December 11, 2018 at 06:08PM

Terminé hace unos días un libro llamado ‘Aprender a hablar con las plantas’, un libro que no va de plantas –o muy poco–, pero sí de lo que hacemos con los que se van, de esos duelos que uno hace a trompicones, como si no quisiera avanzar del todo porque avanzar quiere decir sobrevivir y hacerlo es, a la postre, asumir que el otro, el que se marcha, no va a hacerlo.
Lo terminé de vuelta a Barcelona, en el interior de un avión que se zarandeaba sobre el Atlántico y, cuando fui a sacar un bolígrafo del bolso, se me cayó el monedero y, de su interior, voló una notita escrita en papel cuadriculado. Ponía: “Aceite, tomate, naranjas”. Detrás, aunque tachado, “podólogo”. No es mi lista de la compra, no, sino las palabras de alguien que no está y las llevo –aceite, tomate, naranjas– como si un día pudiéramos volver a hacer la compra juntos.
Años atrás, un chico que fue mi noviete de juventud, después de que yo me marchara a vivir fuera, me escribió un mensaje que decía: “He pasado por delante de tu bar de la piscina. Ya sabía que no ibas a estar y, sin embargo, he entrado. Qué tonto, ¿verdad?”.
No sé si le contesté, ahora sé que le diría que a todos nos ocurre eso alguna vez, que regamos las plantas ajenas, incluso hablamos con ellas si hace falta. Que llevamos en la cartera fotos o palabras que dicen naranjas y aceite, y entramos en bares que nos recuerdan a alguien, por si está ahí, aunque sepamos que está a miles de kilómetros de distancia.
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