October 19, 2018 at 04:01PM

Llevo unos meses trabajando en uno de los proyectos de los que más orgullosa me siento. Es un proyecto acerca del cáncer en el que me dedico a escribir para contar historias que nos acerquen a las realidades de todos los que están pasando o han pasado por la enfermedad.

En junio estuve unos días en el hospital pasando consulta con un equipo de oncólogos maravilloso. Me hablaron de índices tumorales, de toxicidades, de la quimio, de las biopsias. Conocí a muchos pacientes y pasé rato hablando con ellos. Padecían cáncer de cabeza y cuello, uno de los tipos de cáncer más estigmatizado y desconocido. Aprendí –un poco– cómo se hacían las traqueotomías y acabé logrando descifrar las palabras de los que ya no tenían voz.

Recuerdo aquellos días como una auténtica lección en todos los aspectos.

Esta semana escogimos de entre todas las historias recopiladas, las que nos habían impactado más. Y ahí estaba la de Luisa, cómo no. Una mujer dicharachera y encantadora con la que estuvimos hablando largo rato acerca de lo buenos que estaban los huevos fritos cuando mojabas la yema con patatas. Desde entonces, cada vez que me hago un huevo pienso en ella. Así que la llamamos por teléfono para quedar de nuevo, pero no nos atendió. Ayer, su marido nos llamó para decirnos que Luisa se había muerto.

No pretendo hacer un post lacrimógeno, estoy segura de que Luisa no lo querría. Solo que hoy es el día del cáncer de mamá y llevo rato pensando en Luisa y en los que están ahí, dando lo mejor de sí mismos: enfermos, oncólogos, familiares, amigos.
Desde aquí, desde este bar, le mandaría un huevo frito y un beso grande a Luisa. A los demás, otro beso y fuerza. Y gracias a todos por la valentía y el ejemplo.
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