December 23, 2019 at 08:44AM

Llegué a casa tarde, ya de noche, y la balda para la ducha que había comprado aquella misma mañana se había caído. Todos mis champús, siempre más caros de lo que me gustaría, sin tapón porque nunca me acuerdo de ponérselo, yacían en el plato de la ducha y su interior, de distintos colores, se había ido escapado por el desagüe.
Muy dada a buscar metáforas donde no hay más que cotidiana fatalidad, empecé a buscarlas. ¿Querría decirme la vida alguna cosa?, ¿Había tirado yo, como lo decía Renata Adler en ‘Oscuridad total’, lo más importante?
Lo que me contaba la vida, supongo, es que a veces no hay que saltarse las instrucciones, que por algo existen. Si te dicen que, una vez echado el pegamento en la balda, es necesario pasar el secador, pues se pasa. Y si te da pereza y dices, como yo, que «total, no vendrá de que le pase el secador», pues te atienes a las consecuencias y te dejas, otra vez, tus ahorros en champús que no puedes permitirte.
Después, ayer, puse por fin las luces de Navidad. Día 22, siempre por los pelos. Y como no sabía cómo ponerlas estuve un rato haciendo el tonto, como se ve en la fotografía. Tirándolas hacia arriba, hacia los lados, tratando de salir bien en alguna de las 800 fotografías que debimos hacer.
El resultado: se enredaron las luces y luego quedó una especie de maraña de cables luminosos que no hay donde poner.

Día 23, lunes. Ahora sí: que tengáis una Feliz Navidad, que no busquéis señales porque no existen, y acordaos de no jugar con las luces que después se enredan.
Este año, yo, a Papá Noel le pido instrucciones, así, en general. Pero sobre todo, champús. Muchos champús.

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