April 03, 2019 at 06:56PM

Me gusta visitar una imagen preciosa que recuerdo de un poema de Joan Margarit.
Una mujer aparca en una calle cerca del mar. Baja del coche y, de la parte de atrás, saca una silla de ruedas. En ella coloca al chico y, empujándola suavemente, se dirige al mar. Entra en la playa por el pasadizo que forman las tablas de madera, pero el pasillo no llega hasta el mar sino que se detiene abruptamente a falta de algunos metros.
Entonces, la mujer coge al chico en brazos y sus pies, los pies del chico, dejan surcos en la arena conforme avanzan hacia la orilla.
Y los surcos son tristes, creo, porque hablan justamente de esos últimos metros en los que a veces se va difuminando, lenta, la vida.

Pero lo que no es triste es el amor.
Porque el amor es justamente el que recorre esos últimos metros –aunque la arena arda, incluso aunque arda– y, al final, cuando termina el poema y empieza la vida, puedo imaginar a la mujer que, firme, sigue sosteniendo al chico en la orilla.
Todo está escrito en esos últimos metros: quien se detiene en la comodidad de las tablas de madera, no llegará nunca al principio de las cosas.
El mar no empieza nunca en el espigón.
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