September 25, 2019 at 03:54PM

Pocos consejos me ha dado mi padre en la vida, pero hay uno que siempre me acompaña. Fue un verano de mucho calor, en una terraza de Madrid. Me dijo que uno puede resignarse a muchas cosas, pero nunca resignarse a quedarse con las migas del pastel. Aplicable a todo: parejas, relaciones, trabajos. A lo que uno espera de sí mismo.

Cuando quiero reírme un rato, como hoy, releo el correo literario de Wislawa Szymborska. En especial, las líneas que hablan de aquella aspirante a poeta llamada Baska, que le envió sus poemas buscando su opinión.
Empezaba: «Mi novio dice que soy demasiado guapa para escribir buena poesía. ¿Qué piensan de los poemas que adjunto?». Respondía Szymborsksa: «Creemos que es usted, efectivamente, una chica muy guapa.» Bravo.

Estábamos el otro día de sobremesa y empezamos a rememorar episodios embarazosos que nos habían ocurrido a cada uno. Terminamos confesando las peores cosas que nos habían dicho. «Eres tan feo como un cacahuete», le dijeron a un amigo. Gané yo, que me llevé a casa después de una boda, un valiente «No eres tan guapa para ser tan estúpida». Con los años, todo hay que decirlo, le sacamos mucho jugo a la frase y terminó siendo el nombre de un grupo de WhatsApp e incluso un estampado de una camiseta.

No me gusta dar consejos a nadie. Pero hoy sí. Vuelvo a lo que me dijo mi padre, a lo de las migas, que, en realidad, me lleva a Cortázar: «le quedaba la sensación de que él no era eso, de que en alguna parte estaba como esperándose». Las migas: hay que acordarse de ellas y de que no constituyen por sí mismas, por grandes que nos parezcan, ningún trozo del pastel.
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