Siempre me ha llamado la atención que algunas personas construyan sus casas en la falda de volcanes. Como si escogieran vivir bordeando permanentemente la posibilidad del desastre, olvidando incluso que un día el volcán puede despertar y arrollarlo todo con una lengua de fuego. Aplíquese esto, claro, a otras realidades. Qué arraigado está en nuestra naturaleza animal no ver lo que pasa justo delante de nuestras narices.
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Me gusta que las paredes hablen mediante estas anotaciones torpes que van saliendo al paso y que suelen decir casi todas lo mismo. Te quiero. Te echo de menos. Vuelve a casa por Navidad. Siempre me pregunto si los tatuadores de nuestras ciudades asumen que, por estar escrito en un espacio público, el mensaje cobra así más ímpetu e importancia, que vale más y que justo por eso será más capaz de convencer al destinatario. Hacemos difícil lo fácil. Eso podríamos escribirlo también.
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Esta frase de Lena Andersson: «Igual que todo lo demás, el sentimiento amoroso se rige por los principios inamovibles de la evolución. Muta ante las tentaciones para sobrevivir a las condiciones cambiantes y, como todo ser vivo, lo que en instancia desea es persistir. Las personas quieren poder amar. Eso les resulta más importante que ser amados».
Todos nos creemos poetas cuando estamos enamorados o despechados. Qué difícil escribir en ambos casos, aunque a veces, cuando me preguntan en entrevistas o coloquios, afirmo segura que el amor está para vivirlo y el desamor para escribirlo. Entre nosotros: tampoco sé si eso es cierto. Durante la mayor parte de nuestras vidas solo hay algo de lo que estoy plenamente convencida: hacemos lo que podemos. Y cuando no podemos o no sabemos escribimos frases torpes en paredes ajenas.
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Lo dicho; que hacemos difícil lo fácil, que construimos casas en faldas de volcanes aún en erupción y luego nos sorprendemos. Buen domingo.

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Salgo de ver la película ‘El olvido que seremos’, la adaptación que ha hecho Fernando Trueba del libro homónimo de Héctor Abad Faciolince. Para contar lo mucho que me conmueve el libro siempre digo es el único con el que he llorado en mi vida.
Fue en un vuelo de Madrid a Bogotá, un verano de hace muchos años, casi diez. Yo tenía una vida que no era la que quería y un tipo del que me enamoré locamente y por casualidad, como sucede todo lo mejor, me regaló el libro. Las doce horas de vuelo me sirvieron para decidir que ‘El olvido que seremos’ iba a ser el libro de mi vida y para decidir que aquel también iba a ser lo que tan pomposamente llamamos como el amor de mi vida. Por resumirlo mal y rápido, al menos con el libro me fue muy bien y a día de hoy cito de memoria muchos pasajes y lo he regalado en incontables ocasiones.
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Ha muerto hoy J. M Caballero Bonald, un poeta que, como Joan Margarit, me ha acompañado mucho a lo largo de los años. Tengo aquí a mi lado, mientras escribo estas líneas, su obra poética completa, que se llama justamente ‘Somos el tiempo que nos queda’, tan parecido al «ya somos el olvido que seremos» de Borges del que Héctor Abad Faciolince toma el título del libro. Revisaba ahora los poemas de Caballero Bonald, con esos mis subrayados y mis anotaciones, y he recalado en un poema llamado ‘El amor es como un círculo’ y me he dicho que no se trata solo del amor: a veces tengo la sensación de que todo lo que hacemos en la vida es volver una y otra vez al punto del que partimos.
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No sé qué decir de la película de Trueba. No sé si me ha gustado. Supongo que iba a verla esperando encontrar a la chica que era yo en un avión que cruzaba el Atlántico. «Todos estamos condenados al polvo y al olvido (…). Los libros son un simulacro de recuerdo, una prótesis para recordar», así empieza el último capítulo del libro. Con las películas ocurre también, que que son herramientas, prótesis. Pero que no alcanzan a convocar a los que fuimos, porque ya estamos siendo el olvido que seremos.

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Los griegos tenían tres palabras para referirse al tiempo: Kronos, Aión y Kairós. La primera de ellas es el tiempo cronológico; es decir, la secuencia de los días, los meses, los años. Aión, sin embargo, es un dios eterno, un dios de dioses. En la mitología griega, Kairós representa un lapso de tiempo diferente al tiempo habitual, Cronos. Kairós es el momento en el que algo importante sucede, el momento oportuno para actuar. Es el dios del tiempo pero del tiempo cualitativo, del momento en que todo puede cambiar para siempre.
Terminé ayer ‘Los días perfectos’, de Jacobo Bergareche, una novela compuesta por dos cartas que un hombre escribe, una a su amante y la otra a su mujer. La terminé y pensaba que, en efecto, se puede tener más de una vida, pero no se puede estar en más de una a la vez. (Y uno solo sabe que tiene una vida cuando se asoma a otra vida que también pudo ser suya).
Pensaba asimismo en esto de los griegos, en cómo y cuándo reconocer el Kairós sin dejarse llevar por la emoción de lo nuevo.
En una de las últimas páginas el protagonista dice esto: «mejor arder que desvanecerse», y se lo dice a la rutina, a la imposibilidad de generar más días perfectos, esos días en los que uno quisiera quedarse a vivir. Me pregunto a menudo si lo que arde termina siempre reducido a cenizas o si habrá algunos que sepan convertir en fuego en esa costumbre que se mantiene a lo largo del tiempo. Habrá que seguir leyendo, y viviendo, para averiguarlo.

