May 04, 2020 at 11:05AM

«Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo». Ese sigue siendo, en mi opinión, uno de los mejores inicios de la historia de la literatura. Lo he citado algunas veces, pero sin reconocer, como ahora, que nunca leí ‘Cien años de soledad’. Nunca me atrapó.
Algunas cosas en la vida nos influyen porque las imaginamos. En ocasiones, lo que nos es opaco, lo que no terminamos de entender, permanece envuelto de un brillo de misterio y evocación que luego deja de tener. La importancia de no entenderlo todo, que decía Grace Paley. No sé si leeré ‘Cien años de soledad’. Me gustaría seguir pensándolo como se piensa en todo lo que no llegamos a conocer del todo: desde el anhelo y la perfección.
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Salimos y la ciudad seguía ahí, esperándonos. Escuché quejas, «cuánta gente», como si la gente (y el tráfico) no fuéramos todos nosotros. Aparentemente, estábamos contentos. Incluso sonreíamos, pero había, no sé cómo definirlo, un aura de extrañeza. Como si no fuéramos los mismos. Que quizás no lo somos, aunque los expertos aseguran que nunca cambiamos si no es para peor. Lo que noté era parecido a una marca, como esas vacunas de años atrás, que dejan un surco en la piel que nos recuerda de dónde venimos y que un día tuvimos miedo frente a la aguja de la inyección.
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Hay una metáfora muy bonita en ‘Rayos’, de Miqui Otero. Tiene que ver con aquel mítico juego de las sillas con el que nos entreteníamos de niños. Se nos prometió que la música iba a seguir sonando y que cuando terminara, habría sillas para todos. Pero la música se detuvo en seco y no es que no quedaran sillas, es que se habían roto «como las del mobiliario de las películas del Oeste cuando se arma la bronca». Detesto el juego de las sillas, pero ayer, paseando, buscaba las sillas. Trataba de cerciorarme de que seguían en su sitio, de que no había ocurrido como en el libro de Miqui Otero. De regreso a casa, pasando por la calle Antúnez, me sorprendió, de repente, la música, y entonces entendí que las sillas seguían por ahí, solo que ahora estaban un poco más escondidas.

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