May 26, 2019 at 08:18PM

La vida son también las despedidas y ellas inundan las canciones –y muchos de mis relatos, para qué engañarnos– pero mi parte favorita de vivir son, sin lugar a dudas, las bienvenidas. Y no me refiero a las que dan las señales de las autopistas ni a las de los tarjetones de los hoteles. Me refiero a esas que dicen bienvenida a ese lugar en el que nos convertimos cuando cogemos un recién nacido por primera vez.
El gesto por el que los recién nacidos se agarran con tanta fuerza a la vida se llama reflejo de prensión y se mantiene hasta los seis meses. Me maravilla cómo estos seres diminutos son capaces de cerrar sus deditos largos y milagrosamente perfectos con una fuerza inusitada que es, en realidad, un vestigio evolutivo que nos queda de nuestros primos los chimpancés, de cuando teníamos que agarrarnos a las ramas.
No sé si esto de vivir consistirá al final en ir recordando las cosas importantes que habíamos olvidado, en recuperar lo que ya teníamos, escrito en esa memoria sabia de la piel.

En mi poema favorito de Joan Margarit, ‘Piscina’, un padre lleva a nadar a su hijo por primera vez y el hijo tiene miedo, claro. Años después, el hijo recuerda la imagen sintiendo que era él quien se agarraba a su padre para poder avanzar hacia esa parte oscura de baldosas resbaladizas. Le costó entender toda una vida, a ese hijo tembloroso, que era el padre el que se agarraba a él: “Aprendí a nadar, pero más tarde,/ y olvidé muchos años aquel día./Ahora que ya nunca nadarás,/veo a mis pies el agua azul, inmóvil./ Comprendo que eras tú quien se abrazaba/a mí para cruzar aquellos días.”
Ocurre siempre, incluso en los mejores poemas, nacemos sabiendo agarrar pero tardamos media vida en volver a saber hacerlo.

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