January 12, 2019 at 10:38AM

El poema de Joan Margarit empezaba: “Habernos conocido/ un otoño en un tren que iba vacío”. No era otoño, era invierno –porque era ayer–, y el vagón de tren iba lleno de gente que regresaba. Iba sentada en sentido contrario a la marcha y, desde ahí, los veía a todos como si formaran un universo de gestos, risas, conversaciones y tecleo disimulado en el portátil. En la televisión colgada del techo se sucedían imágenes de una comedia que había visto en el cine.

Leía a trompicones y, entonces una amiga me contó que alguien bueno, alguien a quien conocíamos, se había marchado de manera inesperada.

Desde el atalaya de mi asiento en dirección contraria a la marcha, me quedé conmocionada. Como siempre ocurre, la vida seguía para los que estaban en el vagón de tren. El mismo tecleo, las mismas sonrisas. A través de mis auriculares sonó una cacnión que dice “tengo un plan, salir corriendo hasta que todo se arregle”. Y quise que las canciones fueran, por un momento, tan reales como los poemas. Que el tren volviera hacia atrás o que correr –aunque fuera por una vez, aunque fuera en la dirección equivocada- sirviera para escapar a los días raros.
Fuera, la luna se reflejaba en los cristales fríos de las ventanas del tren, de la vida, y volvía a mí un pensamiento trillado pero certero: sabemos que estamos aquí pero no sabemos hasta cuándo. Y son extraordinarios y maravillosos estos días que tenemos, así que hagamos algo bueno.

Volví a Margarit, “Los poemas, que son cartas anónimas/ escritas desde donde no imaginas/ a la misma muchacha que un otoño/ conocí en aquel tren que iba vacío”.
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