January 09, 2019 at 12:39PM

Enroscar el cable del teléfono mientras hablas con la abuela. Sentirte mayor al marcar en la ruedita los números que te dicta tu madre. Escuchar la voz querida, descifrarla a través de las interferencias, de la lejanía y de la lluvia.

Las cabinas.

Las cabinas telefónicas. Esos refugios, peceras acristaladas que servían para decir solamente “ya llego, que se me ha hecho tarde”. “De qué querías la tarta”, o eso otro, que “estoy aquí, fuera de tu casa, que no me he ido ni me iré”

Las llamadas.

Porque hay gente a la que solo llamábamos en santos, cumpleaños y fiestas de guardar. Gente a la que no llamamos y quisiéramos llamar –¿sigues ahí?–. Gente que no puede ponerse al aparato, que no quiere, que no sabe. Gente a la que no sabes colgar –cuelga tú–. Gente cuyo número aún recuerdas hoy, que ya no llamas, que ya nadie llama, que ya no os llamáis. Gente que no llama por el miedo de que sea otro quien atienda el teléfono. Gente que ya no puede llamar, porque está muerta, desaparecida o porque vive en una permanente ausencia de cobertura.

Antes, cuando teníamos teléfonos con cables que se enrollaban, siempre había cobertura.
¿Sigues ahí?

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