Teniendo cuenta que: –El lunes me respondieron de un proyecto muy bonito en el que había participado. Me escribió el director para decirme que, pese a que el texto que les había presentado le parecía EL MEJOR –lo puso así, en mayúsculas–, al final «ya sabes cómo va esto, nos hemos decantado por alguien más mediático». Vaya. –El martes fui por primera vez al gimnasio después de tres meses y, además de alucinar con las mamparas entre las cintas de correr, un entrenador personal muy sonriente se me acercó para decirme: «¿te puedo dar un consejo». Y yo respondí para mis adentros: «¿no?». Pero no dije nada. De manera que, mirándome a los brazos, se lanzó: «Puedo prepararte una rutina para que ganes peso y masa muscular. Es que estás un poco…». ¿Vosotros le habíais pedido una opinión? –El miércoles colgué una foto en stories de un libro que me había gustado y me escribió alguien a quien no conocía de nada. Decía «¿por qué no dejas de colgar cosas de libros y subes fotos de tu cara?» Teniendo en cuenta todo esto, llegué ayer, al jueves, como pude, derrapando, de lado, como en aquel fragmento tan manido, pero tan cierto de Hunter S. Thompson sobre la vida que termina diciendo: «vaya viajecito». Antes de salir a cenar, me llegó, a través del patio, esa canción, ‘She’, que siempre me reconcilia con el mundo y sus despropósitos. Procedía del piso de abajo, del chico al que el otro día le inundé el salón gracias a mi aire acondicionado. Se trataba de la versión original, la de Charles Aznavour, y sé que es cursi, pero me gana siempre y por goleada el acento de Aznavour, esas ‘t’ finales que arrastra, como en ‘regret’, esa palabra en la que parece que se vaya a quedar a vivir, y la música me acompañó por Paseo de Gràcia hasta que llegué a la cena y me olvidé del lunes, del martes, del miércoles.

Siempre aparece un vecino majo, una amiga que te lleva a cenar o el propio Aznavour para animarte el viajecito que son algunas semanas. Eso sí, para empezar bien la próxima semana, acordaos de ser muy mediáticos y no colguéis fotos de libros. Mejor de la cara, o del cuerpo, después de cualquier entrenamiento que no hayáis pedido.

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Hablábamos antes de los deseos que uno tiene y que nunca llegan a materializarse. Pensaba en un sueño que tuve durante mucho tiempo y que probablemente fuera la cosa que más ilusión me hacía del mundo: ser editora. En mi cabeza tenía esa imagen distorsionada de ir a glamurosas ferias de libros, de entrar en subastas por los states de algún escritor muerto, o tomar cócteles hasta altas horas de la madrugada con algún poeta interesante al que yo hubiera contratado. Pero lo cierto es que no me gusta ir a fiestas multitudinarias, que me agobiaría entrar en una subasta y que casi no bebo, de manera que ninguna de estas cosas se ajustaba demasiado a mí.

Empecé a trabajar en una editorial, pronto hubo una vacante y me la ofrecieron –en la vacante iban implícitas las ferias y los cócteles, incluso una prometedora carrera– y fui la persona más feliz del mundo. Al final, cuando era cuestión de firmar el contrato, me reuní con la directora de todas las directoras, me sentó en una butaca y me dijo: “Algún día, que no es hoy, lo entenderás, pero no puedo darte ese puesto. No es para ti”

Me pasé días llorando con amargura. Me quedé sin trabajo porque se terminaba mi contrato y volví a empezar. Lo cierto es que detesté a esa mujer durante años –ella me había robado un sueño, o así de dramático lo viví yo–, pero antes, mientras comíamos y hablábamos de todos estos asuntos del tiempo y la perspectiva, me di cuenta de la razón que tuvo. Sé que un día le daré las gracias.

A veces sigo pensando en todas esas vidas que no vivimos. En las personas que quisimos ser y se quedaron –afortunadamente– por el camino. Puestos a fantasear, me gusta también pensar en títulos para esa potencial autobiografía que escribiré cuando sea mayor y canosa, como la viejecita del poema de W.B. Yeats. El de la foto es mi título favorito: ‘Well, that didn’t work’ que puede resumir gran parte de mi vida y que traduciría como ‘Bueno, al final no funcionó’. Muchas de las cosas que no funcionan en un momento determinado, terminan haciéndolo muchos años después. Hace falta, claro, la perspectiva. Hace falta hacerse mayor, lo cual es un fastidio en muchos aspectos, pero un alivio en muchos otros.

