February 23, 2020 at 10:35AM

A veces, sigo pensando que tengo 18 años. Una parte de mí, o muchas, se debieron de quedar tiempo atrás, en la salida de cualquier discoteca, en los exámenes finales, poniéndose saldo en el móvil, de resaca, despejando ecuaciones, en la fiesta de fin de fin de curso, yéndose en coche hacia el sur al ritmo de Estopa –qué suplicio–, el calor del coche sin aire acondicionado, los eternos veranos de tres meses. Luego, me despierto del sueño de los 18 y veo que alguien pequeño, muy pequeño, que no levanta más de tres palmos del suelo, tira de mi pantalón. Y resulta que mi amiga, a mi lado en la salida de cualquier discoteca, en los exámenes finales, poniéndose saldo en el móvil, de resaca, despejando ecuaciones, en la fiesta de fin de fin de curso, yéndose en coche hacia el sur al ritmo de Estopa –qué suplicio–, el calor del coche sin aire acondicionado, los eternos veranos de tres meses, llega y dice algo como «cuidado que esa pelota está sucia». Entonces me levanto del sueño de los 18, y aparto la pelota sucia y le digo a ese ser pequeño: «¿Habrá que aprender a andar algún día, no?». Pero entonces, de repente, me convierto en mi madre y digo: «Qué rápido pasa el tiempo»
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Esta semana vi por enésima vez ‘Cosas que nunca te dije’. Es de 1996, pero a mí me sigue pareciendo de esas películas que no envejecen. Me gusta lo que dice Ann: «Deberíamos vivir la felicidad intensamente y tendríamos que poderla guardar para que en los momentos que nos haga falta pudiésemos coger un poco»
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Años atrás, Milena Busquets escribió ese libro que tiene, al menos en mi opinión, uno de los mejores títulos de todos los tiempos: ‘También esto pasará’. Porque sospecho que lo que dice Ann unas líneas más arriba es lo que me ocurre a mí con el paso del tiempo. Que querría ir guardando pedazos de cuando tenía 18 o 23, del año pasado, de hace dos, para ir reviviéndolos en ese perpetuo rewind de las cintas de VHS. Pero no tenemos control. Y por eso, también esto pasará: la belleza, la bondad, los veranos en el sur con Estopa pero sin aire acondicionado, las manitas que se agarran a los bajos del pantalón. Y entonces, me convierto de nuevo en mi madre: «Qué rápido pasa el tiempo».
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