Todos tenemos piscinas vacías

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Esto de la autopromoción es difícil para los que somos tímidos. Así que no lo voy a ni a intentar. Solo quería decir que estoy feliz porque después de muchos años de dudas: publico o no publico, qué cursi, esto lo quito, etc, al final he decidido publicar (autopublicar) este libro de relatos que empecé cuando cumplí los 25. Recuerdo esa fecha porque soplé las velas y en un arranque de cursilería me eché a llorar: me estaba haciendo mayor. Llevaba años dando tumbos, algo típico en mí, sin saber lo que quería pero moviéndome siempre mucho, viajando, conociendo. Me quejaba de que quería un trabajo fijo pero siendo justos era imposible que lo tuviera: me dedicaba a desaparecer constantemente. Y eso, aunque pueda parecer poético, nunca lo fue. Supongo que todos nos pasamos la vida buscando nuestro lugar. A algunos nos cuesta más. En esos viajes conocí a mucha gente que me contó su historia. Viajar sola tiene algo maravilloso: que te acercas a gente distinta, a gente a la que nunca hubieras conocido. Cuando llegaba a hoteles -lo de hotel es un eufemismo…– como estaba sola y a veces me daba vergüenza “salir” (¿Iban a pensar que viajaba sola porque no tenía amigos?), empecé a escribir. A anotar. Fui poco a poco. Primero notas en las libretas que llevaba en la mochila. Después las transcribía al ordenador.

Un día, un chico me dejó (¡ay, el desamor!) y ante la sorpresa y la pena, me dije que nos pasamos la vida desperdiciando mucha energía dándole vueltas a cosas ya innecesarias. ¿Y si pudiéramos hacer algo distinto con la pena? Entonces decidí escribir. Al principio lo hice como un diario. Luego leí ‘Prennez soin de vous’, de Sophie Calle y aquello me impactó. Calle le había dado la vuelta al dolor y yo, a lo Bridget Jones, me dedicaba a comer helado viendo películas infumables de cine iraní para al menos, ser más culta.

Estos relatos surgieron de todos estos pensamientos. De la necesidad de hacer algo con el dolor ajeno pero también con el mío. También con nuestros recuerdos porque como decía Borges: “Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos.”

Estos relatos están llenos de espejos rotos, de deseos inútiles, de todo lo que dejamos de hacer. Sobre todo, de esas vidas paralelas que no nos atrevemos a vivir. Porque cuando viajaba y entablaba conversación con alguien, me daba cuenta de que, al contarme su vida, no me hablaba de trabajo, de ese jefe al que no soportaba, de la carrera que hubiera querido estudiar. No. La gente solía hablarme de los que se habían ido. Parejas, padres, amigos de infancia. Del amor. De todas las cosas hubieran querido hacer. De las piscinas vacías que todos escondemos en nuestro jardín. Supongo que me veían jovencita y me daban consejos que yo apuntaba. En resumen me advertían: hazlo o no lo hagas. Pero no lo intentes.

Así que no me enrollo más. Sé que los libros no tienen que explicarse, pero a mí me apetecía hacerlo porque este es un libro especial. Lleno de imperfecciones (es lo que tiene editarlo uno mismo) pero lleno de esas pequeñas cosas que nos pasan a todos.

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6 Comentarios
  • Juan
    mayo 27, 2015

    Si son cuentos del estilo de aquel “Pan de Molde” entonces merecerá mucho la pena. ¡Enhorabuena!

    • Laura Ferrero
      mayo 28, 2015

      Pues son muy parecidos aunque ya me dirás… algunos son de hace tiempo, otros más actuales… en fin! ¡Espero que lo disfrutes!

  • Laura
    mayo 28, 2015

    No he podido sentirme más identificada con todo, tanto que asusta. Hasta compartimos nombre.

    Ya tienes una compradora. Ánimo y a perseguir los sueños!

    • Laura Ferrero
      mayo 28, 2015

      Qué bien. Ya me dirás qué te parece, espero que te guste. Un abrazo

  • Bea Sobrino
    mayo 29, 2015

    Tantas, tantas, taaaantas ganas de leerlo ;-)

  • Juan Carlos
    mayo 31, 2015

    Enhorabuena, Laura. Yo también autopubliqué un libro y aunque no vendí nada (ni falta que hacía, solo lo hice por mí), solamente esa sensación de “haberlo hecho”, que duró dentro de mi corazón durante mucho tiempo, mereció la pena. Esa sensación de haber sacado algo de dentro, algo muy tuyo, muy íntimo y ponerlo a la vista de todos, da un poco como vergüenza y orgullo a la vez.
    Dejamos trozos de nosotros mismos en los demás y cuando los escribimos toman cuerpo propio.

    Un abrazo.

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