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Cuenta Rebecca Solnit que una historia de amor es también un caparazón, un hogar. Durante un tiempo, las relaciones son para siempre y a veces incluso la promesa se cumple, pero en otras ocasiones, estas se desmoronan sin razón aparente porque una relación es una historia que construyes junto a alguien y en cuyo interior te instalas. Es como una casa. Y te adaptas a la falta de luz, o a esas ventanas demasiado estrechas, pero la mantienes porque ves el mar desde el balcón, porque te enamora la enredadera, el insondable azul de los azulejos de la piscina, o por esa buganvilla sin la cual crees que no podrías vivir. Es difícil, cuando miras la buganvilla, o te pierdes en el azul de la piscina, imaginar que un día puedas volver a vivir en otra casa. Pero hay idilios que no están hechos para que duren para siempre y un día cambias el azul de la piscina, que de repente no te parece tan importante, por la luz que tanto has echado de menos.
*
Hoy, en clase, alguien hablaba de la vejez. El profesor decía que la vejez es, en realidad, acostumbrarse a la falta de movimiento y por eso, desde la clase he vuelto al ensayo de Solnit –al cambio, a moverse, a cambiar de casa– y a ese animalillo tan graciosos: el cangrejo ermitaño. Casi todos los cangrejos llevan su caparazón, su concha. Como las tortugas. Y eso parece definitivo, algo así como una casa para siempre. Uno pensaría que es mejor así, pero existen otras maneras de vivir, como la del cangrejo ermitaño. A pesar de ser un crustáceo tiene un abdomen sin exoesqueleto, es decir, blando. Por ello es muy vulnerable ante los depredadores y esto lo obliga a buscar refugio y defensa en las conchas vacías de los moluscos. Cuando encuentra una, introduce su cuerpo de tal manera que pueda retraerse en ella y sostenerla con la parte superior de su cuerpo al caminar. Al crecer, el cangrejo abandona la concha y busca otra más grande. No me digáis que no somos un poco como los cangrejos. Que crecemos, nos movemos, que cambiamos enredaderas por luz, que el movimiento es a veces dolor, pero es la única manera de avanzar.

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La historia es la siguiente, pero hasta hoy la había olvidado.
Antes de casarse, mis abuelos se compraron el pisito en el que vivieron toda su vida. Un día lo fueron a ver acompañados por el hermano de mi abuela y los tres, desde ese salón pequeño en el que luego creceríamos todos, admiraron, supongo, las vistas de esa Barcelona aún a medio hacer. En un momento dado, mi abuela se fue al lavadero y mi abuelo se quedó, frente al ventanal, con su futuro cuñado. Imagino que hablarían de la distribución del piso, de si la pared de la cocina o el tabique del salón. Y entonces, de repente, alguien empezó a cantar. Era una voz estridente, desafinada, lo contrario al adjetivo «melodioso». Era un intento muy desafortunado de entonar un bolero. Con fastidio, mi abuelo sentenció: «Qué mala suerte, mira que hay vecinas en el mundo y nos ha tocado esta». Mi tío lo miró, muerto de la risa, pero mi abuelo al principio no le veía la gracia. Hasta que entonces lo entendió.
La voz, claro, no era de la vecina sino de su prometida, mi abuela, que apareció de vuelta en el salón, despreocupada y feliz, mientras seguía entonando el estribillo de ‘Aquellos ojos verdes’, la irreconocible canción del pobre Nat King Cole.

En casa, tengo una taza muy cursi pero muy querida en la que se lee ‘Princess, y todos los días me tomo el café en su honor porque así es como llamábamos –un poco en broma, pero un poco en serio– a la chica de aquellos ojos verdes que hoy hubiera cumplido 89. Feliz cumpleaños y que suene siempre Nat King Cole, aunque sea desafinando.

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Pensaba, por ejemplo, que estos meses no había leído suficiente, o mejor dicho, nada en absoluto. Que había empezado la friolera de dieciséis libros y que ahí estaban, apilados bajo la mesita de noche. Que tampoco había visto aquella película de José Luis Guerin, ‘Tren de sombras’ ni la de Agnes Jaoui que no había sabido encontrar por ningún lugar. Además, había dejado un capítulo a medias de un ensayo que no terminaría, no había llamado a mi amigo T. en todos aquellos días, tampoco había aprendido a cocinar cuando finalmente había tenido el tiempo para ello y, obviamente, ni rastro de aquel sueño de apuntarse a sánscrito. Que, para variar, no había hecho demasiados esfuerzos por pertenecer al club de la gente altamente productiva que se levanta muy pronto, que, en realidad, siendo honesta, quizás había llegado el momento de aceptar que pertenecía al grupo de «a partir de las ocho y media, gracias». Pensaba en todo esto el sábado, que me levanté temprano -por una vez- para hacer una clase de yoga aquí, frente al mar, cosa que me recordó que tampoco me había apuntado a clases de danza contemporánea. Y la lista sigue ad infinitum.

Dos cosas más tengo que decir. Una: si leéis ‘Despojos’, de Rachel Cusk, os encontraréis una frase que cuenta una mentira. Dice así: «El dolor no es amor, pero es como el amor». Pero el dolor tampoco es como el amor, o no debería.
Dos: Lo último que quiero decir tiene que ver con los árboles. Cuando llega el otoño, los árboles se desprenden de las hojas para ahorrar energía. Cuando me enzarzo en esta infinita lista de todo lo que no he hecho y podría haber hecho, pienso en la sabiduría de lograr desprenderse a tiempo de las batallas adecuadas. No es tan difícil, o no tanto. Bastaría con acordarse de lo que hacen los árboles, de las hojas que cubren el suelo que son los libros debajo de la mesita, las decisiones que finalmente no tomamos, todo aquello que ya no será para que así pueda ser otra cosa. Y en serio: no os dejéis engañar por Rachel Cusk.