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Me gustó esto de Andy Warhol:
«A veces las personas dejan que el mismo problema los haga sentir miserables durante años cuando simplemente podrían haber dicho: ¿Y qué?. “Mi madre no me quiso”. Y qué. “Tengo éxito, pero estoy más solo que la una”. Y qué. No sé cómo lo hice para arreglármelas antes sin saber este pequeño truco. Me llevó mucho tiempo entenderlo, pero una vez lo hice ya nunca lo olvidé».
No sé si el “y qué” funciona para todo. Me temo que no, aunque en inglés me suena un poco más convicente: “so what”. Pero sea como fuere me parece un buen mantra: cuando la vida es distinta de la que esperabas, que es siempre, merece la pena, antes de caer en el drama, preguntarse ese sabio “y qué”, que es, creo, una rendija, la puerta abierta que permite ver esa otra historia que quizás no estaba en el guion pero ”y qué”.
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Fui a buscar una vela con forma de interrogante, que es lo que yo pensaba soplar este año porque 37 me parecen demasiados y sobre todo para decirlo por aquí. La encontré, traté de hacer una foto digna, pero no salió. Que es una manera muy mía de empezar un año.
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Todas las cosas que no están en el guion asustan, pero valen la pena. Es un tópico, pero este ha sido el resumen de mi año. Empiezo ahora otro con muchas preguntas, vaya novedad, pero también con el agradecimiento infinito hacia todos los que estáis ahí. Y recordad: y qué.

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«Debido a su soledad, un escritor trata de comunicarse como una estrella lejana mandando señales. Más bien trata de establecer una relación de sentido, de sentimiento, de observación. Somos animales solitarios, pasamos toda la vida tratando de paliar la soledad. Uno de nuestros métodos antiguos para lograrlo es contar una historia con la esperanza de que quien escucha diga –y sienta–: «Sí, es cierto, o al menos eso es también lo que yo siento. No estás tan solo como pensabas».
Estas líneas pertenecen a una entrevista a John Steinbeck incluida en el volumen ’The Paris Review, Entrevistas’ 1953-1983.

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No soy muy de días oficiales, tampoco de flores ni de aparecer en las fotos. Pero un día es un día. De niña, Sant Jordi era mi momento favorito del año. Y no por los libros ni las rosas, sino porque mi madre nos llevaba a mi hermano y a mí a Haagen-Dazs para comernos el primer helado de la temporada. Y yo siempre pedía los mismos sabores, y además topping de chocolate caliente por encima de las dos o tres bolas. Porque, como he dicho ya, un día era un día.
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En otra frase de la entrevista de Steinbeck, este afirma que «Los escritores atrapan olores y sabores como la mantequilla en un frigorífico». Y así, para mí Sant Jordi es mi hermano, pequeño aún, de la mano de mi madre, los tres en medio de la multitud bajando Rambla Catalunya yendo hacia inaugurar el verano con tres bolas, regresando a casa con los dedos pringosos, el botín de libros para estrenar, chocolate en las comisuras de los labios, la frase de mi madre «niños, las chaquetas, que ahora refresca». Olores, sabores, melodías que se quedan en la mantequilla de los días.
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Feliz día del Libro.
Feliz Sant Jordi.

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Me gusta recordar esta historia que me contaron de Alan Shepard que, además de ser astronauta, se pasó toda la vida intentando ser el primero en algo.
Shepard tenía que haber sido el primer hombre en orbitar la tierra, pero al final se le adelantó Yuri Gagarin. Y tampoco fue el primer Alan Shepard porque su padre se llamaba así, de manera que a lo largo de su existencia el bueno de Alan Shepard Jr. fue acumulando los deseos incumplidos de llegar a algo antes que nadie.
Cuando por fin pisó la luna se aseguró de pasar a la historia, así que después del paseo lunar, antes de regresar a la nave, se detuvo y sacó de un calcetín un hierro 6 plegable y dos bolas de golf. Se trataba de un palo con unas características concretas, un hierro 6 modificado para hacerlo plegable y más grueso de lo normal para que pudiera agarrarlo con los guantes de su traje espacial. Todo estaba pensado. Shepard montó el palo, puso una de las bolas en la superficie de la Luna y ejecutó un primer golpe con el que mandó la bola a un cráter.
Así, el 6 de febrero de 1971, Alan Shepard, astronauta del Apolo 14 se convirtió en la primera persona en golpear una pelota de golf en la Luna.
No sé si os habéis sentido alguna vez como Shepard, llegando siempre tarde a lo memorable. Yo todo el tiempo. Pero a veces también me esfuerzo por recordar una frase que me dijo una profesora en la infancia: en algunas materias, más que la primera, deberías asegurarte de ser la última.
Y para lograrlo, ser los primeros o los últimos, no está de más tener a mano un palo de golf plegable y hacer como Shepard para constatar eso que dice el refranero: si no te conformas es porque no quieres.

