January 11, 2021 at 11:38AM

Compramos una tarta de limón tan bonita que nos daba apuro cortarla: no queríamos estropear las formas tan delicadas que dibujaba el merengue sobre la crema de limón. Al final no hubo más remedio, y por una vez, las expectativas estuvieron a la altura. Nos comimos la mitad y después tratamos de decidir qué hacer con ella, con la tarta de limón más bonita de Barcelona. Decidimos dejarla en la nevera de la oficina «para no tirarla», a sabiendas de que nos íbamos de vacaciones. Porque tirarla nos hubiera parecido una aberración. Y la tarta sigue, dos semanas después, en el mismo sitio donde la dejamos.

A veces me ocurre también y la nevera se me llena de tuppers que no me atrevo a tirar en el momento porque me digo que es una pena.

Que ya me lo comeré.

Por si acaso mañana.

En otra ocasión.

Ya lo haré.

Después.

Obviamente eso nunca ocurre y entonces me olvido por completo del tupper y un buen día aparece moho, o se pudre, y exclamo sorprendida, como si tuviera que darle explicaciones a la nevera: «¡Tendría que haberlo tirado antes!». Pero la nevera sabe que yo ya lo sabía y nunca dice nada.

Ocurre también con la ropa que no sirve, con lo que nos queda pequeño, con los trastos viejos o que se rompen. Con lo irrecuperable. Y la metáfora, claro, es aplicable a las cosas que no son cosas.

Aprendemos pronto, de niños, que las cosas hay que aprovecharlas hasta que ya no sirven y entonces llega el momento de dejarlas ir porque es mejor –aunque esto no nos lo dicen– ahorrarse la decadencia.

No tirar lo que ya no sirve, lo que ya sabemos que no servirá, es una manera como otra de ocupar espacio, de permitir que llegue el moho. Y la nevera, pobre, siempre se queda muda ante nuestra sorpresa, «cómo ha podido ser que esto ha ocurrido» y no se atreve nunca a responder: «Pues porque tú lo has dejado aquí». Así que ahora sí, creo que voy a tirar la tarta.

Buena semana y lo dicho: no guardéis lo que ya no sirve que pronto llega el moho.

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