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Nunca llegué a hablar euskera, pero una de mis palabras favoritas es «maiatza». Quiere decir «mayo» y es un poema de Kirmen Uribe al que puso música Mikel Urdangarin. La canción de Mikel es una de las más tristes y preciosas que he escuchado y no es apta para cualquier día. Quiero decir que uno tiene que disponer del ánimo adecuado. Me la aprendí años atrás y hoy en día la sigo cantando como si supiera, en realidad, traducir todos esos versos de los que conozco el significado por su versión al castellano. Sé, por ejemplo, que hay un par de líneas que dicen: «Ven y hablaremos de las cosas de siempre/ De la necesidad de arreglárselas con las dudas». Volví a mayo, al mes, a la canción y al poema, ayer, mientras veía una película, ‘Loreak’, que siempre había ido posponiendo por alguna extraña razón. Loreak significa flores y la película va de eso mismo, de esperar flores, de ponerlas en un jarrón en agua, de ver cómo se marchitan, y a pesar de eso, de saber que van a acabar en el contenedor, de tratar de alargarles los días. En un momento dado, uno de los protagonistas le explica a Ane, otro de los personajes principales, qué es lo que tiene que hacer para mantener las flores vivas durante más tiempo. Ella le cuenta que les cambia el agua todos los días, que incluso les pone una aspirina, y él, mientras le señala los tallos, añade: «y si les cortas un trozo mejor. Es como si les hicieras una herida, y por ahí absorben el agua. Pero con el tiempo, la herida cicatriza y ya no puede absorber más». Le cuenta entonces, que cuando los tallos se ponen oscuros, llega el momento de volver a hacer otro corte: «Entonces hay que mantener la herida abierta», concluye ella. «Si quieres que dure más, sí». A raíz de esta conversación me pregunté si no es eso lo que hacemos todos. Respirar por la herida, ir rebajando los tallos para seguir viviendo un poquito más a través de ese corte necesario hasta que quizás un día cicatriza.
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Es difícil rectificar en vidrio, acuarela y amor. Lo dice Gloria Fuertes y lo constatan las paredes de cualquier ciudad. Por mucho que le des otra capa de pintura, uno siembre sabe que debajo había otra cosa. La pintura aún ofrece esa salvedad del disimulo. Pero difícil con la acuarela o el vidrio, aunque, una vez seco, siempre puedes romperlo. Pero romper algo no es manera de rectificar, ¿verdad? En el amor, el tema se pone aún más espinoso. ¿Existen maneras de no-decir lo ya dicho?, ¿de no-hacer lo ha hecho? Seguro que la física cuántica sabría darme una explicación convincente.

Me inquietan estos días y, en especial, algunos términos. Desescalada, fase, nueva normalidad. Ayer, que era festivo aquí, me fui andar hasta la otra punta de la ciudad. En la notas del móvil tenía apuntados estos versos de ‘Apagón’, de Miguel Yuste: Un recordatorio para cuando lleguen los momentos de tristeza: al igual que durante los cortes de luz, es recomendable salir a comprobar
si solo somos nosotros o es en todo el barrio.

Ayer pensaba también esto, en que a veces todo parece perfectamente normal, pero bajo la capa de pintura, aún húmeda, se aprecia lo que había debajo. ¿Existen maneras de que no ocurra lo que ya ha ocurrido? De manera que siguiendo el consejo del poema, llevo días saliendo al rellano a comprobar si son también los vecinos, si es el barrio o si es culpa de la nueva normalidad. O si simplemente todo podría explicármelo la física cuántica si yo solo entendiera alguno de sus enunciados.

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«Lo que una vez fue grande, ya se volvió pequeño». Y son versos de Czeslaw Milosz que se refieren, creo, a la vida. O al futuro. Y a pesar de que por la mañana hacía el sol de la fotografía, por la tarde empezó a llover tanto que, de vuelta a casa me pilló la lluvia y, para resguardarme, entré en una tienda de deporte. Hice tiempo entre zapatillas coloridas, esterillas antideslizantes, bastones plegables y pulsómetros. Le señalé al vendedor dos esterillas aparentemente iguales y le pregunté por qué una valía el doble que la otra: «Es que esta es ya para toda la vida». Me compré, sin duda, la que era para toda la vida, esa justificación para todo lo que es caro, y cuando dejó de llover volví a casa cargándola en una sofisticada bolsa que venía en el pack. Pensaba en la cantidad de veces que decimos eso, para toda la vida, en esa ilusión de que las cosas duren para siempre. Incluso más que nosotros.
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Me hizo gracia aquello que escribió un amigo en twitter esta semana: «Una cosa que siempre me pareció un poco antinatura es que mis padres sean más guapos que mi hermana y yo». Me reí para mis adentros. A mí me ocurría lo mismo, lo que pasa es que mi hermano era también más guapo que yo. Solo tres años tenía cuando el precioso querubín fue escogido para ser el niño Jesús del pesebre viviente del colegio. Yo llevaba años pidiendo salir y no me habían dado ni un mísero papel de pastor. Ya no digamos el del ángel o el de la propia virgen, que es el papel que sospecho que yo habría deseado de verdad. ¿Lo peor de todo? Mi hermano se negó rotundamente a ser el niño Jesús. Nos enteramos años después, cuando ya era irremediablemente tarde para que yo pudiera utilizar el parentesco que nos unía para chantajear a los profesores y decir que como mi hermano no quería, yo sería el niño Jesús, aunque tuviera 9 años. Total, tampoco era tan alta.
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Es una calle cerca de casa. Al lado de «create your future», hay otra puerta en la que se lee «Now is the moment». Muchos diréis que son frases de libro de autoayuda, pero a mí no me va nada mal darme un paseíto por la calle de vez en cuando. Porque además, a la vuelta de la esquina, hay otra puerta en la que se lee: «Attitude».

