprar una planta o un ramo. «Además, a las plantas hay que moverlas lo menos posible. Por eso no cierro nunca, para no tener que entrar todo lo que veis en la acera».
Compramos Lavanda y de subida, con la maceta en una bolsa, pensaba -como he dicho, veo literatura por todas partes-, en algo que contaba Pedro Mairal.
El escritor argentino sufrió un accidente de autobús y la cercanía con su propia muerte le permitió palpar el borde de la vida. Fue allí, en la casi irreversibilidad, donde encontró un lugar para ejercer su confusión, un lugar desde el que hacer preguntas y darle la vuelta al propio cuerpo, a la propia finitud. Lo cuento porque esto, encontrar un lugar (no solo en la literatura sino especialmente fuera de ella) es lo que cuenta. Y los lugares son como las personas: aparecen de la nada. Solo hay oscuridad y de repente, ahí están las luces de una floristería que no cierra pensando en nosotros, los rezagados que creemos que nunca es tarde no solo para comprar flores, sino también para encontrar esas esquinas anodinas de la vida en las que se esconde la literatura.

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Yo también me emborraché en San Juan por primera vez. Tenía doce años y aquello me pilló totalmente de improviso. Los mayores habían preparado sangría de verdad, no de las de tetrabrik de Don Simón. A alguien, que fui yo, se le ocurrió que, de postre, podía terminarse toda aquella fruta blandita, con sabor azúcar, que se había quedado en el fondo del barreño. Me la terminé toda. Después, me levanté para ir a tirar petardos pero, a medio camino, me detuve. Todo se movía a mi alrededor. «Mamá –grité asustada–. Es que creo me ha pasado algo». Mi madre vino a por mí y, cuando vio el desastre, su hija tirada en el pasillo, apestando a vino y a fruta macerada, me dijo «a ti lo que te pasa es que te has emborrachado»

El sábado, en la tarima de El tropical había un señor maravilloso –debería de tener cincuenta y largos– que bailaba con un ritmo que, en fin, ya nos gustaría a muchos. Estábamos nosotras abajo, embobadas con sus improvisadas coreografías. Tanto, que se acercó otro señor de su misma edad, le fue a dar un gintonic al acróbata, y después vino hacia nosotras: «¿A que baila bien mi marido? Pues solo hay alguien que lo haga mejor… ¡Yo!». Después, maravilla, se arrancó él también a lo Fred Astaire. Animado por los bailarines, subió un grupito de adolescentes a la tarima. Los niños, desgarbados, saltando, con un sentido del ritmo más que cuestionable, y tratando de llamar la atención de las niñas haciendo cualquier gansada. Y las niñas, más coquetas que cuchicheaban entre ellas en un extremo de la tarima avergonzadas, supongo, de los intentos de seducción de sus compañeros. Ay, la vida, pensé. Lo que nos cuesta aprender que no hay que hacer payasadas para llamar la atención.

Decía Anthony Trollope que no existe felicidad en el amor, a no ser que sea al final de una novela inglesa. Yo creo que al tal Trollope le hubiera hecho falta una visita fugaz a la barra de El tropical. Las verbenas, Anthony, son para tomarse todas las frutas del fondo de la jarra de sangría, para bailar con el mejor bailarín de Cadaqués, que es tu marido. Para decirle a la chica de clase, ahora que se acerca el verano y que los dos os vais de campamentos, que sí, que te gusta.
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Cero. He empezado el día temprano con una revisión médica. No es agradable esto de las mamografías, pero la enfermera y yo nos hemos estado riendo un rato. Yo ahí, de pie, completamente agarrotada, diciéndole, «Esto es una auténtica sandwichera. Pero resulta que ahora soy yo el sándwich»

Uno. Como no tengo pulso, pero ninguno, le he pedido a mi madre si me podía pintar las uñas del pie. Y total, con el día que llevaba, de la risa y del absurdo, hubiera dado lo mismo si me hubiera pintado yo misma los pies con una brocha. No veáis el destrozo que hemos hecho.

