July 05, 2020 at 05:38PM

Contaba Ana María Matute que un gin-tonic te da una lucidez bárbara. Pero como tampoco es cuestión de estar tan lúcido, la gente nunca se toma solo uno. Y ahí el tema se empieza a complicar.
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Mi historia con las bodas de mis amigos daría para novelas, teleseries, películas –de terror, drama y de un poco de amor también– pero para no aburrir, la mayoría de ellas tienen que ver con la dificultad de encontrar el equilibrio entre la más pura lucidez y la completa ausencia de ella.
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Leí una cosa preciosa en la newsletter de Nick Cave. Alguien le preguntaba qué era el amor y el cantante respondía que el amor tiene mucho que ver con el concepto de «ser visto». Lo contrario a la invisibilidad. Querer a alguien de verdad es decir «te veo. Te reconozco». Me lo confirmó, hace años, un fotógrafo de bodas. Me dijo que él sabía detectar perfectamente a las parejas que iban a estar juntas por mucho tiempo por un simple detalle: se miraban, aunque no estuvieran juntos. Se buscaban.
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Años atrás, conocí a un tipo fantástico en una boda y estuvimos toda la noche hablando frente a un estanque. Después, llegaron los gintonics y no recuerdo demasiado, pero sé que en algún momento a alguno de los dos se le pasó por la cabeza tirarse a nadar al estanque de aguas verdosas. Que sí, que no, que no te atreves, que vaya valiente. Una discusión completamente absurda, estoy de acuerdo, pero luego, ese chico fue mi novio y siempre pensé que ahí, en el no habernos tirado al estanque a pesar de haberlo comentado durante horas y horas, se resumía toda nuestra vida en común. Yo creo que nos tendríamos que haber tirado.
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En definitiva. Verse, mirarse. Y cuidado con la lucidez, y con no tirarse, cuando toca, a estanques verdosos.

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