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Se llama ‘Teoría general del olvido’, del escritor angoleño José Eduardo Agualusa, y es un título que siempre me ha hecho pensar en la posibilidad remota de que exista algo parecido a eso: unas leyes más o menos estables que determinan y ponen fecha a la caducidad de los recuerdos. Una teoría para olvidar. La memoria es selectiva, eso ya lo sabemos, pero no es tan selectiva como nos gustaría. Hasta donde yo sé, no podemos hacer nada para olvidar lo que no queremos recordar.

Leí un artículo de Joan Juliet Buck, ex directora de Vogue en Francia, actriz, escritora y mil cosas más. Era algo parecido a “Consejos que le darías a tu yo de 26 años”. Previsible, pensé. Pero el artículo me gustó, y lo que decía ella, más. Apunté: «Deja que tu energía se dirija hacia lo que deseas, no hacia lo que temes. Es más fácil andar cuando dejas de dispararte a los pies». Que suena muy de autoayuda, pero si en vez de estar pensando lo que no queremos que ocurra pensamos en lo contrario, ¿verdad?
Dicen que no hay nada más poderoso que la alegría, que es un estado contagioso y todas esas cosas. Pero a mí, lo que verdaderamente me parece paralizador –y contagioso– es el miedo.
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Fui a casa de mi abuela e hice fotos de lo que quedaba. Que era luz, crucigramas, vasos duralex, el sofa rojo, estampados de colcha pasados de moda y esa máquina de coser mítica, la Singer. Y también una cajita de música de color azul que, contra todo pronóstico, sigue sonando. Sí que podemos hacer cosas para recordar lo que no queremos olvidar. Escribirlas, por ejemplo.
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Fase 1, bienvenida seas. Menos miedo y más Joan Juliet Buck. Menos teorías para el olvido, pero más para recordar.
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Una de las historias que más terror me inspiraba en la infancia, además de las fechorías de Freddy Krueger, era la del accidente de avión en la cordillera de los Andes. Ayer, por casualidad, di con una conferencia en la que Carlos Páez, uno de los supervivientes, contaba algo muy interesante que vale no solo en los Andes si no en la vida en general. Lo que ocurrió en 1972 es ya sabido por todos: que el avión cayó en los Andes y los supervivientes tuvieron que permanecer ahí 70 largos días con sus noches. Carlos Páez cuenta que, un día, un tal Gustavo Nicolich, el encargado de escuchar la radio para ver qué decían de la búsqueda de su avión, le dijo a Carlos: “Carlitos, tengo una buena noticia para darte. Acabo de escuchar en una radio chilena que dieron por finalizada nuestra búsqueda y que van a ir a buscar nuestros restos en febrero, cuando venga el deshielo”. El pobre Carlos se quedó alucinado. ¿Qué narices decía aquel loco? Sin embargo ahora, 47 años después, entendía por fin por qué había supuesto una buena noticia: en aquel preciso instante dejaron de sobrevivir para empezar a vivir. Superviviente es aquel que esta esperando que lo vengan a buscar. ¿Qué tipo de vida cabe esperar de alguien que únicamente pretende ser rescatado?
La foto no es de los Andes ni tiene nada que ver. La recuperé el otro día mientras abría cajas de fotos y postales que llevaban en el mismo sitio desde hace más de treinta años. Soy yo, con cuatro años, la vez que me llevaron a conocer a mis primos de Alicante. El trayecto en coche de Barcelona hasta Alicante es uno de mis recuerdos más antiguos. Llegando, ya de noche, vi aparecer a lo lejos, las luces de la ciudad. Le dije a mi madre “esas luces son tan bonitas que me dan ganas de llorar”. A cursi no me gana nadie, pero a lo largo de los años ha permanecido en mí esa sensación: la de que hay cosas en la vida que existen, y nos hacen existir, más allá de lo inmediato. Es esa vida de la que habla Carlos Páez, supongo. Esa que depende de uno mismo, no de los demás. La que le ofrecen las luces de una ciudad a la niña cursi que va sin cinturón en el asiento de atrás.
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También mueren los lugares donde fuimos felices y esto lo decía Julio Ramón Ribeyro. Así, ayer llovía y, paseando por la Diagonal,vi que nuestro bar, el San Telmo, cerraba. No había más explicaciones. Un cartel, colgado en esos cristales a través de los que he pasado tanto tiempo mirando, anunciaba: «Próximamente: Dumbo».
En el San Telmo siempre nos quedábamos la misma mesa. Una apartada, en el fondo, casi al lado de los baños y de la escalera de caracol. Años atrás iba con aquel chico y yo me pedía siempre unos macarrones y un vino blanco. Algunas de aquellas veces conseguimos no pelearnos, lo cual siempre era un logro, y solo por eso le cogí cariño a aquel barecito. Después, el chico se fue, pero el San Telmo siempre me lo recordaba. Con el tiempo colonicé otras mesas con mi amiga L. –la vida es ir conquistando sitios nuevos dejando intactos los del pasado, por eso nunca volví a la de la esquina– y así puedo decir que tengo un recuerdo para cada rincón del San Telmo. Últimamente nos sentábamos en la barra acristalada que da a la Diagonal. Pedíamos vino y olivas. Cuenta Manuel Vilas en ‘Ordesa’ que una relación que muere da origen a una lengua muerta. «Cada pareja, cuando se enamora y se frecuenta y convive y se ama, crea un idioma que solo pertenece a ellos dos. Ese idioma privado, lleno de neologismos, inflexiones, campos semánticos y sobrentendidos, tiene solamente dos hablantes. Empieza a morir cuando se separan. Muere del todo cuando los dos encuentran nuevas parejas, inventan nuevos lenguajes, superan el duelo que sobrevive a toda muerte. Son millones, las lenguas muertas». Con los bares ocurre algo parecido. Hay lugares que uno guarda como si fueran amuletos, como esas fotografías que revisitamos en un engañoso álbum de familia y que nos cuentan no la historia real sino la historia que nosotros queremos recordar. Así que ayer me quedé unos instantes detenida frente a la cristalera. Hice una foto al cartel, y pensé que seguro que a pesar de aquel nombre absurdo, Dumbo, a alguien le ocurrirá lo mismo que a mí: que encontrará entre las mesas de ese nuevo local un lugar para recordar pero también una esquina desde la que mirar el mundo.