Dos. Nos hemos cruzado toda Barcelona para llegar a una clase de yoga y al pasar por Jardinets, un señor, ya mayor, leía un libro: ‘Cómo hacer que te pasen cosas buenas’. Después, claro, pensaba que las cosas buenas pasan en las clases cuando se es disléxica y «la mirada, por favor por debajo de la axila izquierda, la rodilla derecha y la mano con los dedos bien abiertos hacia arriba y si puedes, el cuello y la cara y no te olvides de sonreír»

Tres. Después de la mamografía, mis dedos –que no uñas–, pintados de rojo, el señor y el libro, y la contorsión del yoga, he llegado a casa. Ha llegado ahora. Y he vuelto a este libro. Algunas de mis personas favoritas del mundo son editores o fotógrafos. Algunos suertudos, como la autora de ‘Microgeografías de Madrid’, es las dos cosas.

Cuatro. Vuelvo: Algunas de mis personas favoritas del mundo son editores o fotógrafos, pero mis personas favoritas, sin duda, no importa que hagan, son las que saben mirar. Este libro que he sacado por mi ventana con tanto arte está lleno de los mapas que nos salen al paso cuando caminamos por la ciudad. Lleno de explicaciones: por qué las lágrimas de dolor no son las mismas que las de alegría, por qué explotan las estrellas, o los meteorólogos pronostican más días de lluvia de los que hay. Y es una reivindicación de aquello que dijo Kafka: que la alegría es nuestro deber cotidiano.

Cinco: no soy yo quien os tenga qué decir que libros tenéis que ir a buscar rápidamente. Pero por una vez, lo hago: se llama ‘Microgeografías de Madrid’ y es de Belén Bermejo, editora y fotógrafa. Todo en uno.
Enhorabuena @belenbermejo 💙
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Mi querida Lola,
Ahora que llevas ya casi tanto tiempo fuera como dentro, déjame contarte un par de cosas.

Me reí mucho el otro día cenando con una amiga. Me preguntaba que cómo me iban las cosas, a lo que le respondí que creía que muy bien, pero que a veces dudaba. Dudaba porque la vida que uno acaba teniendo es tan distinta a cómo se la había imaginado que, bueno, a veces es fácil no tenerlo claro. Se reía ella, al otro lado de la mesa, entre croquetas de jamón y ensalada de ventresca de atún. «Tú te imaginabas un poco aquello de “persiga usted su sueño” y resulta que te encantaba la idea, pero que has terminado viviendo en las antípodas del sueño y resulta, además, que ni tan mal». Y no te creas, Lola, me reía, pero a medias, porque la visualizaba perfectamente. Esa peliculita que todos nos montamos desde que tenemos uso de razón, convencidos de que es la única que nos hará felices. Luego, va y llega la vida, tan pancha, y te quedas sin tu película. Pero, ¿sabes qué? Que también se es feliz así. En realidad, la vida siempre empieza cuando terminan las películas, ¿no?

Otra cosa. En mi casa, mi madre y yo utilizamos una expresión: «estar en la UVI» que no tiene nada que ver con los hospitales. Nunca he sido ningún prodigio de los cuidados del hogar, así que a menudo llego a casa de mis padres con un cactus moribundo, un desastre de ropa desteñida de amarillo fluorescente, una mancha de aceite demoledora y mi madre suele encontrar soluciones incluso para devolver a cactus muertos a la vida. Entonces, decimos: «el cactus está en la uvi o el vestido ha tenido que pasar por la uvi, pero ya está mejor, etc».
Estar en la uvi es señal de que se está en cuarentena y en buenas manos (y de que todo lo que sale, lo hace renovado). Pensaba ayer, en la hamaca, Lola, con tus ocho meses y los equilibrios que haces aún para mantener la espalda recta, que lo que hay que poner en cuarentena es la película que nos montamos de la propia vida. Hay que dejar de perseguir los deseos que no eran para nosotros sino para que quedaran bien en nuestra película.
Te lo iré recordando.

