March 20, 2019 at 09:29AM

Lo bueno de los días malos es que suelen terminar mejor de lo que empiezan. No hay ninguna pauta acerca de cómo se tuercen, pero en la escalada del desastre –cuya etimología, según leí, tiene que ver con “caos en los astros”– los eventos más significativos suelen desarrollarse por la mañana y toman una fuerza inusual conforme va avanzando el día.
A lo que iba. El día de ayer no mejoró ni con la tostada de nocilla de dos colores de la merienda, ni con el gimnasio a media tarde con las jubiladas del barrio –nena, y qué haces aquí hoy tan temprano–, ni mucho menos con mi intento de pintarme las uñas –que terminó con las cutículas rebozadas de pintura roja porque nunca he tenido pulso–.
Y sin embargo.
Existe una regla de oro para estos días: siempre ocurre algo muy bueno al final de lo malo. Algo que me lleva a aquello que decía mi abuela, que Dios aprieta pero no ahoga.
Una amiga me había recomendado un libro que me llegó por correo por la mañana. Ya en la cama, al borde del drama, lo abrí y, al ver la primera página, me quedé muda. Encontré aquel párrafo que leí hace años, el párrafo del que hice una captura de pantalla y me acompañaba sin haberlo podido ubicar. “He dado la vuelta al mundo”, empezaba.
Por fin te tengo, Antonio Orejudo, me dije. Allá vamos.
Me cubrí con la manta y me olvidé de las uñas rojas, los días raros, y del último martes de invierno. Después, me dormí con el libro en el otro lado de la cama sabiendo que por fin lo había encontrado.
Y hoy es miércoles, pero ya de primavera. Y sí, los libros también te encuentran a ti.

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