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«Se vende» o «Se alquila» anuncia el letrero y seguidamente: «Razón: portería». Cuando era niña me parecía un cartel de lo más enigmático. Luego comprendí que quien «da razón» del piso es el portero, que conoce sus metros cuadrados, número de habitaciones y baños, orientación y precio, y si este es o no negociable. Y, además, suele custodiar un juego de llaves para enseñarlo.
No sé vosotros pero yo estos días necesitaría a un portero que me explicara algunas cosas.
*

No vivas de fotos amarillas, le decía una amiga a otra en ‘La once’, un documental que vi ayer, que me hizo pensar en aquellos versos de Miguel Hernández: «Y un día se pondrá el tiempo amarillo sobre mi fotografía»
*

Ayer reía al teléfono: «Qué quieres que te cuente?, ¿lo que he comido?». De manera que los dos terminamos hablando de la carnicería donde compramos el salchichón al que nos hemos hecho adictos. Glamour que no falte. Me decía que todas sus novedades estaban relacionadas con lo que comía, y pensé que igual ocurría con las mías. «Antes salíamos, nos pasaban tantas cosas…». Pero colgamos y me quedé pensando que, en realidad, lo que ocurre es que ahora todo nos sucede por dentro, y como no estamos acostumbrados a hablar de eso, terminamos dándole vueltas al salchichón.
*

Una amiga me regaló esta figurita y la miro a menudo. Tiene algo hipnótico. Algo de «Razón: portería», como si pudiéramos preguntarle. La voy poniendo en sitios distintos para ver a través de esta casa de paredes transparente. A veces pienso que la mujer está leyendo, otras que solo observa el mundo y a mí, por ejemplo, mientras hablo de recetas y de mis fotos amarillas, y hago cálculos optimistas sobre playas, piscinas y verano. Que me recibe en casa cuando vuelvo de la carnicería después de haberle respondido al dependiente-de-siempre lo-de-siempre, que todo bien, que ya queda poco para que volvamos a la normalidad, que me llevo el salchichón de siempre que hay que ver lo bueno que está. #laonce #lauraferrero #barcelona #ifyouleave #miguelhernandez #poesia #literatura #documental #cine #instagramstories