#lola #pelicula #vida #literatura #calpedros #pradelldesio #expectativas #ifyouleave
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Disculpe la tardanza en responder este email.

Perdona que no te haya contestado hasta ahora.

Quiero expresarle mis más sinceras disculpas por la tardanza en responder su consulta del pasado día X.

Siento enormemente haber tardado tanto en escribirte.

Llego tarde, lo sé.

Rogamos disculpe la demora en responderle a su petición.
***
Porque:
-He estado muy ocupada volviendo de vacaciones y haciendo otras cosas que sí tenía ganas de hacer.
-Me mordió una serpiente en la mano (soy muy aventurera) y no podía teclear bien.
-Tengo jet lag desde que llegué, hace tres meses.
-Mi prima se casa, ¿sabe? Y tuve que comprar el regalo y eso me llevó tiempo, y mis hijos crecen y bueno, a uno se le cayó un diente la semana pasada. Y por eso claro, su email…
-Tengo puesto un filtro de correo selectivo: solo leo lo que me interesa.
-Se coló –él solito– en la carpeta de Spam, ya sabe usted lo traviesas que son las nuevas tecnologías.
-Mi psicólogo me ha puesto un tope de internet al día –internet détox– y su email no entraba en el cupo.
-Me he cambiado la dirección de email y ahora solo utilizo aquella en la que no está su email.
-¿Seguro que me envió el email o lo he soñado?
-Verá, es que había palabras en inglés y no las entendí.
-Quería contestarle un email tan bonito que al final lo dejé en borradores.
-No sabía qué responder a su pregunta y lo dejé en cuarentena hasta que lo supiera.
-Trabajo tantísimo –no como usted, que tiene tiempo para escribir emails– que no he tenido ni un segundo. Llevo viviendo en la oficina desde que tengo 18. ***Ayer leí un artículo en The New Yorker sobre las inverosímiles respuestas que damos para justificar que llegamos tarde a responder un email.
#email #lauraferrero #excusas #tarde #tecnologia #gmail #newyorker #outlook @newyorkermag
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Sospecho que el mundo es de los otros.
Me explico. Cuando el profesor se vuelve hacia el otro lado de la clase y tú te conviertes en ángulo muerto para él, es entonces cuando decides dejar de hacer los ejercicios de la serie. El entrenador levanta la voz, como para animar: “¡vamos, que solo quedan tres!”, “A DARLO TODO”, dice así, en mayúsculas, y a ti no hay cosa que te dé más pereza que eso: la expresión y lo que significa. De manera que te ríes para tus adentros. No piensas hacer ni una más de esas abobinables planchas con patada voladora incluida.
Yo soy de esas: de las que dejan de hacer los ejercicios cuando el profesor no está mirando. Y sospecho que el mundo es de los otros, de los que llegan hasta el final de los abdominales.
Mi abuela, que el otro día cumplió 88 años, nos contaba que nunca había imaginado poder cumplir tantos. Pero añadió: “lo que me consuela es que yo no soy como esas señoras que dicen que se aburren. Yo nunca me aburro. Así sí que no podría vivir…”. Hablaba, supongo, no del aburrimiento de una tarde, si no de cuando pierdes la ilusión, la capacidad de que te maravillen las pequeñas cosas, de dejar de controlarlo todo. Sin eso sí que no se puede vivir.
Efectivamente, nadie puede controlarlo todo. Los deseos no siempre se cumplen, pero ayer, a una amiga muy querida, le concedieron una beca por la que llevaba mucho tiempo luchando. Las plegarias sí son atendidas –a veces– y resulta que además que coinciden con los deseos más profundos mantenidos a lo largo de los años.
Quiero volver al inicio: el mundo es de los otros, de los que no dejan de hacer los ejercicios cuando el profesor no mira. Aunque entonces, siendo honestos, tendría que decir que a mi amiga la he pillado varias veces haciendo lo mismo que yo: tumbada en el suelo mirándose en el espejo, fingiendo que tiene que volver a peinarse para así dejar de hacer el ejercicio.
Resumiendo: el mundo es de los que, si lo intentan, van hasta el final, sobre todo en lo que concierne a la vida de fuera del gimnasio.
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Me gusta, en el prólogo a ‘Un apartamento en Urano’, que Virginie Despentes defina a Paul B. Preciado como alguien que nunca se muda: “te mueves, pero no te mudas. A ti no interesa afincarte”. Habla de su amigo como alguien que habita una clandestinidad permanente.

