May 15, 2019 at 09:36AM

Dos cosas.
La primera: “Queda mal decirlo pero, a la hora de aparearse, hay evidencias que convendría no perder nunca de vista. En general, la unión de dos personas suele presentar descompensaciones evidentes de belleza, estatus o inteligencia. Yo perdía en las tres comparaciones”.
Esto lo cuenta Sergi Pàmies, pero muchos conocemos esa sensación. Unos años atrás tuve un novio tan guapo que cuando iba paseando por él por la calle solía pensar en aquellas cámaras ocultas que ponían antes en los programas de televisión y que terminaban revelando aquello que ya nos temíamos: que estábamos siendo víctimas de una broma perversa.
La segunda: en una entrevista a raíz de la publicación de su novela, ‘Después de Kim’, Ángeles González Sinde abordaba temas relacionados con el duelo y la pérdida. Entre ellos, una idea maravillosa. “Quienes hablan tanto del primer amor es porque no conocen el último”.
Es cierto que le damos muchas vueltas a ese amor idealizado de los inicios y ese sentimiento da para libros, poemas y canciones. Cuando mi tía abuela tuvo un ictus, ya muy mayor, se había echado un novio que hizo guardia al lado de su cama durante meses. Cuando iba al hospital a visitarla y los veía a los dos juntos solía pensar en eso, en que nos encanta teorizar sobre el amor de nuestras vidas, pero que nunca lo hacemos con esa perspectiva que ofrece la cama de hospital y los ochenta y tantos.
Estos días pienso que deberíamos pedirles justamente eso a los amores, que sean últimos, no en el sentido de que ya no haya más sino en el de que sean amores que se queden.
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