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Llevo todo el fin de semana caminando –a mis horas–y pensando en que me gustaría ser directora de cine aunque solo fuera para rodar una escena en la que sonaran los primeros cuarenta segundos de la canción ‘Chinese Translation’ de M.Ward: «I sailed a wild, wild sea /Climbed up a tall, tall mountain/I met a old, old man/ Beneath a weeping willow tree».Tengo incluso la escena pensada, pero la voy cambiando.
Camino y camino y a veces llego a la conclusión de que la escena tampoco tendría que ser nada especial: solo gente que está de sobremesa. Gente que ríe, que habla. El tiempo pasa –aún más rápido porque para eso suenan las canciones en las películas– y todo el mundo sigue estando bien alrededor de la mesa. Vemos los posos del café y las servilletas hechas un gurruño, y una chica sonríe al ver que han sacado un helado de corte y otro se queja de que eso es comida de otra época, pero pronto están todos cortando la barra de helado y todo sigue estando bien hasta que de la boca de algún listillo sale una frase del tipo: «Qué bien lo estamos pasando, ¿verdad?». En ese momento se acaba la magia, también la canción de M. Ward, y yo sigo andando por la calle, y me digo que tengo que pensar en otra escena donde esté prohibido decir esas cosas. Te lo pasas bien hasta que alguien te hace pensar en lo bien que te lo estás pasando. Luego solo tratas de estar a la altura.
Y a veces, y sobre todo estos días, no solo pienso en los helados de corte, sino también en aquel videojuego al mi hermano y yo jugábamos de niños. Mario Bros siempre corriendo por la pantallita, saltando a por las vidas ocultas. Aquí no importa si mueres porque vuelves a empezar desde el punto en donde lo has dejado. Me gusta eso: las vidas extras, el botón de pause. Entonces vuelve a sonar M. Ward y los primeros segundos de esa canción y Mario Bros consigue otro de esos champiñones con superpoderes de la infancia, enfilo la calle Balmes, y sigo andando mientras borro y empiezo, de nuevo, a pensar en una escena. Y así también pasa el tiempo.

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Cinco años atrás, como para olvidarme de la fecha, me llamó el que por aquellos entonces yo consideraba, en el más fiel argot de las pelis protagonizadas por Jennifer Aniston, «el amor de mi vida». Me gustaba pensarlo así, a pesar de que hiciera tiempo de que ni siquiera nos veíamos, de que nos hubiéramos peleado tropecientas veces y todas con peor resultado. Pero la historia es que me llamó y todas las conjeturas fueron pasando una a una por mi cabeza –¿reconquista, amor imposible y ahora volvemos a empezar, se ha dado cuenta de que soy el amor de su vida, me voy a vivir a doce horas en avión de Barcelona?–. Bueno, en definitiva: me llamó para decirme que se casaba. Con otra, claro. Y me puse tan nerviosa que reaccioné como si me acabara de tocar la lotería. Gritos de júbilo, enhorabuenas, risas, «ya me mandarás fotos», «esa chica es estupenda». El tipo se quedó completamente alucinado, sobre todo cuando, ya a punto de colgar, me preguntó por mí y le dije «¡Yo también me caso!»
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La foto es de un relato de Adolfo Bioy Casares incluido en ‘La muñeca rusa’ que releí el otro día. El cuento se llama ‘Amor vencido’ y tuve que leerlo dos veces para entenderlo. Me pasa a menudo con Bioy Casares, y con las cosas en general, pero esa última línea «Me faltó ánimo para explicar» resume tantos episodios de nuestras vidas que me la imprimí y aquí la tengo ahora, colgada en el despacho.
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Obviamente yo ni me casaba ni tenía novio ni sabía qué ni por qué narices estaba diciendo todo aquello, pero colgué rapidísimo porque alguien llamaba a casa, eso también me lo inventé, y le prometí que le llamaba al día siguiente para darle detalles. Ni llamé ni me casé y ese pobre amor de mi vida –que gracias a dios no habla español y no podrá jamás leer estas líneas– se pensó durante tiempo, imagino, que yo también me había casado. Pero perdimos el contacto y el año pasado le vi unos momentos en una boda. No me preguntó por mi marido, ni si quiera por qué nunca le devolví ninguna de las llamadas. Pero si me hubiera dicho algo, tenía la frase: «me faltó ánimo para explicar». Aunque suele ocurrir que cuando tienes la frase preparada ya nadie te pregunta.

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«Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo». Ese sigue siendo, en mi opinión, uno de los mejores inicios de la historia de la literatura. Lo he citado algunas veces, pero sin reconocer, como ahora, que nunca leí ‘Cien años de soledad’. Nunca me atrapó.
Algunas cosas en la vida nos influyen porque las imaginamos. En ocasiones, lo que nos es opaco, lo que no terminamos de entender, permanece envuelto de un brillo de misterio y evocación que luego deja de tener. La importancia de no entenderlo todo, que decía Grace Paley. No sé si leeré ‘Cien años de soledad’. Me gustaría seguir pensándolo como se piensa en todo lo que no llegamos a conocer del todo: desde el anhelo y la perfección.
*
Salimos y la ciudad seguía ahí, esperándonos. Escuché quejas, «cuánta gente», como si la gente (y el tráfico) no fuéramos todos nosotros. Aparentemente, estábamos contentos. Incluso sonreíamos, pero había, no sé cómo definirlo, un aura de extrañeza. Como si no fuéramos los mismos. Que quizás no lo somos, aunque los expertos aseguran que nunca cambiamos si no es para peor. Lo que noté era parecido a una marca, como esas vacunas de años atrás, que dejan un surco en la piel que nos recuerda de dónde venimos y que un día tuvimos miedo frente a la aguja de la inyección.
*
Hay una metáfora muy bonita en ‘Rayos’, de Miqui Otero. Tiene que ver con aquel mítico juego de las sillas con el que nos entreteníamos de niños. Se nos prometió que la música iba a seguir sonando y que cuando terminara, habría sillas para todos. Pero la música se detuvo en seco y no es que no quedaran sillas, es que se habían roto «como las del mobiliario de las películas del Oeste cuando se arma la bronca». Detesto el juego de las sillas, pero ayer, paseando, buscaba las sillas. Trataba de cerciorarme de que seguían en su sitio, de que no había ocurrido como en el libro de Miqui Otero. De regreso a casa, pasando por la calle Antúnez, me sorprendió, de repente, la música, y entonces entendí que las sillas seguían por ahí, solo que ahora estaban un poco más escondidas.

