July 14, 2019 at 10:15AM

Es un vídeo de estos que aparecen de repente en un chat de amigos. En él, un chimpancé de un año, cuya familia murió en manos de unos cazadores furtivos y fue encontrado con neumonía, reconoce la voz de los veterinarios que lo cuidaron. Son unas imágenes preciosas: el animal empieza a dar saltitos sobre una camilla y se abalanza, como si fuera un niño pequeño, sobre sus cuidadores. Es la viva imagen de la gratitud y la ternura.
Veía al chimpancé saltando mientras pagaba la cuenta en el lobby del hotel. El tipo se habrá pensado que se me empañaban los ojos por la cuenta, que hubiera podido ser. Pero era otra cosa.
Un amigo que estuvo a punto de morir en un accidente de coche y que pasó muchos meses en el hospital –que tuvo que aprender, entre otras cosas, a andar de nuevo– me contó que lo que más recordaba de aquellos meses oscuros era la primera vez que salió del hospital. Iba con su padre de la mano por la calle y se sentaron en una terracita. Pidieron una coca cola y, cuando el camarero se la sirvió, mi amigo dijo solo eso: gracias. Y aquello es lo que recuerda. El decir gracias por la coca-cola, por la vida y por el padre que le había enseñado a andar de nuevo.
Pocas veces lo decimos, así, en mayúsculas. En realidad, los chimpancés han aprendido a hacerlo mucho mejor que nosotros.

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