La verdad de las mentiras

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Toda la verdad sobre las mentiras es un título tan bueno que querría habérmelo inventado yo. Pero da la casualidad de que José Antonio Palomares se me ha adelantado. Id a cualquier librería y lo veréis. Ahí está, es un libro de color ‘verde agua’, como aquel título tan precioso del libro de Marisa Madieri.

Lo reconozco: lo cogí de la mesa de novedades porque era bonito. Pero no lo compré ni mucho menos por eso, sino porque en la contra, con una letra que simula la infantil se lee: “¿Cuál fue la mentira más grande que tus padres te contaron?”. Touché. A todos nos contaron unas cuantas, quiero pensar que bienintencionadas. Lo cierto es que con esa pregunta el libro ya me cautivó. Me habían contado que la voz del narrador, un niño de once años, es capaz de trasladarnos a esa España de los setenta, al colajet, al sabor de los donuts de antes, al anuncio de Soberano. También me dijeron que había una extraña ternura en el narrador, de esas que no son cursis, de las que te recuerdan a tu infancia, a tus propios padres. No se equivocaban.

Toda la verdad sobre las mentiras es la historia de Ángel, un niño que se hace mayor aprendiendo lo que significa tener un padre alcohólico, y haciéndose cargo de todas las mentiras que hay tras frases aparentemente banales. Qué difícil es todo este asunto de la familia, cada una con sus códigos y rutinas, pero familias al fin y al cabo. Yo nací un poco después que Ángel, pero viví, como él, pendiente de los donuts –normales o de chocolate–, del fútbol –mi debate interno entre Ronald Koeman y Hristo Stoichkov duró años– o angustiada por no saber decidirme entre el Popeye de fresa o el de naranja. Pero el libro de José María Palomares no es una recopilación de anécdotas; es un camino que nos lleva a revisitar la propia infancia. Recordamos no sólo que a los chicles Boomer se les iba el sabor en dos minutos, sino que los padres a veces discutían o que un día, el abuelo se puso malo. Y lo recordamos mediante anécdotas aparentemente insignificantes, por melodías de un anuncio en televisión, por el olor a pies de una bolsa de Bolitas de Cheetos que un día dejó de existir en los supermercados. La vida está en los detalles, en los sabores, en el mordisco de un donut.

Es duro comprender que los reyes son los padres. Pero cuesta más asumir que los padres son como nosotros; que se equivocan. Y es difícil hacerse cargo de que para ellos siempre seremos niños y que por esa misma razón, querrán, de alguna extraña manera, protegernos con mentiras. Y claro, nosotros, para que no sufran, seguiremos diciéndoles mentirijillas. Es ley de vida.

Sin ir más lejos, esta tarde, cuando le he anunciado a mi madre que iba a coger la moto de nuevo, ha puesto el grito en el cielo.

–Laura… ¡tu no puedes conducir! ¡No estás centrada en lo que estás!

Ante mi asombro, mis quejas, mis ‘qué te piensas que yo solo puedo leer bla bla bla’ , me ha respondido algo que solo una madre podría decir.

–¡Pero es que te sigues olvidando los cepillos de dientes en todos los sitios a los que vas! ¡Eso es porque no estás atenta y… no puedes conducir!

 

La verdad: es difícil responder a eso. No he podido parar de reírme y llevo toda la tarde así. Lo queramos o no, para nuestros padres somos –¡a los treinta– la niña despistada que siempre se deja el cepillo de dientes, la misma que no sabe seguir la pelotita en el mapa del teléfono móvil. La verdad de las mentiras; eso mismo. Los padres son así: “No comas tanto azúcar que se te caerán los dientes”, “Come gambas que tienen fósforo y pensarás mejor”. Mentiras, bondadosas la mayoría. De todas maneras, la moto sigue ahí, aparcada. Así que eso: si soléis olvidaros los cepillos de dientes por ahí, no conduzcáis.

 

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