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«Puede que me equivoque, pero existe un momento en la vida, solo un momento, en que somos conscientes de que somos genios o enamorados. La cuestión es sencilla, ridícula. O una cosa u otra, imposible ambas. Y cuando ese momento llega tenemos la vaga certeza de que arrastraremos nuestra carga, sea la que fuere, hasta el final de los días. Yo superé ya el momento. Sé que nunca alcanzaré las cimas de la genialidad y, lo más abrumador, acongojante aún, sé que el momento del amor se escurrió entre mis dedos para siempre. Así, ni tengo ni espero nada».
Leí este fragmento en uno de los libros más preciosos que he leído estos últimos tiempos: ‘Amarillo’, de Félix Romeo, unas páginas que son un intento por acercarse a su amigo Chusé Izuel, pero que ahondan especialmente en la imposibilidad de recordar y de escribir libros sobre la vida que sean reales. Sobre las trampas que nos juega la memoria.
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Pronto me di cuenta de que, muy a mi pesar, tampoco yo iba a alcanzar las cimas de la genialidad, pero aquella la recuerdo como una sensación liberadora y casi placentera. Lo que me sigue aterrando, sin embargo, es cómo puede uno vivir sabiendo que ha dejado escapar a cosas y personas que se nos revelan como irremplazables una vez que el tiempo de volver a por ellas pasó ya.
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La foto es de Alcantara, en el norte de Brasil, ese verano del que recuerdo algunas cosas como haber hecho windsurf por primera y última vez en mi vida, y haber pasado una tarde entera frente a esa casa amarilla antes de coger un barco de regreso a San Luis. La casa amarilla, las trampas de la memoria, esos detalles intrascendentes que años más tarde se nos revelan como instantes reveladores.

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Cuando termina una serie que me gusta me ocurre como con las novelas: no quiero dejar ir a los personajes. Una serie proporciona la ilusión de continuidad, la sensación de que puedes acompañar a los personajes un ratito cada día mientras les ocurre algo distinto (no solo a ellos, también a ti). Terminé ayer ‘Little fires everywhere’, basada en la novela de Celeste Ng que lleva el mismo título. La empecé sin ganas y me fue conquistando poco a poco. Difícil responder a la pregunta del millón, de qué va, supongo que en ella, sin que nos demos cuenta, se va completando una especie de rompecabezas escondido que solo se revela al final. Muchos son los temas: qué es ser madre, qué se esconde tras la apariencia de la perfección, lo que pesan las renuncias, el silencio, los secretos… De entre todas me quedo con esta idea: dentro de nosotros anidan partes que nos asustan. Tememos mirarlas porque nos aterra lo que podamos encontrarnos. Pero también eso somos nosotros. Especialmente eso.
Hay un verso de Edmond Jabès que dice así «Tú existes porque yo te espero». Lo había interpretado siempre en clave romántica, pero ayer pensaba que este verso tiene que ver en realidad con todas estas partes que nos dan miedo. Cuesta mucho hablar ellas. De hecho, existimos porque nos esperan en algún lugar.
Es difícil abordarlas directamente, pero existen otras maneras de llegar hasta ellas. El arte, por ejemplo, nos las acerca, nos ayuda a nombrarlas para completar el rompecabezas. Y escribir, supongo, es una manera como otra de hacer el intento, de mirar, de tender un puente hacia eso que también somos y no queremos mirar.

