October 28, 2020 at 11:55AM

Fuimos a comprar ropa de estar por casa, que es lo que parece que se va a llevar estos próximos meses. Mientras rebuscábamos entre percheros, montones de pantalones cómodos y sudaderas de dudoso gusto, vi una blusa de terciopelo con las mangas abullonadas. Mi madre se rio «muy adecuado para estar en casa», de manera que seguimos bajando por Paseo de Gràcia, de tienda en tienda.

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Releí ayer los diarios de Iñaki Uriarte. En una de sus primeras entradas habla de que en 1962 hubo una epidemia de risa en Tanganica. Empezó en una escuela con dos chicas que comenzaron a reírse como histéricas. Se extendió a los demás alumnos, luego al pueblo, al distrito, al país entero. Solo remitió por completo seis meses más tarde.

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Todo el mundo conoce la utilidad de lo que es útil, pero pocos conocen la utilidad de lo inútil, decía Zhuang Zi, así que ayer no encontré ropa cómoda pero volví a por la blusa de terciopelo. Ya que estamos, pensé, esperaré la epidemia de risa, pero lo haré con dignidad. Con una amiga que ya no está y a la que echo mucho de menos hablábamos a menudo de la importancia de comprarse un abrigo rojo, entendido un abrigo rojo como aquello que no es del todo útil –lo sería más si fuera oscuro–, pero que te alegra un poco los días grises. En fin, si algún día veis a alguien con unas mallas agujereadas y con una incomodísima pero elegante blusa de terciopelo, esa seré yo.

(En la foto, un murciélago de pre-Halloween. Aunque pocos adornos nos hacen falta para que 2020 nos de miedo)

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