November 10, 2019 at 11:23AM

Estábamos en el bar de los neones rojos y él contaba una historia: «Tenía una novia con la que me fue muy mal. Terrible. Lo dejamos,y luego tuve otra novia con la que estaba mucho mejor. También lo dejamos. Entonces me quise dar una oportunidad con la que me había ido tan mal». Un amigo suyo lo resumió mucho mejor: «o sea que es como si vas conduciendo por una carretera de montaña en un día como hoy, de perros, coges una curva muy cerrada, y por poco se te van las ruedas y tienes un accidente. Es como si, una vez que ya estuvieras a salvo, tranquilo, decidieras que hay volver atrás, a la curva, para ver qué pasa, ¿no?». Silencio.
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El bar de los neones rojos se llama Pokhara y pasé muchas tardes aquí. Cuando escuché la letra de Héroes del silencio: «nos hicimos la promesa de los lagos de Pokhara», me dije que un día iría a ver esos lagos. Y el año pasado, en Nepal, el reflejo de los lagos me devolvió el de los neones rojos del bar de esta ciudad en la que, según recuerdo, nunca dejó de llover.
Un bar que contiene la promesa de unos lagos, los lagos que contienen el recuerdo de una ciudad. Una matriuska rusa, eso es la realidad.
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Escuché a una ancianita ayer en el autobús. Le decía a su interlocutor, un señor aún mayor que ella, que iba a votar al partido de Nunca máis. Imagino que se refería a Más país, pero no me digáis que el equívoco no es una buena metáfora para estos tiempos extraños.
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Consejo de domingo de votaciones: es recomendable no tentar a la suerte. La curva cerrada resbaladiza siempre será curva cerrada resbaladiza.
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