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Esta historia empieza hace un año cuando un domingo triste de abril vi un documental llamado ‘Honeyland’ del que me enamoré. Contaba la vida de Hatidze Muratova, la última recolectora de abejas de la República de Macedonia del Norte y de Europa. El documental es precioso, no solo por la historia, que ocurre en un pueblito casi abandonado, Bekirlija, si no por la delicadeza con la que está contada. Sea como fuere, el personaje, entrañable, se quedó conmigo todo este tiempo y algunas veces, en mis ensoñaciones visitaba este pueblo en ruinas y me preguntaba por Hatidze, por sus abejas y sus peleas con el vecino, porque así ocurre con las buenas historias: que siguen contigo mucho después de que terminen.
Hace unos días llegamos a Skopje. En un arrebato, pensé que quizás podríamos ir a Bekirlija a hacer algunas fotos. «Pero es casi imposible llegar», me dijeron en la recepción del hotel, «no sin el coche adecuado», añadieron. Ayer, en el último momento, porque se torcieron los otros planes, decidimos salir hacia ahí solo para ver cómo era la zona. Y llegamos al último pueblo antes de adentrarnos en las inmediaciones deshabitadas de Bekirlija. Preguntando por nuestra recolectora, un niño nos llevó a una casa. En el patio vimos a gente sentada sobre taburetes tomando un café y ahí estaba ella, con un jersey lila, rodeada de toda aquella gente que era, como luego supimos, parte del equipo de la película.
Sin saber muy bien qué decir –el momento fan nunca ha sido lo mío–, me acerqué. Y después todo ya es otra historia que no me cabe aquí, pero resumiendo: fuimos con ellos y Hatizde a Bekirlija, a 20 kilómetros de ahí. De camino, con nuestra recolectora de copiloto, tuvimos que parar porque se nos cruzó una serpiente por delante del coche. «Es señal de buena suerte. Algo bueno ocurrirá», dijo Hatidze. Como no hablo macedonio no le pude decir que la suerte era ella, estar ahí, y que las casualidades no sé si existen. O no tanto como nos creemos. Y después nos hicimos esta foto frente a su casa y me llevaré de vuelta a España, dentro de la maleta, dos tarros enormes de miel de la última recolectora de abejas de Macedonia del Norte.

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Prohibido tocar música. Y yo me dije:
¿Seguro?
Pensé, así a bote pronto, en empezar a hacerlo. Ahí, en medio de la plaza, al lado del cartel. Atreverme con ‘The greatest’ de Cat Power, aunque pensé que hubiera desafinado. O quizás con ‘If you need to, keep time on me’, de Fleet Foxes.
Pronto me dije que ya suficiente melancólicos estábamos como para echar más leña al fuego así que me vine arriba. Me puse con Elton John, con Barbra Streisand y la plaza se llenó de gente y un vecino me trajo un micrófono y en la plaza de repente no cabía ni un alfiler. Desapareció el covid, se marchó, y así, ya sin mascarillas ni nada, empecé con los clásicos de mi vida. Tenía, de repente, un grupo de músicos improvisados a mi alrededor, y sonaron, claro, las guitarras de ‘Summer of 69’ y yo volví a ese porche de mi adolescencia y pregunté al público a ver si les apetecía un poco de Goo goo dolls, pero terminamos decantándonos por todo el repertorio de Calamaro –‘Y todo lo demás también’ o ‘Me arde’–. La gente empezó a bailar y claro, supe lo que era la fama por primera vez y todos bailamos encadenando canciones, también de Albano y de Rocío Jurado y, como decía, el covid se había ido, de manera que no había toque de queda y Barcelona estaba abierta, todos los bares sin restricciones. Yo decidí dejar la literatura para empezar a cantar y a bailar porque clausuramos la noche con un poco de kizomba angoleña –De Alma na Paixão– que yo, de repente, me puse a bailar porque por fin sabía hacerlo después de haberlo deseado durante tanto tiempo. Total que al día siguiente, la ciudad despertó feliz, con agujetas, quitamos de la plaza el cartel de prohibido tocar música e inauguramos por fin unos días nuevos.
En ‘El cuento de nunca acabar’, Carmen Martín Gaite habla de que en el colegio había dos tipos de ejercicios de escritura: la redacción y la invención. La redacción era algo pegado a la realidad, a lo que hiciste, por ejemplo, el fin de semana. La invención podía ser cualquier cosa: un sueño, una carta a un amigo que ya no está, memorias de un verano que no existió o incluso un fantasioso relato inventado al hilo de un cartel que prohíbe la música en una plaza del gótico de Barcelona.

