August 20, 2019 at 12:09PM

De una de las personas que más quise me despedí así: le dije que nos veríamos el día siguiente para desayunar y que ahí, en el café, nos decíamos adiós. Después, llegó el día y no pude. No fui capaz. Por cobardía, supongo, pero también porque hay ciertas cosas que no pueden programarse. Uno puede organizar una despedida porque se va un tiempo fuera, porque se cambia de trabajo, porque se casa. Pero es difícil levantarse y quedar a las 9.30 de la mañana en el bar de siempre para despedirse de alguien a quien probablemente no se va a volver a ver en la vida. Por la distancia, por circunstancias. Porque a veces dejamos que sea lo otro, lo que se impone, lo que decide. Pero esa ya es otra historia.
De camino a este pueblo que se encuentra en medio de dunas y playas leí un relato de A.M. Homes que me gustó tanto que decidí no leer nada más en un tiempo. El relato no contaba nada que no se haya contado antes: la historia de amor de dos personas que tienen miedo a la vida. Pero subrayé esa frase de la fotografía y después, esa misma tarde, dentro del agua, sobre una tabla, cuando apenas quedaban olas y empezaba a caer el sol, cuando conseguí, por un momento, dejar de tragar agua, volví a A.M. Homes y a las despedidas. Pensé que, sin embargo, uno se siente a veces afortunado de asistir a determinados finales. Como el del día, el de las olas que mueren en la orilla. Los otros finales, los que no pueden ser programados, dan para poca satisfacción y muchos relatos melancólicos.
Lo que me gusta de hacer surf, aunque sea una pésima alumna, lo que me gusta de las puestas de sol es que hay siempre algo que se acaba –las olas, el sol– pero que continuamente vuelve a empezar. Solo que de otra manera.

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