Truco de magia

A veces, cuando introduzco la llave en la cerradura, cierro los ojos y, como quien espera el desenlace de un complicado truco de magia, imagino que estás en el sofá, con esas gafas tan horribles que te compraste. Con una cerveza. Escondiéndome –tú siempre me escondes esas cosas–, que te has fumado un cigarro aunque sepas que a mí no me importa.

Entonces pienso, sin abrir los ojos, sin terminar de girar la llave en el pomo, que sin ti las ciudades son monstruos de luces y el vino, ya ves, aunque lo pido afrutado, tiene un sabor extraño a óxido y a corcho mojado.

En la oscuridad, te pienso, deseo el truco y la magia, y te imagino en la cocina diciéndome que te equivocaste, que en vez de sal pusiste azúcar, y aprovechando ese momento de debilidad –tú nunca dices que lo sientes–, tal vez pueda persuadirte para ver una película juntos. Y que la película se llame El príncipe de las mareas y me digas que soy la misma moñas de siempre y entonces, sí, te rías –tú nunca te ríes ya– y yo me sienta feliz porque lo hagas.

Y quizás incluso, cuando bajes la guardia –tú siempre estás a la defensiva– pueda convencerte para mirar vuelos a destinos que no podemos permitirnos. ¿Vendrás de viaje conmigo, haremos un viaje juntos aunque tengas que madrugar, aunque haga frío? ¿Aunque yo nunca sea la que esperas o llegue siempre demasiado tarde?

No voy a abrir los ojos por si el truco y la magia, por si estás ahí, agazapado en el sofá, esperando viajes, tortillas y cervezas en lugares. Y por si –imagínate cómo podría ser–, podemos brindar, cuando abra los ojos, por todas las películas –que son muchas– que aún podemos ver juntos.

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