The Standard Rooftop Bar

Hace tres años estaba aquí y la novela no, y paseaba por estas calles pensando en qué iba a hacer yo con el resto de mi vida, pensando también en la protagonista de estas páginas, que se llama Laura, y que tampoco sabía qué hacer con el resto de la suya.
Tenía amigos, reía mucho y me gustaba ver anochecer desde el río. Comía a menudo en mexicanos baratos, probé el lobster roll sin que llegara a gustarme e intenté aficionarme al pastrami de Katz, aunque solo fuera por hacerme la foto.

A veces, sin embargo, al llegar a casa por la noche, cuando encendía la luz y me sentaba frente al ordenador, me quedaba en blanco sin saber si una novela es un recipiente, un deseo o la cáscara vacía de todas esas vidas que no llegamos a vivir.
Entonces había un chico y el chico, como yo, tampoco sabía qué hacer con el resto de su vida. En la novela, a veces hacía que el chico dijera lo que a mí, a la chica de fuera de la novela, le hubiera gustado escuchar fuera de la novela. De manera que me inventé un chico y una historia porque no hay nada como la ficción para que la realidad termine bien.

Ahora vuelvo a Nueva York con la novela en el bolso, sin el chico y sin la historia, y me digo que construimos ficciones para entendernos mejor a nosotros mismos, para volvernos a preguntar, la próxima vez, ante la próxima hoja en blanco si esto –la novela y nosotros- era lo que queríamos hacer con el resto de nuestra vida.

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