May 22, 2020 at 04:47PM

Una de las historias que más terror me inspiraba en la infancia, además de las fechorías de Freddy Krueger, era la del accidente de avión en la cordillera de los Andes. Ayer, por casualidad, di con una conferencia en la que Carlos Páez, uno de los supervivientes, contaba algo muy interesante que vale no solo en los Andes si no en la vida en general. Lo que ocurrió en 1972 es ya sabido por todos: que el avión cayó en los Andes y los supervivientes tuvieron que permanecer ahí 70 largos días con sus noches. Carlos Páez cuenta que, un día, un tal Gustavo Nicolich, el encargado de escuchar la radio para ver qué decían de la búsqueda de su avión, le dijo a Carlos: “Carlitos, tengo una buena noticia para darte. Acabo de escuchar en una radio chilena que dieron por finalizada nuestra búsqueda y que van a ir a buscar nuestros restos en febrero, cuando venga el deshielo”. El pobre Carlos se quedó alucinado. ¿Qué narices decía aquel loco? Sin embargo ahora, 47 años después, entendía por fin por qué había supuesto una buena noticia: en aquel preciso instante dejaron de sobrevivir para empezar a vivir. Superviviente es aquel que esta esperando que lo vengan a buscar. ¿Qué tipo de vida cabe esperar de alguien que únicamente pretende ser rescatado?
La foto no es de los Andes ni tiene nada que ver. La recuperé el otro día mientras abría cajas de fotos y postales que llevaban en el mismo sitio desde hace más de treinta años. Soy yo, con cuatro años, la vez que me llevaron a conocer a mis primos de Alicante. El trayecto en coche de Barcelona hasta Alicante es uno de mis recuerdos más antiguos. Llegando, ya de noche, vi aparecer a lo lejos, las luces de la ciudad. Le dije a mi madre “esas luces son tan bonitas que me dan ganas de llorar”. A cursi no me gana nadie, pero a lo largo de los años ha permanecido en mí esa sensación: la de que hay cosas en la vida que existen, y nos hacen existir, más allá de lo inmediato. Es esa vida de la que habla Carlos Páez, supongo. Esa que depende de uno mismo, no de los demás. La que le ofrecen las luces de una ciudad a la niña cursi que va sin cinturón en el asiento de atrás.
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