May 12, 2019 at 10:52AM

“En mi próxima reencarnación es posible que no me apetezca volver a ser la hija de un Escritor Famoso”, habla Scottie, la hija de Francis Scott Fitzgerald, en ‘Cartas a mi hija’, un volumen de cartas que me acompañó ayer en el tren hasta esta ciudad, Madrid. Contaba Scottie que los pintores son la única gente igual de insufrible que los escritores.

En el prólogo a estas cartas absolutamente maravillosas –“la grieta no la tienes tú, Scottie, la tiene el cañón del Colorado”, le dice–, Scottie trae a colación un gran tema: lo solitario que es este trabajo de escribir. Porque lo cierto es que no hay nada que uno pueda hacer para ayudar a un escritor. Por ejemplo, el presidente de una compañía puede contratar a un adjunto, un editor con una carga de trabajo excesiva, a un asistente, pero, ¿quién rescata al que se ha quedado atascado en una frase, al final del capítulo, de la novela?

Algunas veces, lo que más desearía en el mundo es que alguien pudiera terminarme un párrafo, un relato. Decir, “me voy a dar una vuelta, ¿puedes decidir qué ocurre entre ellos? Sabes tanto del tema como yo, y si no te sale, búscalo en Google”. Escribir es difícil, entre otras cosas, porque no hay mapas ni direcciones. Eres tú todo el tiempo, tantas veces tú –como en aquella novela de Bryce Echenique llamada ‘Tantas veces Pedro’–. Ayer salí de la parada de metro de Lavapiés y, al levantar la vista lo vi en la fachada del teatro Valle Inclán. Pensé que mi pasión desmedida por los mapas procede, en realidad, de ese mantra –usted está aquí–, de la ilusión de la coordenada y la ubicación, de que alguien, si estás perdido, ya sea en la vida o en un párrafo, te pueda decir en qué lugar preciso te encuentras.
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