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Una anécdota.
El año pasado, antes de que cerraran el mundo a cal y canto, regresé de un viaje de trabajo en Sierra Leona. Al poco de llegar aquí me empecé a encontrar mal. Muy mal. Ardor de estómago, mareos, apatía, nauseas. Empezó mi periplo por diversos médicos y pasé varios domingos de urgencias. Nadie sabía decirme de qué se trataba: me cambiaron la dieta dos veces, me recetaron un sinfín de medicamentos con miles de efectos secundarios, me hicieron otros tantos análisis… Con toda esta desesperación, el último domingo que fui de urgencias me recibió un médico que, al contarle todo este periplo, me dijo: «¿Vives sola?». Yo respondí que sí y me miró apenado «Es que hoy en día la gente está demasiado sola». Hizo una pausa y vi que apuntaba en un papelito el nombre de un medicamento. Y siguió: «¿te puedo hacer una recomendación? Los gatos… Los gatos hacen mucha compañía. ¿Has pensado en comprarte uno?». Después, ya fuera de la consulta, entendí su letra en la receta: además del gato me había recetado un hipnótico.
*
Una frase.
«Estaba solo, abandonado, feliz, cerca del corazón salvaje de la vida» de ‘Retrato del artista adolescente’, de James Joyce.
*
Un obituario.
Ayer, día mundial de la poesía, murió Adam Zagajewski. Me quedo con los versos finales de ‘Cambio’, que dicen así: «Salía a dar largos paseos,/ y deseaba tan solo una cosa:/relámpagos,/ cambios/ a ti.»
*
Otra cosa.
Después de varios meses de búsqueda un médico dio con la respuesta. Lo que me ocurría era que había cogido parásitos, muchos parásitos. Después de varias tandas más de medicamentos, esta vez acertados, se fueron.
En fin. Ha llegado la primavera, dicen. Recordad: algunas veces hay que poner en duda las recetas. Lo que no falla nunca, creo, es la poesía.

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A lo largo de mi vida he pasado por:
–Una psicóloga infantil.
–Un psicólogo para adolescentes.
–Un psiquiatra lacaniano (tardé mucho en entender qué significaba eso).
–Una terapia de integración psicocorporal.
–Una de feldenkrais.
–EMDR.
–Sistémica.
No todas ellas funcionaron pero todas ellas me llevaron a pensar en la persona que era y en la que quería ser. Más allá de mis libros, mis películas, mis momentos de ‘qué vas a hacer con el resto de tu vida’, todos estos intentos de entenderme mejor han definido mi vida.
Muchas cosas me parecen sexys en un hombre o una mujer: lo que piensa del mundo, lo que lee, su mirada, si le gusta o no el cine, cómo se relaciona con los niños (me da mucha ternura ver a gente con niños), si sabe poner límites, si se atreve, aunque solo sea de vez en cuando, a admitir vulnerabilidades y a decir la verdad. Pero una de las cosas que más sexys me parecen, entendido sexy como aquello que me cautiva, son aquellos que si han pasado por un proceso terapéutico, o por varios, lo cuentan. Me suma mucho el intento de alguien por entenderse, por analizar, por no dejarse llevar.
Si pudiera poner la escritura, y mis experiencias vitales al servicio de algo sería al servicio de la salud mental. De hecho, lo intento hacer siempre que puedo. Ayer, con lo que ocurrió en el congreso con Íñigo Errejón pensé que haría falta que todos hiciéramos esto: dar voz, visibilizar, romper el tabú de la estigmatización. Ir al psicólogo o al psiquiatra no puede ser algo de lo que hablemos en voz baja o que intentemos esconder por miedo de miradas reprobatorias. Así que desde este rincón, un deseo: ojalá todos fuéramos al psicólogo y lo contáramos.

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Algunos apuntes de martes.
–Una reflexión de Adrienne Rich sobre lo que queremos todos:
«Nadie vive en este cuarto/ sin atravesar algún tipo de crisis (…) Sin contemplar por último y tarde/ la verdadera naturaleza de la poesía. El impulso/ de conectar. El sueño de una lengua común».

–Un ruego de Leila Guerriero:
«Yo no tengo dios, pero, si lo tuviera, le pediría: sálvame.
Sálvame de pronunciar, alguna vez, las frases «porque mi libro», «según mi obra» o «como ya escribí yo en 1998».

–Un gran verdad de Kiko Llaneras:
«Querer no es poder, como sabe cualquiera que no se dedique a vender libros de autoayuda. Pero querer creer a veces es suficiente».

–Un deseo de Margaret Atwood:
«A la porra la poesía, es a ti a quien deseo:/ tu sabor, la lluvia/ en tu cuerpo, mi boca en tu piel».

–Un consejo de James Salter: «El secreto para hacer arte es sencillo: desechar todo lo que es aceptablemente bueno».

–Un recordatorio de Frank O’Hara: «En tiempos de crisis, todos debemos decidir una y otra vez a quién queremos».

*
Hemos vivido un año lleno de deseos y de «últimas veces».
La última vez que cogí un avión. La última vez que nos fuimos juntas. La última vez que vi a mi abuela. Que te llamé y te dije: cojo un ave y voy. La última vez que me ilusioné con un viaje. Que cerramos el bar. Que me convenciste para lo del baile africano. La última vez que dije «improvisemos».
Empieza a hacer un año de casi todo.
Solo espero que pronto podamos empezar a hablar con tímida ilusión de las otras, de las primeras veces. Y no sé si querer creer es suficiente, pero por algo habrá que empezar, ¿no? Al menos por desearlo.

