Café con viento

 

 

Es una escena en la que la música acompaña. Hannah está dentro de un coche, vuelve a su ciudad, Nueva York, después de dejar atrás su sueño de estudiar creative writing en Iowa. Pensativa, mira por la ventana dentro de un taxi que cruza el puente de Brooklyn. Suena We belong (You belong to my heart/ Before you came…), lagrimilla cursi de miércoles-noche-sola-en-una cama-grande, pensamientos trascendentales, bla bla bla. Total que Hannah regresa a casa de nuevo, a su apartamento en el que ha dejado a Adam, su ex novio, un actor que empieza a triunfar en Broadway. Me gusta la escena. Claro que cuando abre la puerta de su apartamento, una rubia monísima llamada Mimi Rose le da los buenos días. Fin de la música inspiradora. Bienvenidos al mundo real.

Me he levantado acordándome de esa escena, de Hannah y del puente de Brooklyn. Sé que ver ‘Girls’ no es tan glamuroso como ver ‘The Wire’ o ‘True detective’. Pero a partir de ciertas horas de la noche si no hay amor o dramas, me duermo. Me he levantado pensando también que no sabía qué escribir, que me había quedado sin ideas. He culpado a la rutina y a Barcelona. A la semana de llegar y ya me estaba quejando: todo era lo mismo. Mientras me lamentaba, me preparaba un café. Había llenado la taza hasta arriba de leche y luego la había puesto en el microondas. Treinta segundos. Todo estaba perfectamente calculado. Sin embargo, al sacarla, le he dado un discreto golpecito. Pero la maldita taza –que no yo– ha perdido el equilibrio ladeándose hacia la tostadora, que estaba justo pegada al microondas y en cuestión de unos segundos la encimera, la tostadora y yo nos hemos visto arrollados por un torrente sin fin de café con leche en una taza XXL. Shit. Drama cotidiano.

Nunca he sido de las que saben hacer dos cosas a la vez. O me quejo o me hago un café, pero los malabarismos acaban en tragedia. Me ha venido a la cabeza Saul Bellow y su libro Herzog, que aborda la ridícula vida de un profesor universitario, Moses Herzog, un hombre frustrado que después de su segundo divorcio –su ex le ha dejado por un colega– se toma su revancha personal contra el mundo escribiendo cartas a grandes genios de la historia, la mayoría de ellos muertos ya.

“Querido doctor-professor Heidegger. Quisiera saber qué intenta usted decir con la expresión ‘la caída en lo cotidiano’. ¿Cuándo ocurrió esta caída? ¿Dónde estábamos cuando ocurrió?”

¿Que dónde estábamos? Yo preparando un café, no sé Herzog. He dejado la cocina medio empantanada porque ya llegaba tarde y he salido corriendo. Al salir a la calle me he dado cuenta, con terror, de que hacía mucho viento y de que la ecuación 200 kilos (moto) vs 45 (yo) no me iba a resultar particularmente favorable. Y menos con una blusa que, conforme iba avanzando por las calles, se hinchaba como un globo.

La escena era un poco dantesca. Aunque no nos engañemos, ir en moto con viento da un poco de miedo. Sobre todo cuando una va pensando en que tiene miedo y se va regocijando en eso. Porque es cierto que cuando soplaba el viento pero me distraía pensando en cualquier tontería o trataba de no quedarme sin blusa, no ocurría nada. Sin embargo, cuando me acordaba de que tenía miedo, me era más difícil avanzar. Tenía miedo de caerme.

Resumiendo: me han pitado un par de veces pero he llegado sana y salva a la oficina. Seguía pensando en el puente de Brooklyn, en una cocina llena de café y en la caída en lo cotidiano. Pero sobre todo, pensaba en el viento y el miedo. Cuando hace viento, lo peor es tener miedo, es la manera más fácil de caerse.

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