Me gusta también lo que hizo años atrás el artista chileno Alfredo Jaar para abordar el genocidio ruandés. Montó una exposición, pero las fotografías –que mostraban el horror, lo indecible– estaban ocultas el interior de cajas. Para verlas había que descubrir la tapa. Muchos visitantes lloraban sin ni siquiera hacerlo. No hacía falta: fuera de la caja había una descripción de cada una de las fotografías.
A menudo pienso en eso: en la sutileza de las palabras, en que la imaginación es el arma más poderosa que tenemos para comprender la realidad.

La semana pasada me detuve aquí, en esta fotografía, durante un largo rato. Íbamos de Reno, –la ciudad de la canción de REM, “humming all the way to Reno”– a Tahoe y nos detuvimos a poner gasolina.
Sé que no estuvieron ahí. Ni Edward Hopper ni Richard Estes, pero yo los veía, a todos esos personajes enigmáticos que habitan en la soledad de las gasolineras, en los silencios de los pesados cortinajes que crecen entre parejas adormecidas, neones en cristales, cielos anaranjados que predicen la lluvia. No aparecieron, ni Hopper ni Estes, pero tuve la sensación, por un momento, de que todos, en nuestras clandestinidades permanentes, habíamos sido en algún momento protagonistas anónimos de uno de sus lienzos.

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“Mi padre creía que Groenlandia no era una isla” fue, durante mucho tiempo, la primera frase de ‘Qué vas a hacer con el resto de tu vida’. De alguna manera, de esa frase que contenía un padre y una isla helada y sola, fue surgiendo la historia.

Nunca he viajado a Groenlandia, pero
el otro día sobrevolé esa isla de mi imaginación. Le puse cara, como si fuera alguien a quien hasta el momento hubiera conocido solo virtualmente. Porque, para mí, Groenlandia fue una especie de holograma, un espejismo desde donde tirar del hilo de la escritura.

La vi por la minúscula ventana de un avión y, a pesar de las bandejas de chicken or pasta, del continuo anuncio de fasten-your-seatbelt y del bebé que no dejaba de llorar, fui feliz. Era exactamente como me la imaginaba. Un gigante blanco y solitario.

Hace poco un amigo me habló de una fábula de Bucay. En ella, un viajero llega a un pueblo y, antes de enfilar sus calles, se detiene brevemente en el cementerio. Con extrañeza, se fija en las lápidas: en ellas lee el tiempo de vida exacto de cada uno de los difuntos: 8 años, 5 meses y 2 días; 5 años, 9 meses y 1 día. El viajero cuenta que el más ha vivido son 11 años. Se echa a llorar al darse cuenta de que se encuentra entre lápidas de niños, pero pronto viene el guarda del cementerio y lo saca de su error. Aquél no es un cementero infantil, no. A los habitantes del pueblo, al cumplir los 15 años, se les regala un cuaderno donde van apuntando todo aquello que los ha hecho felices y el tiempo que ha durado. Así, el cómputo de la lápida es una suma de todos esos momentos, la única manera de contar lo vivido.

Los números me hicieron pensar: cinco años de felicidad en una vida de noventa. Pensé, con ironía, que a los personajes de mi novela no les hubiera venido nada mal leer la fábula.

Por mi parte, anoté “ver Groenlandia desde la ventana de un avión” en mi propia lista de la felicidad. Para que vaya sumando.

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