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Pensaba en ese viejo juego de cartas, el siete y medio. El funcionamiento es aparentemente básico: cada jugador desarrolla una estrategia para obtener siete puntos y medio, o acercarse a ello lo más posible. Pero sin pasarse porque si te pasas, pierdes. El primer paso para empezar el juego es la elección de la banca, figura que debe repartir una carta tapada a cada jugador, incluso a ella misma. Cada jugador podrá pedir a la banca una carta más las veces que desee y cuando considere que ya no quiere más, se lo comunicará para pasar su turno. «Paso», dirá. Eso se llama plantarse y todo es cuestión, parece, de saber hacerlo en el momento adecuado. Pero, ¿cuál es el valor óptimo para plantarse?
*
Por otro lado, vimos ese documental sobre librerías y coleccionistas de libros raros, ‘The Booksellers’. Y a pesar de que se me hizo largo y aburrido, en él se abordaba aquello que, en mayor o menor medida, define la vida de todos: la búsqueda. Antes de la llegada de internet lo que más les interesaba a estos coleccionistas era la búsqueda en sí. El largo camino hasta conseguir algo valioso que se nos resiste. Ahora, sin embargo, es tan fácil como googlearlo. Lo que marca la diferencia, lo que hace que recordemos algo es, a menudo, ese deseo largamente mantenido durante un tiempo. La historia que precede al encuentro.
*
Y la foto podía haber ilustrado un libro de relatos llamado ‘Piscinas vacías’ que trata, supongo, de buscar, pero también de no decir «paso» cuando es aún pronto ni de hacerlo, dios nos libre, cuando es irremediablemente tarde.
Porque podemos plantarnos con un cuatro pensando que es lo más cerca que estaremos del siete y medio. La pregunta es si es posible vivir toda la vida con eso, sin saber si pidiendo otra carta te hubieras acercado un poco más.

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Pensaba en ese viejo juego de cartas, el siete y medio. El funcionamiento es aparentemente básico: cada jugador desarrolla una estrategia para obtener siete puntos y medio, o acercarse a ello lo más posible. Pero sin pasarse porque si te pasas, pierdes. El primer paso para empezar el juego es la elección de la banca, figura que debe repartir una carta tapada a cada jugador, incluso a ella misma. Cada jugador podrá pedir a la banca una carta más las veces que desee y cuando considere que ya no quiere más, se lo comunicará para pasar su turno. «Paso», dirá. Eso se llama plantarse y todo es cuestión, parece, de saber hacerlo en el momento adecuado. Pero, ¿cuál es el valor óptimo para plantarse?
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Por otro lado, vimos ese documental sobre librerías y coleccionistas de libros raros, ‘The Booksellers’. Y a pesar de que se me hizo largo y aburrido, en él se abordaba aquello que, en mayor o menor medida, define la vida de todos: la búsqueda. Antes de la llegada de internet lo que más les interesaba a estos coleccionistas era la búsqueda en sí. El largo camino hasta conseguir algo valioso que se nos resiste. Ahora, sin embargo, es tan fácil como googlearlo. Lo que marca la diferencia, lo que hace que recordemos algo es, a menudo, ese deseo largamente mantenido durante un tiempo. La historia que precede al encuentro.
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Y la foto podía haber ilustrado un libro de relatos llamado ‘Piscinas vacías’ que trata, supongo, de buscar, pero también de no decir «paso» cuando es aún pronto ni de hacerlo, dios nos libre, cuando es irremediablemente tarde.
Porque podemos plantarnos con un cuatro pensando que es lo más cerca que estaremos del siete y medio. La pregunta es si es posible vivir toda la vida con eso, sin saber si pidiendo otra carta te hubieras acercado un poco más.

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Lo que me gusta de las comedias románticas es que terminan siempre igual (y que ocurra lo esperado es algo que valoro mucho, sobre todo en estos tiempos). La escena es siempre parecida: todo parece abocado a la catástrofe hasta que ocurre un giro inesperado. El detalle que más me gusta es la meteorología: de repente llueve mucho, aunque en toda la película haya hecho sol. Quizás incluso nieva, como en el final de ‘Bridget Jone’s diary’, que volví a ver ayer. En esas condiciones meteorológicas adversas los protagonistas por fin se encuentran. Se besan. Y son esos besos tan de Hollywood –me acerco, me alejo, ahora parece que voy a decir algo, alguien nos interrumpe– hasta que zas, ocurre. La lluvia –o la nieve, el vendaval, los rayos– continúa y a nadie se le ocurre ponerse a resguardo bajo un mísero toldo porque así es el amor en Hollywood: disparatado e inverosímil.
*
Me gustó una viñeta de Monstruo Espagueti en la que un chico le preguntaba a la chica: «¿tú has hecho alguna locura por amor?». La chica respondía: «Pues locura no sé, pero el ridículo todas y cada una de las veces». Me reconforta pensar que en ese barco estamos muchos y que madurar debe de ser también eso: aceptar los ridículos con aplomo, con cierta dignidad.
*
Otra cosa que quería contar es que en ‘Bridget Jone’s diary’, Bridget tiene 32 años y es considerada una solterona a la que se le ha pasado el arroz. Vaya. Cuando la vi por primera vez, en 2001, pensé que era, efectivamente, mayor. Cuando la volví a ver, ayer, me pareció poco más que una adolescente. Qué poco recordaba lo que ocurría en la película y eso me hizo pensar que en la vida, incluso en las comedias románticas, no recuerdas lo que pasó. Recuerdas lo que tú querías que pasara.

