January 14, 2020 at 09:47AM

El otro día, una amiga me preguntaba si había sitios a los que evitaba ir porque me traían malos recuerdos. Pensé, ¿tienes tiempo?
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Es una historia que ya he contado pero, una vez, tuve un novio con el que compartimos una larga historia de peleas y reproches en restaurantes japoneses. Da la casualidad de que la comida japonesa es, entre todas las gastronomías del mundo, mi favorita. De manera que, durante una época, íbamos los dos a cualquier lugar maravilloso y no lográbamos pasar del edamame porque ya se nos atragantaban los aperitivos. Jamás de los jamases llegamos a los postres. No sé por qué, después de la primera escenita, no me dio por pensar: a partir de ahora vamos al McDonald’s por si acaso. Que si no pasamos de las patatas fritas ya habrá ocasión de llegar al Mc Flurry. Cuando me preguntan por un buen japonés en Barcelona, se me pasa por la cabeza una galería de imágenes en la que dos personas se quedan mudas frente a un plato de sashimi, con el wasabi deshecho ya.
Tengo que volver a esos restaurantes para llegar a los postres. Mientras tanto, no me preguntéis por japoneses a no ser que queráis que os responda si tenéis tiempo.
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Ayer volví a Annie Ernaux. El primer capítulo de ‘Los años’ empieza así: «Todas las imágenes desaparecerán». Es un libro que habla de la memoria, de lo que queda, que es el recuerdo de esas pequeñas y grandes imágenes a las que el tiempo irá haciendo desaparecer en una generación remota. Conocí a Ernaux este septiembre. La conocí, digo, porque pasé tres días en el mismo lugar que ella. No fui capaz de acercarme a ella para decirle lo mucho que significaban ella y sus libros para mí. La tuve delante tantas veces: en el buffete de ensaladas, tomando un café en la terraza frente al mar, después de una rueda de prensa. Pero el deseo de no molestar es a veces más fuerte que el deseo de acercarse. Un día, la observé en la barra del desayuno hasta que ella me miró también a mí y os juro que estuve a punto de levantarme. No lo hice, solo le sonreí. Pensé: ella ya lo sabrá.Conclusión: no vayáis a un restaurante si no estáis seguros de que llegaréis a los postres. Si veis a Annie Ernaux no basta con sonreír. Hay que levantarse.
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