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Algunas cosas que he recordado a menudo a lo largo de los 35:

Es un recuerdo antiguo. Somos 5 y estamos en Sierra Leona, vamos a pasar el verano ahí, trabajando en un pueblo. A pesar de que ya no somos unos niños, nuestras madres nos han metido en el fondo de cada una de nuestras mochilas bolsas de jamón ibérico al vacío «por si la comida no os gusta». Y luego resulta que comida sí nos gusta, pero decidimos guardar el botín para más adelante, para cuando verdaderamente lo necesitemos. De manera que dejamos las bolsas apiladas en una balda de la nevera –como si siempre tuviéramos electricidad– y vamos relegando el jamón para el gran día, hasta que éste llega y entonces decidimos hacer una cena a lo grande. Lo que ocurrió, claro, es que el jamón ya no estaba bueno y tuvimos que tirarlo. Aquella noche comimos arroz. Otra vez.

Después, he recordado también otra cosa. Me marché pronto de casa, a los 18, y volví diez años después. El primero de aquellos años fue bastante espantoso. Cada vez que tenía un mal día cogía el teléfono y llamaba a casa. Decía: «Quiero volver». Y siempre me decían lo mismo: «Puedes volver cuando quieras». Fue eso, el saber que tenía un lugar al que podía regresar, aunque estuviera lejos, lo que me permitió no volver.

Además de aprender a hacer algunas cosas de gran trascendencia como a cocinar solomillo Wellington o a levantarme sobre la cabeza en una postura de yoga llamada sirsásana (lo mío me ha costado), ha sido un año de recordar mucho estas dos cosas: lo importante que es saber que tienes un lugar (y que ese lugar son personas) y lo absurdo de ese jamón que murió a la espera del momento adecuado. Es ridículo dejar la felicidad para otro momento.
Muchas cosas más, pero no me cabrían aquí.

Empiezo los 36 sin saber qué hacemos con los cumpleaños en la desescalada. Yo creo, aunque eso no lo dijo Pedro Sánchez ayer, que los que queramos podemos pedir una prórroga y cumplir el año que viene, o en la fase 25, cuando ya nos podamos reunir. Así que quizás me espero. O no. Porque quizás con los años pasa como el jamón.

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Puede que seas una persona con suerte y te ocurra dos veces, respondía George Steiner. Pero quién sabe. Hablaba de enamorarse, de esas raras ocasiones en la vida –raras o únicas– en las que uno sabe que ha ocurrido. Se trata de una certeza. Y no hacía referencia al flechazo. El periodista le preguntaba entonces si había posibilidad de que a una persona le ocurriera más de una vez en la vida, y Steiner sonreía escéptico. Yo creo que el entrevistador se lo preguntaba porque a él le había ocurrido y temía no haber salido airoso del tema. Quería asegurarse de que tendría su merecida segunda oportunidad.
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Me gustó una entrevista que le hicieron esta semana a Nacho Vegas. Hablaba de la gran diferencia que existe entre la palabra solitud, el sosiego de esa tranquilidad escogida, y la soledad impuesta, aterradora. «El miedo es más poderoso que la belleza, por desgracia, por eso debemos buscarla precisamente ahora»
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Steiner hablaba del enamorarse como de una epifanía, esta era la frase en concreto: «when light shines through life». Luz que brilla y traspasa la vida. Me pareció una imagen bonita. Además, añadía, él asociaba el amor con la utilización del futuro. Tenemos una palabra y esa palabra es «mañana». Estar enamorado es tener futuro, mirarlo, pensar en cosas que tengan sentido en esa realidad llamada mañana. Entonces volví a pensar en el entrevistador miedoso que preguntaba por su segunda oportunidad, y en el bueno de Steiner sin querer decirle que a pesar de que no tuviera datos concluyentes, nada sabíamos acerca de la regularidad de las epifanías. Lo que sabíamos, lo que sabemos, es que ocurren poco, muy poco, y que se construyen tendiendo la mano hacia el futuro. Creo que no solo hablaba del amor entre dos personas sino de la cantidad de veces que la luz nos atraviesa la vida. Hay que estar atentos porque esa es la belleza que hay que salir a buscar.
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Y en la foto, Lola, yendo también hacia el futuro con su flamante coche rojo. Luz, belleza y, mientras escribo esto escucho, por fin, a niños desde la calle.

