October 25 2018 at 04:01PM

En el reverso de un libro, en letras rojas, sangrantes, se leía: “Nadie sale ileso de la infancia”.
En realidad, nadie sale ileso de nada, ni del hecho mismo de nacer.
Por ejemplo.
Dentro del útero materno el bebé no respira por los pulmones porque están llenos de líquido amniótico. Obtiene el oxígeno a través de la sangre que le llega por el cordón umbilical, es lo que llamamos respiración fetal.
Para llegar a este mundo, el bebé tiene que atravesar el canal del parto: la estrechez del canal comprime su tórax y le ayuda a eliminar el líquido de sus pulmones. Una vez fuera, el aire entra por primera vez de forma pasiva en sus pulmones y le provoca un estímulo que genera un llanto.
Este llanto que coincide con su primera inspiración es muy beneficioso para él porque le ejercita los pulmones. En ese momento se dan unas modificaciones en el organismo del bebé que le ayudan a realizar el cambio de respiración: se cierran ciertas comunicaciones del corazón y la sangre, que no llegaba a los pulmones, comienza a oxigenarse en ellos. Se establece así la respiración adulta y se abandona la fetal.

Nacemos llorando, pero el llanto a veces es beneficioso.
Se cierra una etapa, se abre otra.

En el reverso de un libro, en letras rojas, sangrantes, se leía: “Nadie sale ileso de la infancia”.
Crecemos todos, incluso Wendy. Y las infancias nunca duran, pero todo el mundo se merece una.
(📷 @delfigronda )
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