August 08, 2018 at 12:07PM

A veces desearía ser como el protagonista de ‘El barón rampante’: un señor que un buen día decide mudarse a un árbol para pasar el resto de su vida sin pisar tierra firme.
En esta fotografía estival a cuarenta grados, desde lo alto de una palmera del paseo Lluis Companys de Barcelona, veo algunas cosas: cuatro mirones (cinco conmigo), tres burbujas, dos novios y un beso.
Las burbujas son la infancia y la infancia es también pringarse la camiseta tratando de beberse lo que queda del Calipo de fresa.
Las burbujas simbolizan lo maravilloso y lo extraño, la ilusión llena de aire. Flotan unos instantes pero se marchan veloces.
Dicen que las cosas importantes de la vida, para ser buenas tienen que ser ligeras. Así ocurre con el amor. Pero hablamos de una ligereza distinta, como si las burbujas pudieran quedarse un ratito más, ese ratito que se llama siempre.
También dicen que la vida termina siendo una mezcla entre lo que desearías que ocurriera y lo que termina ocurriendo, así que a los novios y a las burbujas, desde lo alto de una palmera del Paseo Lluís Companys de Barcelona, solo se me ocurre desearles que los vientos les sean favorables.
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