Un padre, una hija y un tobogán

 

Tobogán

 

Llevo días sin saber qué escribir. Muchos días. De alguna manera, después de los atentados de París, cualquier cosa que pudiera decir o escribir me parecía banal. Recuerdo aquella frase –ya tan tópica e incluso trillada de Theodor W. Adorno– que decía que después de Auschwitz era imposible escribir poesía. Pues lo mismo.

Pero sí. Estos días todo me parece banal. Quejarme porque digo que no me salen las cosas. Quejarme porque no sé qué escribir. Porque hace calor. Porque Barcelona huele mal. Porque leo un libro que no entiendo. Porque me quiero ir a Groenlandia y no tengo dinero.

Entonces me repito:

Laura, cómo puedes quejarte. Tendría que darte vergüenza.

Y me la da. Claro que en ese momento empiezo a quejarme porque me quejo. En fin. Así somos de limitados.

Ayer tuve un día de perros. Salí a correr por la mañana –algo que no suelo hacer­–y de vuelta me encontré a una vecina cascarrabias en el ascensor.

–Ten cuidado con esto de correr

–Ya, es malo para las rodillas.

Me miró sorprendida:

–No. No lo digo por eso. Un amigo tuvo problemas la semana pasada.

–¿La cadera?

–No. Paro cardíaco. Murió. Se quedó tirado en una cuneta de la carretera de las Aguas. Todo por correr. Y tú tampoco eres tan joven ya.

Tal cual.

El día se fue complicando a medida que avanzaba la jornada. Todo mal. Hay días así, de aquellos en los que los astros o lo que sea que esté ahí arriba, se confabulan para que al llegar a la noche estés dudando de si retirarte al monte a criar ovejas o irte a poner mojitos a una playa desierta. Sí, la segunda opción es claramente mejor. Y a todo eso le añadía el hecho de que, pegada a las noticias, me sintiera mal por estar peleándome con el mundo. No tenía derecho, me decía. Sin embargo, lo estaba haciendo. Al mediodía cogí la moto y me fui a la oficina. Cuando estaba a punto de llegar se me cayó el tornillo de la mampara de la moto y tuve que parar en medio de Vía Augusta para tratar de arreglarlo. Pero no tenía destornillador. Y nada. Seguí con la moto a veinte por hora para que la mampara no se me cayera en la cabeza. Iba tan despacio que un par de niños pequeños me saludaron con la mano.

Cuando llegó la noche, encerrada en el despacho aún, habiéndome peleado no solo con el mundo sino también con compañeros y amigos, cerré el chiringuito y me fui a una pastelería que hay al lado del trabajo. Me dije: bueno, por lo menos no he acabado en el Zara fundiéndome lo que me queda de la tarjeta.

Me pedí una ensaimada y un Cacaolat. No sé qué pensáis al respecto, pero el Cacaolat es de las cosas que más me gustan del mundo.

Me fui al parque que hay delante de la pastelería, en Plaza Sarriá. Eran las ocho y cuarto. Me senté en un banco. El pseudo parque estaba casi vacío. Solo había un padre que jugaba con una niña que debería de tener cinco años. Me quedé ahí un rato, observándolos. Con el Cacaolat vacío ya y sin rastro de la ensaimada. El padre, la niña y yo.

Estuve a punto de pedirle que me adoptara.

No ocurrió nada grandilocuente que me salvara el día. No hubo una señal que recondujera mi mal humor. Ni alegorías o metáforas. No aparecieron caballos blancos salidos de la nada ni acabé tirándome por el tobogán rememorando mis tiempos de infancia. Solo que sentada ahí, viendo a la niña ilusionada subiéndose en el tobogán una y otra vez –cómo nos gusta repetir las mismas cosas de niños– pensé que por mucho que no lo entendiera, la vida seguía para todos y en todos los lugares. Y que no sabía si era justo, pero que era así.

En fin.

Al llegar a casa seguía sin saber qué decir. Sobre qué escribir. Me acordé de una frase de Sábato en Sobre héroes y tumbas:

“¿Te das cuenta de la cantidad de sufrimiento que ha tenido que producirse en el mundo para que se haya hecho música así?”

Pensé en el parque, en la niña, en el tobogán. En París. En el sufrimiento. Y en lo absurdo de la vida que pese a todo continuaba.

 

4 Comentarios
  • Gustavo
    noviembre 24, 2015

    Hola Laura! Soy Gustavo de San Juan, provincia de Argentina. Hace bastante leo lo que publicas y siempre digo “ya voy a comentar”, (de postergar las cosas!) bueno acá estamos…
    Encuentro una simpleza tan atractiva en lo que escribes que continuo leyendo cada semana!! Se siente una sinceridad enorme y hasta las cosas mas vergonzosas que muchas veces callamos, vos las expresas con una simpatía genial!!
    Llegue a este blog de casualidad, leyendo en internet de todo un poco. Digamos que me choque con la lectura de grande. Tengo 29 años, estudio arquitectura y ahora leo libros.ja!!
    Saludos !!!!!

  • Marta Pascual
    noviembre 25, 2015

    Laura,

    Pero qué texto tan necesario con lo rodeados que estamos de desayunos cuquis, manoplas sujetando cafés y niños sonriendo siempre bajo puestas de sol.

    Hace unos días, la hermana de una compañera del trabajo se incorporaba al mercado laboral (te has dado cuenta del horror de frase? MERCADO laboral?) total, que nos contó que su hermanita del alma, la niña risueña de 22 años, volvía a casa llorando a diario. El chasco de la vida, pensé.
    Y es que nadie nos ha preparado para 8 horas de oficina y 3 semanas de vacaciones al año. No me llames ceniza, soy una disfrutona, y más después de 2 años en el Chad. Pero el susto y el chasco existen. Y nadie, absolutamente nadie nos habla de él.
    El ir encontrando nuestros pequeños placeres a diario acaba convirtiéndose en un juego divertido (una copa de vino al llegar a casa, organizar una cena un jueves, empezar libro), pero el susto dura bastante, no crees?

    Sigue escribiendo que me flipa como lo haces!!

    Un besote ahora desde Barcelona ;)

    Marta

  • Entre Madrid y Buenos Aires
    diciembre 3, 2015

    Me has tocado de lleno en el corazón…
    Me atrapaste en tus redes

    • Laura Ferrero
      diciembre 11, 2015

      Muchas gracias!

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