July 11, 2019 at 10:00AM

Nos contaba que, en la novela ‘Un dique contra el Pacífico’, la madre de Marguerite Duras se quedó en Indochina con tres hijos y sin porvenir. Fue por eso que compró unas tierras frente al Pacífico e invirtió en ellas hasta el último céntimo deseando que el cultivo de aquella concesión los sacara por fin de ese maldito sentimiento de pobreza del que la hija, Marguerite, no se desembarazaría jamás.
Sin embargo, nadie advirtió a la madre de que había comprado aquella concesión cuando la marea estaba baja. Cuando el nivel del agua subía, el mar de China anegaba de agua salada aquel sueño de dicha familiar que desbarataba cualquier posibilidad de salvación.
Pero la madre, lejos de amedrentarse, esa madre obsesiva, pobre, terca, tan terca como para decidir emprender una lucha contra el mar –que es oleaje, fuerza, tempestad– decide que, con el último dinero que puede pedir prestado, levantará un dique contra el mar.
Pero el dique que construye esa mujer portentosa es frágil, tan frágil que un puñado de cangrejos lo corroen. Esa madre lucha con una fuerza tal, con un deseo tan imperioso, que creeríamos que es capaz de derrotar al propio mar de China. Claro que eso –eso de que los deseos sean útiles– ocurre solo al final de los cuentos clásicos, y ni siquiera en todos. Es imposible ponerle un coto al mar, imposible ponerle coto a determinadas cosas que nos ocurren en la vida.
Lo escuche aquí, el otro día, en Santander. Lo contaba la escritora Pilar Adón y, al salir más tarde a pasear, con el Cantábrico que se extendía a mis pies, pensé en la de veces que también nosotros compramos concesiones al mar convencidos de que podremos pararlo. De que podremos construir una barrera lo suficientemente fuerte para creer que sí, que incluso lo inverosímil pude cambiar.
Si desear fuera útil, ¿verdad? Pero crecer, madurar, tiene algo que ver con dejar de poner barreras y asumir que la esperanza sostenida únicamente en el deseo no conlleva más que inundaciones.
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