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A veces, cuando las cosas van no-tan-bien (o sea, mal), pienso en Nora Ephron y querría llamarla. Decirle: ¿puedo ir a verte? (entonces imagino un mundo sin covid y cojo un avión a Nueva York y una Nora Ephron que creo conocer de toda la vida me invita a cenar a su casa y cocina patatas fritas). Pero la ensoñación termina pronto y recuerdo que murió hace años y lo de los hologramas para resucitar a la gente no termina de convencerme. Por eso no me queda otra opción, cuando las cosas van no-tan-bien, que volver a este extracto de su discurso de graduación en el Wellesley College, institución para chicas en la que ella había estudiado. Ephron dijo unas cuantas verdades y urgía a las que se estaban graduando ese día a no armarse con excusas, sino a tomar acción; a utilizar la educación recibida como su mejor arma para ser las heroínas de sus vidas. Este término, el de «heroína de tu vida», me produce sarpullido, pero más allá del repelús, entiendo que Ephron básicamente apunta a esa gran verdad: a que si te equivocas que sea porque así lo has decidido de tú y no los demás. De todas maneras, como decía, cuando las cosas van no-tan-bien, vuelvo a un párrafo, mi parte favorita del discurso, que os copio abajo. No he encontrado traducción al español pero aquí una mía, seguro que torpe e inexacta, pero por si os sirve a alguno:

«¿Qué vas a hacer? Todo, supongo. Será un poco desordenado, pero acepta el desorden. Será complicado, pero abraza las complicaciones. Probablemente no se parezca en nada a cómo ahora crees que será, pero las sorpresas son buenas. Y no te asustes: siempre puedes cambiar de opinión. Lo sé: he tenido cuatro carreras y tres maridos. Y hay algo más que quiero decirte, una de las miles de cosas que no sabía cuando estaba aquí sentada hace tantos años es que no vas a ser tú, fija e inmutablemente tú para siempre».
*
Quiero decir: acordaos de Nora, sabía de lo que hablaba. Tres maridos y cuatro carreras son un buen aval para entender que vamos cambiando de opinión, tomando otras formas y otras vidas. Lo que nos define en un momento no tiene por qué hacerlo veinte años después.

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A veces vuelvo a aquel juego de infancia, el veo-veo. Me acuerdo de ir aburrida en la parte de atrás del coche, en un atasco infernal, y de empezar con las pesquisas. Siempre llegaba el momento en que desesperada, ya sin saber qué más preguntar, imploraba a punto de rendirme: «A ver por qué letra empieza». Y luego, «Y por qué letra sigue». Hasta que alguien, mi madre solía ser, exclamaba desde el asiento del copiloto: «Eso ya no se vale». Ahí terminaba el juego y yo seguía tratando de adivinar qué era aquello negro, revestido de piel, que giraba, estaba dentro del coche y empezaba por VOL. Cuando caía en la cuenta de que hablábamos de un “Volante”, ya había perdido el juego, claro, además de haber gastado todas mis pistas.

*
Hablaba con una amiga el otro día y me decía que estos últimos meses se había visto inexplicablemente revisitando fantasmas del pasado. Me hablaba de ese email a un ex enterrado una década atrás, de otro a una amiga perdida de la infancia o de un chat con aquellos chicos de su primer trabajo que eran tan majos. Se lamentaba de sentir aquella nostalgia repentina por cosas ya desaparecidas. Entonces, cuando colgamos, pensé que quizás se debiera a que como el presente se ha convertido en un tiempo incierto y casi agónico, como del futuro no sabemos apenas nada desde hace un año, lo que al final ha terminado por ofrecernos más garantías es el pasado. Solo que el pasado es un circuito cerrado. Invocarlo desde el presente es como aquella fantasía de viajar en el tiempo: fascinante para una película, decepcionante en la realidad.
*
Conviene recordar que lo que ya no te gustaba en un momento de tu vida probablemente te siga sin convencer diez años después.
*
Vi ayer este almendro florido y pensé de nuevo en pedirle al futuro que me dijera al menos la letra por la que empezaba. Supongo que nombrar es sacar los asuntos del caos, del no ser, pero hace casi un año que nadie sabe. Por el momento, parece que pronto llega la primavera y esa lógica antigua, la de las estaciones, me tranquiliza. Por fin hay algo que sucede como estaba previsto. No me digáis que no es un alivio.

