August 06, 2019 at 12:39PM

«Te darás cuenta cuando estés a punto de terminar el manuscrito que llevas cinco años escribiendo: en el fondo no has hecho más que dar vueltas a la idea de no haber conseguido hacer feliz a alguien. Hacer feliz a alguien de verdad».
Todo parece sencillo en las canciones. Por ejemplo, en «Make someone happy», de Jimmy Durante, el amor es la respuesta y si haces a alguien feliz, lo serás tú también. Todo parece sencillo, y quizás lo es, pero, en los relatos de Pàmies, que parecen escritos al hilo de una conversación empezada hace tiempo, y que leí el fin de semana por segunda vez, las cosas cuestan un poquito más o son más ambiguas o la gente no es feliz o no sabe que es lo es hasta que termina la canción, y la vida.
En los relatos de Pàmies los hijos sueñan con tener otros padres que se llaman, quizás, Jorge Semprún, o los inventan, o los copian, y las parejas se aburren –y en la vida se puede ser de todo menos un coñazo–, y hay personajes que empiezan a contarse así: «Tuve que morirme para saber si me querían».
Escribimos para darnos cuenta de algo que probablemente supiéramos al empezar la primera línea (escribir es constatar también) y supongo que todo lo que vive es susceptible de ser contado, de transformarse en literatura. Pero alto ahí, porque no todo lo que vivimos puede ser contado para ser literatura.
Cómo contar, por ejemplo, que ayer, mientras ya tramaba todas estas líneas, salí del trabajo, enfilé la calle Bonavista y pensaba en escribirle un email a Pàmies para decirle que a mí lo que dice la canción de Jimmy Durante no parece ni tan fácil ni tan acertado.
¿Quién creerá, entonces, que ante mí apareció un hombre con un chaleco beige y varios bolsillos, como si fuera un explorador, con unos andares parsimoniosos y la actitud del que sabe que, aunque lento, terminará llegando donde quiere llegar?
¿Quién creerá que aquel hombre no era otro que Sergi Pàmies?
Lo seguí durante unos minutos. Dobló por Torrent de l’Olla y, de repente, me detuve. Sabía que lo estaba siguiendo únicamente para contarlo después.
¿Y para qué iba a contarlo si nadie iba a creerme?
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