Istanbul, Turkey

Estos días hablábamos del poeta Ángel González porque se cumplen diez años sin él. Ayer, sin embargo, yo pensaba en un verso de Benjamin Prado que dice que quien derriba un puente construye un precipicio.
Y lo hacía desde un ferry que une las dos orillas de esta ciudad que se ha llamado Bizancio, Constantinopla y a la que ahora llamamos Estambul. Una ciudad dividida en dos partes, la que mira a Europa y la que descansa en Asia.
En la cubierta del ferry, mientras cruzábamos el Bósforo, mientras el viento y el salitre, mientras la gaviotas y los turistas, de repente, los vimos: eran delfines. Sus lomos brillantes, esas aletas simpáticas. Sus saltos. Tratamos de sacar el teléfono rápidamente para hacer fotos, pero desaparecieron sin dejar rastro.
Nos pasamos la tarde paseando por Üsküdar pensando en los delfines. En la suerte de haberlos visto y en la pena de no haberlos visto más. Pero también en los seis puentes de Estambul, y en que un puente no es otra cosa que lo contrario de un muro.
Quisimos regresar en ferry por si había suerte y volvíamos a ver delfines. Pero se nos escapó. Así que nos dimos por vencidos y cogimos el metro.
Contra todo pronóstico, ahí estaban para nosotros: los delfines.
Qué cerca están las cosas, aunque nunca lo sepamos.

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