Bosque

La ciudad se había convertido en una cáscara. Y nosotros la observábamos, a la ciudad dentro de la ciudad, a la que se caía a pedazos con cada nueva tienda de lujo que construían, con cada turista que pedía a gritos una sangría y se probaba un sombrero mexicano typical spanish frente a la Sagrada Familia. Porque vivíamos en Barcelona aunque podríamos haberlo hecho en cualquier otro lugar. Y ayer, en una terraza que miraba hacia la montaña mágica, el Tibidabo, mientras todas las luces se encendían y adivinábamos las vidas de esos otros noctámbulos que se reunían en terrados y balcones, pensábamos, por ejemplo, que uno puede mirar al tiempo de dos maneras: como lo que ya no vuelve o como todo lo que está por llegar. Supongo que es la incertidumbre del futuro lo que produce nostalgia del pasado.

Pensábamos también –y sonaba Stereophonics o los difuntos The Postal Service– en las ciudades que habíamos habitado –Londres, San Sebastián, Madrid, Buenos Aires, Nueva York– , con sus calles y sus parques, sus historias. Alguno dijo que las echaba de menos, a las ciudades. Yo pensé, aunque no lo dije, que lo que uno echa verdaderamente de menos no es una ciudad sino a la persona que era cuando habitaba esa ciudad.

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