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No sé cuántas veces habré leído ‘Léxico familiar’, de Natalia Ginzburg. Muchas. Y siempre me detengo en un mismo párrafo que habla de lo que es equivocarse de verdad: «Pavese cometía los errores más graves que los nuestros, porque los nuestros se debían a la impulsividad, a la imprudencia, a la estupidez y al candor. En cambio, los suyos nacían de la prudencia, de la sagacidad, del cálculo y de la inteligencia. No hay nada más peligroso que esa clase de errores. Pueden ser mortales, como lo fueron para él, porque de los caminos en que uno se equivoca por sagacidad es difícil regresar». Recuerdo que también yo, durante muchos años, me empeñé en una historia absurda sobre la que había pensado mucho, demasiado. Hasta que un buen día, alguien me dijo: deja de buscar las llaves, Laura, inventa otra puerta.
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Ayer, el revisor del ave, pasado Zaragoza, anunció por megafonía: «Me gustaría recordarles a los pasajeros que está prohibido fumar a bordo del tren. Se lo digo en especial al pasajero del coche número cinco que acaba de hacerlo en el baño». Nos miramos todos los del coche cinco buscando indicios de la fechoría. Se oyeron risitas hasta que una señora de la primera fila dijo: «¿Y cómo sabe este que no era alguien de otro coche que ha venido hasta aquí para disimular?». Alguien soltó una carcajada y pensé: qué nuestro que es esto de echar pelotas fuera.
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A lo largo del trayecto a Barcelona leí ‘Las gratitudes’, de Delphine de Vigan, y me gustó el tema pero no el libro. A veces siento que determinados libros se quedan a medias, como en un borrador. Pero lo que me gustó es esa idea, la de dar las gracias de verdad a las personas que cambian nuestras vidas. Me hizo pensar en eso que escribió Anne Frank, que los muertos reciben más flores que los vivos porque el arrepentimiento es más fuerte que la gratitud. Y relacionándolo con Pavese y con las llaves que no abren puertas, creo que uno de esos errores que uno puede cometer por sagacidad es el de vivir la vida agarrado a ese flotador insípido, el del arrepentimiento.
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Buen domingo. Leed siempre, si podéis, a Natalia Ginzburg y a Cesare Pavese. Y si la llave no entra en la cerradura… no es la llave, es la puerta.

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Volvía ayer andando a casa y lloviznaba. Era tarde y había caído sobre la ciudad esa luz que precede a los días lluviosos (hoy). Me equivoqué de calle y no sé cómo terminé en un lugar en el que nunca había estado. Me detuve casi emocionada: me había perdido en mi propia ciudad. Nada de lo que me rodeaba, ni las calles ni las elegantes fincas, ni aquel jardín tan cuidado, me sonaba lo más mínimo. A través de los auriculares sonaba Leif Vollebekk. Azarosamente, me había perdido.
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Un amigo me pidió que le contara lo más loco que había hecho por amor para un reportaje sobre San Valentín. Le conté esto: durante tres años escribí una novela para volver con un tipo del que llevaba años enamorada. No me atrevía a dar el paso de llamar y simplemente decir «te echo de menos», que era lo que tenía que haber hecho, de manera que escribí 350 páginas para decírselo de otra forma. Con lo fácil que hubiera sido una llamada… pues no. Me enredé en un una carta de amor que me sirvió también para mantener viva esa relación (las palabras sirven, creo, para estrechar, para acercar, para agarrar). Pero luego, obviamente, el tipo no leyó la novela y tuve que acabar cogiendo el teléfono y, como dice aquella canción tan cursi de Stevie Wonder, pronunciar un «I just called to say I love you».
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Pensaba ayer, de vuelta a casa, en cómo nos enredamos a veces con las cosas que son tan fáciles como coger el teléfono o decir una frase. Lo pensaba en aquella plaza, perdida en mi propia ciudad. Sé poco del amor, pero me recuerda un poco a esa sensación tan plácida de estar perdida en un lugar aparentemente conocido pero que no conoces. A dejarse ir, sin demasiadas referencias para ver hasta dónde llegas. Bajé un par de calles más y encontré el camino a casa. Tarareaba aquella canción de Soleá Morente, ‘Todavía’, que dice esto tan fácil: «Todavía tengo tiempo, todavía». Y un spoiler de mi historia con aquel viejo amor es que nuestra historia fracasó pero la novela, sin embargo, salió bien.
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Feliz San Valentín a los que lo celebréis. Y un consejo: si queréis decir algo no escribáis una novela. Vale con un mensaje o una llamada. Y a los que no celebráis San Valentín…poneos a Soleá Morente.

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