March 26, 2019 at 04:17PM

Andar por los callejones soleados de Gràcia un martes cualquiera y escuchar, así en aleatorio, a Quique González, me hace volver al verano de mis veinticinco. Verano que se condensa, en mi memoria, en dos semanas en el Algarve, vacaciones sin ordenador, pero con Quique, claro, y con una amiga, de playa en playa, quemándonos siempre a pesar de la protección, llenas de picadas de mosquitos y sin dinero, pero las dos –cada una por su parte– completamente enamoradas y hablando de los respectivos en un bucle eterno mientras Quique vuelve a sonar.
Y como Quique González me recuerda a eso, a estar de vacaciones y complemente atontada, por eso, a Quique me gusta escucharlo cuando hace sol o cuando necesito que haga sol.
Aquel verano de mis veintincinco estábamos tan fuera de la realidad –tan absortas por aquella historia que luego, todo hay que decirlo, no nos salió a ninguna de las dos– que no nos enteramos ni siquiera de que en Portugal el reloj se atrasa una hora. De manera que estuvimos quince días viviendo con una hora de retaso –mental también– y esta mañana, cuando ha vuelto a sonar Quique y hacía sol he pensado que enamorarse tiene algo de no mirar el reloj, de vivir en otra hora, en la tuya, y que eso, además, te dé absolutamente igual.

Y estas flores de la foto son Pensamientos. Qué mejor título para toda esta historia de devaneos, veranos y de Quique, y de cuando hace sol en modo aleatorio.

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