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Son dos viñetas de Liniers. En la primera, un chico y una chica, ambos enfrascados en las páginas de un libro, se acercan. Leemos: «Uy…Están leyendo el mismo libro. Ahora se dan cuenta…Charlan…Se enamoran». Pero lo que ocurre en la siguiente viñeta de Liniers no es lo que esperamos. Es decir, estos dos no se enamoran, ¿sabéis por qué? Dice: «Lástima… El libro es demasiado bueno». De manera que los protagonistas se cruzan sin ni siquiera haber levantado la vista de las páginas del libro, y siguen su camino.
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No sé vosotros, pero yo me enamorado de muchos libros y de muchos –bueno, sin exagerar. De alguno– a través de los libros. Es eso que decía Cristina Peri Rossi: «la literatura me mató pero te le parecías tanto».
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Tiempo atrás, cuando escribía la novela, para hablar de un acontecimiento central que no se desvelaba hasta más adelante, escribí una frase que se repetía como un mantra: «Después de todo aquello». El otro día me di cuenta de que hablo de esto que está pasado de una manera similar, sin llamarlo nunca por su nombre, como si no quisiera invocarlo, y digo: «cuando todo esto pase». En fin: día 23 de abril. Cuando todo esto pase volveremos a nuestras librerías de siempre para seguir perdiéndonos en sus pasillos, para seguir llenando nuestras estanterías de todos aquellos libros que luego tampoco tendremos tiempo de leer (y entonces volveremos a quejarnos). Pero hasta entonces, Feliz día del libro, Feliz día de Sant Jordi. Muchas gracias por leer. Y si os cruzáis alguna vez a alguien que esté leyendo el mismo libro que vosotros… No hagáis como en la viñeta de Liniers.
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Fue en una boda familiar muchos años atrás. En Murcia, creo. Eran las tantas de la madrugada, ni yo ni los bajos del vestido éramos los mismos ya, y supongo que trataba de decidir si ir o no a por otro de esos gin-tonics que ponían en vaso de tubo, cuando los gin-tonics no eran todavía una competición floral en copa de balón. Fue entonces cuando se me acercó mi tía, que se encontraba en el mismo estado que yo, y empezamos a hablar todo lo que el volumen de la música y nuestro estado nos permitía. Era esa hora de las confesiones de las que no te acuerdas al día siguiente, y está bien que así sea. Imagino que me contaría muchas cosas, pero lo cierto es que no las recuerdo. Pero sí que, de repente, se quedó en silencio, como si hubiera recuperado la lucidez, y me dijo que había una cosa que la había entristecido siempre: que en muchas ocasiones no había sabido querer a quienes lo merecían. Que era injusto la de veces que se había visto queriendo al que menos se lo había ganado. Entendí que hablaba de un hombre y también entendí que me lo decía porque la genética es la genética y pensó que su sobrina no iba a ser menos. Nunca volvimos a hablar del tema, y luego ella ya leyó ‘Piscinas vacías’, y qué más podía decirme la pobre.
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Cuento esto porque llueve y un amigo lee aquel libro, ‘El bar de las grandes esperanzas’ y ha colgado una frase que siempre me gusta releer: «Aunque me temo que nos sentimos atraídos por aquello que nos abandona, y por lo que parece más probable que vaya a abandonarnos, finalmente creo que nos define lo que nos acoge»
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Nunca es tarde para las advertencias. Aunque llueva, sea domingo, o la música esté demasiado alta. Nunca es tarde para recordar que nos define lo que nos acoge, y esa es una buena frase para empezar la semana.
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En los idiomas y en la vida lo fácil es llegar al nivel intermedio. Estás con la emoción de lo nuevo, aprendes mucho en muy poco tiempo y resulta que apruebas el examen del nivel intermedio con relativa facilidad. A partir de entonces, los phrasal verbs y los falsos amigos se te empiezan a hacer bola y te pasas media vida tratando de llegar al Advanced. Hay un punto en el que todo se estanca, en que los días pasan y parece que nada cambia. Pero para llegar al Advanced es necesario saber transitarlo.
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Una opinión impopular y un apunte para estos días: no me gustan las aplicaciones de videollamadas. Ni Zoom, ni Facetime, ni Skype. Y ojo, no es que tenga nada en contra de las aplicaciones en sí, sino que prefiero el teléfono de toda la vida. Te sientas en el sofá, llamas a tu amigo, le cuentas tus cosas. El teléfono ofrece el simulacro de pensar que todo sigue igual que antes, en esa otra vida que todos teníamos. Sin embargo, cuando me conecto a cualquiera de estas aplicaciones y veo ahí las caras de toda esa gente a la que me gustaría dar un abrazo, es cuando pienso: ah, no, Laura, que no puedes. Por eso, a mí por teléfono. Ojalá incluso por fijo.
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El otro día leí un artículo sobre la cuarentena que me gustó. Era de Mariana Enríquez. Sospecho que me gustó porque entendí lo que contaba, que era, lo mismo que me ocurría a mí. Siempre me maravilla esa infinita capacidad de conectar que tiene la literatura. Es como un mensaje en una botella que siempre encuentra a su destinatario adecuado.
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Cuando parece que nada cambia, cuando crees incluso que estás retrocediendo a la casilla de los principiantes –que es en realidad, lo que somos todos a lo largo de la vida– es cuando uno deja de anotar progresos mentalmente y, por tanto, en el momento en que uno verdaderamente empieza a avanzar.

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