Hace tiempo y frío

 

Habían avisado de que esta semana las temperaturas iban a descender de repente diez grados. El invierno se anuncia por televisión como ocurre con la primavera en El Corte Inglés. A veces creo que también sería bueno que anunciaran la llegada de otras cosas en la vida por la tele: Laura, esta va a ser una semana estupenda. Pero cuidado con el martes, tal vez mejor ni te levantes de la cama. Pero no, claro.

El invierno empieza de muchas maneras. Cuando sacas el nórdico del armario. Cuando ya no puedes seguir yendo sin calcetines por la vida. Todos los inicios tienen una forma, incluso los de las estaciones del año. Ya se sabe que las cosas cambian en un día, también el tiempo. Pero para mí, la imagen del invierno es una fotografía de El guardián entre el centeno. Es Holden Caulfield en el lago de Central Park preguntándose dónde se van los patos cuando hace frío. Ese eterno Holden con su gorra de cazador roja que lleva a su hermana Phoebe a un carrusel de atracciones y que es feliz solo viéndola a ella girar,viéndola contenta, aunque llueva y sea invierno, aunque los nudillos de las manos le ardan. El frío me lleva siempre a ese chico imaginario a quien siempre espero encontrarme en un bar, de noche –un poco mayor que en el libro si puede ser- y que me diga, entre copas y humo, con voz de canalla: “Me paso el día entero diciendo que estoy encantado de haberlas conocido a personas que me importan un comino. Pero supongo que si uno quiere seguir viviendo, tiene que decir tonterías de ésas”.

No sé si J.D. Salinger era un amargado o un solitario antisocial. La verdad es que no me importa en absoluto porque, en general, nos encanta desmitificar libros maravillosos cuando su autor no nos lo parece tanto. Lo que me importa es que Holden Caulfield fue uno de mis chicos de la adolescencia. La semana pasada un amigo que se iba de viaje para un largo tiempo me pidió que le recomendara un par de libros que me hubieran gustado mucho. Fue raro: estuve rato en la librería sin saber qué comprar. Qué comprarle a un chico… –nada de Zadie Smith, ¿Franzen?, no Alice Munro, no– y al final fui a por Catedral y Alta fidelidad. Luego, salí de la librería y me abrigué. Me había equivocado: tenía que haberle regalado El guardián entre el centeno.

Cuando me ocurre algo inesperado, sobre todo cuando es malo, siempre me imagino a ese adolescente perdido en Nueva York. Durante años, su imagen me sirvió para entender el mundo de las convenciones; lo que decimos, lo que dejamos de decir. Las normas, esa necesidad de querer ser un adulto cuando no se comprende bien a los adultos. Podrán decir tonterías como que El guardián entre el centeno es un libro que está sobrevalorado. Ya se sabe que hoy en día, cuando algo gusta a la mayoría, siempre está sobrevalorado o no es tan bueno como parece. Lo bueno, si gusta a pocos, mejor.

Todo esto venía a raíz de que llega el invierno. A raíz de que hace unos días me acordé de esa frase de Julio Cortázar “Te quiero, y hace tiempo y frío”. Y el frío y el tiempo –porque en la vida, haga frío o calor, siempre hace tiempo- me llevaron a Holden de nuevo. Porque los inviernos me recuerdan que nunca deberíamos olvidarnos de ser -aunque sea un poco- ese chico de la gorra roja.

  “Don’t ever tell anybody anything.

If you do, you start missing everybody.”

J.D Salinger, The catcher in the rye

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