August 08, 2019 at 09:23AM

Algunos días me recuerdan a esa sensación de empezar a leer por la noche, en la cama. Lees las tres primeras líneas concienzudamente y, a partir de la tercera, sin que te des ni cuenta, sigues leyendo pero tu cabeza se va de ahí. Está en el supermercado, en lo que tienes que hacer mañana o en no olvidarte de otras muchas cosas. A la segunda, tercera página, asombrada, te das cuenta de que no sabes qué estás leyendo y cierras el libro, apagas la luz, y te dices que ya mañana releerás lo leído. Y a veces, mañana llega y te ocurre exactamente lo mismo.

Ayer no hizo especialmente buen día por aquí. Nublado, plomizo y con rachas de viento. Pero fue el día en que una amiga y yo conseguimos una oferta para hacer Paddle Surf, un deporte que ambas habíamos hecho y que nos parecía la mar de fácil y bla bla bla. Huelga decir que nos plantamos las dos en la orilla con inmensas tablas que casi no pudimos acercar al agua debido al viento y que, una vez en el agua, ninguna se acordaba de exactamente cómo tenía que poner los pies para levantarse. ¿Y el remo? ¿Se remaba siempre con el mismo brazo? Preguntas de nivel. Nos pasamos 45 minutos, de reloj, estrellándonos contra el agua, las boyas y la tabla, luchando contra la corriente, hasta que un buen hombre nos alumbró con la sencillez de la postura y con cómo había que introducir el remo en el agua. Cuando supimos cómo hacerlo quedaban 10 minutos y pudimos disfrutar aún de un simulacro de lo que hubiera sido hacerlo bien desde el principio.
Y me pareció, ya de vuelta, que ocurría igual con algunas de las cosas importantes de la vida: cuando empiezas a saber de qué van, se acaba el tiempo y tienes que abandonar la pista.

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