Uno empuja al otro

El guardián entre el centeno

Ayer me crucé con Jonathan Franzen y no me emocioné. (¿Puedo tocarte, Jonathan? ¿Qué se siente al ser el gran novelista americano?) También le podía haber rogado encarecidamente que intentara escribir libros que tuvieran menos de 700 páginas o que al menos lo hiciera en dos tomos porque si no, nunca estaba al día. Pero no se lo dije, claro.

Después, en una conferencia, escuché a Enrique Vila-Matas y me reí de sus inverosímiles historias a pesar de que ya las había escuchado más de una vez. Me reí aún más con Cristina Fernández Cubas (¿por qué no sabía yo que esta mujer era tan increíblemente graciosa?). En fin: libros, libros, más libros. Autores, agentes, editores… Las ferias nunca me acabarán de gustar del todo. Hay que hablar con demasiada gente, recordar todo lo que te dicen, lo que escuchas en los pasillos.

Al final del día, cansada, saco mi libretita y me bajo al hall del hotel. Hay un tipo que toca el saxo y la gente toma copas o pide ingentes cantidades de comida que dejan en el plato. Me pido un vino. No sé qué pensaréis, pero lo de tomarse un vino sola me parece algo parecido a un rito de paso. No es lo mismo que pedirte un café. Antes me daba vergüenza. Ahora me encanta hacerlo.

Estos días he estado acompañando a una autora que tiene setenta años pero que parece que tenga treinta. La edad, definitivamente, es una cuestión de espíritu. Disfruto escuchándola. Me gusta que me cuente su vida. Antes en el coche, mientras volvíamos al hotel, me ha dicho algo que quería escribir aquí.

–Te voy a contar algo muy cursi.

He abierto los ojos emocionada. Si era cursi me iba a gustar.

Cuando conoció a su pareja, hace treinta años ya, se hicieron una promesa, me la dice en euskera: Batak bestea bultzatzen du. Que en castellano quiere decir: uno empuja al otro. Cuenta que para ella, las parejas siempre tienen que sumar dos. A lo largo de su vida –piensa, Laura, que tengo setenta años y sé lo que me digo–, ha tenido ocasión de probar distintos tipos de combinaciones. Ser medio y tratar de apoyarse en un uno y medio. Ser  uno y medio y buscar solo un medio. Pero las cosas solo funcionan cuando es uno más uno. Y es uno que empuja al otro. Dice que se hicieron esa promesa y ella la bordó en punto de cruz en una tela que enmarcaron. Una tela que, treinta años después, sigue en la habitación.

En el hall, vino en mano, saxo de fondo, pienso en esto y en que tal vez sea ese uno de los secretos de la vida. No solo en las parejas. Ser uno entero en todo.

No sé por qué, a raíz de esto me ha venido a la cabeza un fragmento de El guardián entre el centeno. 

—¿Te acuerdas de esa canción que dice: “Si un cuerpo coge a otro cuerpo cuando van entre el centeno”? Me gustaría…

—Es: “Si un cuerpo encuentra a otro cuerpo cuando van entre el centeno” —dijo Phoebe—. Y es un poema. Un poema de Robert Burns.

Un cuerpo coge a otro cuerpo cuando van entre el centeno. Una metáfora, ¿no? Otra manera de decir “uno empuja al otro”. No al precipicio, sino en dirección contraria, para seguir adelante y seguir sumando dos.

 

3 Comentarios
  • Juan
    diciembre 2, 2015

    De Vila-Matas me contó un profesor de la universidad que cierto día estuvo tomando copas con él después de un acto. Al parecer, el tío estaba (seguirá estando, supongo) obsesionado con ser el Campeón de los Raros. En un momento dado, dio una palmada en la mesa y gritó: “¡Porque en esta vida no hay nadie más raro que yo!”. Un fenómeno.
    Muy buena entrada, Laura. Aplausos

    • Laura Ferrero
      diciembre 11, 2015

      Muchas gracias Juan. Y sí, Vila-Matas podría ser perfectamente el Campeón de los raros. Es un tipo taaan particular. Pero a mí me tiene robado el corazón!

  • Entre Madrid y Buenos Aires
    diciembre 3, 2015

    Obviando el punto de cruz, que probablemente ahora se haría una fantástica lámina con letras en washi tape, me ha parecido una bonita cursilería….
    Llevada al culmen en mi caso si añadimos que uno más uno son dos y además cinco… sin perder la esencia del dos.

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