February 24, 2019 at 07:07PM

En sus memorias, llamadas ‘Things I don’t want to know,’ Deborah Levy cuenta que uno de los signos inequívocos de que no estaba pasando precisamente por su mejor momento fue que cada vez que se subía en unas escaleras mecánicas –cualquiera– se ponía a llorar. No ayudó aquella manía suya, la de leer por error ‘The skeletal system’ donde siempre había leído ‘The societal system’. Pienso en Levy desde este tren que regresa del norte y querría decirle que no está sola. Que yo no lloro en las escaleras mecánicas pero que siempre, siempre, siempre, leo autopsia donde simplemente pone autopista.
En este tren que me lleva a casa, mientras voy sentada en sentido contrario a la dirección de la marcha –en un baile de pies continuo con la señora de delante, tropezando con su bolso, ella con mi ordenador–, suenan los Planetas: “Quizás algún día pueda olvidar la oportunidad que no tuve para conocerte más”. Qué difíciles de olvidar esas cosas: lo que no ocurrió, lo que casi ocurrió, lo que quisimos que ocurriera. El territorio de las posibilidades perdidas es insondable, en él cabe absolutamente de todo porque, en realidad, no está lleno de nada.
Ayer conocí a una artista a la que admiro mucho y, haciéndole una entrevista, le pregunté por la felicidad. Me respondió que para ella, la felicidad estaba en poner, en todo, el amor por delante. Hoy me quedo con esto. Para Deborah Levy y para todos los que leemos autopsias donde solo hay autopistas. Para la señora de delante que está aprendiendo a usar Instagram y sabe “poner corazones” pero no comentarios. Para las letras de las canciones de los Planetas, y más en un domingo por la tarde yendo en sentido contrario a la dirección de la marcha.
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