Todo está bien

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“Los padres nos conectan –por encerrados que estemos en nuestra vida- con algo que nosotros no somos pero ellos sí; una ajenidad, tal vez un misterio, que hace que, aún juntos, estemos solos” Mi madre, Richard Ford

 

En estos días de comilonas y turrones, uno convive –como en las vacaciones de verano- con aquellos a los que frecuenta diariamente pero de una manera más intensa. Las largas sobremesas y los tres días seguidos de comidas dan para pensar en muchas cosas como que en realidad no conocemos tanto a los que tenemos al lado. Siempre está el tío Pepito, la tía Charo y toda esa gente a la que solo vemos una vez al año, pero después están los padres, los abuelos, los hermanos y primos a los que vemos y creemos conocer. Aunque conforme uno va haciéndose mayor y se vuelve más atento a la realidad, se da cuenta de una cosa es saber ciertas cosas de la biografía de alguien y otra conocer de verdad –¿eso existe?– a alguien. Como el título de esa peli que me encanta: nadie conoce a nadie.

Ayer por la tarde me leí un libro que me hizo pensar en esto. Mi madre, de Richard Ford. Lo compré porque estamos más acostumbrados a que nos hablen de la figura paterna. Sin ir más lejos, se me viene a la cabeza Patrimonio, de Philip Roth, La invención de la soledad, de Paul Auster, o Tiempo de vida de Marcos Giralt Torrente. Me da la sensación de que fascina más la figura paterna, –a veces por la ausencia, a veces por la dificultad de acceder a ellos–. La cerrazón, la incapacidad de manifestar sentimientos o la separación, son características que históricamente se asocian más al padre que a la madre y que han fascinado a más de un escritor y escritora. Sin embargo, la figura de la presencia –la madre– se asume con naturalidad y ha dado menos material literario. Aunque esto, como todo, solo es mi opinión. Pero a lo que iba: compré el libro de Richard Ford porque estaba cansada de leer la vida de padres difíciles.

El título del libro lo dice todo. Se trata de una novela extrañamente corta –80 páginas– en la que Ford consigue abordar una vida que tiene muchos espacios en blanco. En realidad, él no sabe casi nada de su madre. Sabe lo que vio como hijo, lo que le contaron. Lo que fue experimentando. Hay conjeturas, diálogos rememorados y mucho de esa infancia en la que la madre le parecía una mera continuación de él mismo. Hasta que un día, Ford se dio cuenta de que su madre era algo más, una persona distinta, capaz de vivir una vida por sí sola y con una existencia auténticamente independiente. “Creo que esa vez fue la primera vez que me di cuenta de que mi madre era alguien más que mi madre, alguien a quien los demás veían y juzgaban”.

No hubo nada particularmente brillante o heroico en la vida de su madre. Pero Ford la recuerda como la mujer que aún sin ser nunca consciente, había inoculado en el hijo esa capacidad de ver más allá. Recuerda sobre todo, esa pregunta que la madre de Richard le hacía: “Richard, ¿eres feliz? Y cuando le respondía que sí, le advertía “Debes ser feliz. Eso es muy importante”.

Hay una escena que Ford relata y que, a mi juicio, es la que vertebra el libro y la relación con su madre. Una vez, ya en su juventud, con miedo a haber dejado embarazada a su novia, le cuenta a su madre lo que han estado haciendo a ver si hay riesgos o no. La madre, confiada, le dice que no hay ningún riesgo: “sospecho que mi madre no sabía mucho de esto, o bien que había entendido mucho más: que lo hecho, hecho está, y que toda preocupación y las explicaciones y la franqueza carecían de importancia”. Esa es la lección que Ford –y todos- tardamos casi una vida en entender: que preocuparse es inútil. Se tarda mucho en comprender que las cosas son así, que no se deshacen, hagamos lo que hagamos después.

No sé si Ford conoció mucho a su madre, al fin y al cabo lo de ‘conocerse’ es muy relativo. Pero llevo rato pensando en esa frase; la de que todo está y estará bien. No sé si es un acto de fe, solo sé que son esas las frases que nos conectan con las familias, con los padres, con todos los que se sientan con nosotros no solo en la mesa de Navidad sino también en la de la vida.

 

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