Desayunar un día cualquiera o ir al cine a ver la de ‘Disaster Artist’ y que no te guste (y te quejes). Viajar –porque hasta ahí nunca hemos ido juntos– al número 6 de la calle Varick, Nueva York, a la buhardilla donde Paul Auster escribió ‘El libro de la memoria’, la segunda parte de ‘La invención de la soledad’. Empieza “Un día hay vida”. Porque siempre hay vida. Oportunidad.

Ir al teatro a ver una obra que no entendamos.

París –aunque sea aburrido–, Londres, Erbil o una isla que nadie haya pisado.

Que llueva y solo tengamos un paraguas pequeño y eso sea suficiente. El amor, dicen. Que haya una ventana y después esté el mar. Que te llame y estés. Que tú y yo, que nosotros. O como decía Luis Alberto de Cuenca: “Vamos a ser felices un rato, vida mía,

aunque no haya motivos para serlo, y el mundo

sea un globo de gas letal, y nuestra historia

una cutre película de brujas y vampiros.

Felices porque sí, para que luego graben

en nuestra sepultura la siguiente leyenda: “Aquí yacen los huesos de una mujer y un hombre

que, no se sabe cómo, lograron ser felices

diez minutos seguidos.”

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