Cuando seamos mayores

 

“I believe that everyone else my age is an adult whereas I am merely in disguise.”

Margaret Atwood

 

Cruzábamos la calle y una amiga me dijo de repente: “nos hemos hecho mayores, ¿te das cuenta?”. Se hizo un silencio entre las dos. La miré, me giré, y vi a un grupo de seis chicas que venían detrás, cada una con su tema, con sus manías de siempre, con sus historias, que ya nos habíamos contado cientos de veces las unas a las otras. Y me di cuenta de que tenía razón. Sin embargo, la mayoría de nosotras fingía no haberse dado cuenta. Seguimos hablando y algo que dijimos me hizo caer en que uno se pasa la infancia y la adolescencia esperando ver lo que hará cuando sea mayor, pero que luego nunca sabe bien cuándo llega ese momento. ¿Cuántas veces nos preguntaron ‘qué quieres ser cuando seas mayor’?  Infinitas. Y crecimos dándole vueltas a eso: actriz, enfermera, profesora, piloto de aviones. Era necesario saber lo que uno quería ser de mayor. Pero nunca nos dijeron que ser adulto no era como hacer la comunión o cortarse el pelo. No era una cosa que ocurría en un día y un momento concreto. Ser adulto no tenía nada que ver con la edad. Y eso, claro, era difícil de explicar en el colegio.

Todos hemos leído historias de amigos que se van de viaje: las peripecias divertidas de Cuatro amigos, la historia de esos amigos inseparables que se juntan después de mucho tiempo en el reciente Canciones de amor a quemarropa o las de íntimas de toda la vida que, pese a ser tan distintas, siguen compartiendo lo mismo en ese gran libro que es Atlas de la geografía humana. En el poso de todos estos libros permanece esa misma pregunta, la del millón, la de si somos o no los mismos, la de si hemos dejado de ser lo que éramos. La respuesta suele ser que no. Este fin de semana me fui con mis amigas y pensé en todos estos libros y los apliqué a las ocho que estábamos ahí. Me recordé -nos recordé- en una clase de colegio, castigadas, fuera de clase, copiando en un examen. Había pasado mucho tiempo, eso era cierto. Pero ¿tanto como para ser mayores? Se supone que uno debería ‘ser mayor’ a los treinta, ¿no?

Hace años pensaba que ser mayor era tomar café y llevar sujetadores. Pronto me di cuenta de que no era eso. Durante mucho tiempo, levanté la mirada hacia arriba, hacia el territorio de las certezas perfectas, el de los adultos que tenía a mi alrededor, y me decía que algún día yo también sería así y tendría las cosas tan claras. Sin embargo, ellos me aseguraban que un día fueron niños, como yo, y me mostraban las pruebas en esas fotos en blanco y negro que quedaban lejos. Como si fueran un testimonio de una época pasada y de dudosa existencia. Yo estaba convencida de que se nacía siendo adulto.

La infancia es algo así como la tierra de las posibilidades eternas. Casi infinitas. Esa es la gracia de la vida, pensar que podemos hacer las cosas un número ilimitado de veces. ¿París? Siempre podré volver. ¿Dublín? Seguro que me vuelvo a escapar. ¿Aquel café en una callejuela de La Latina? Lo encontraremos otro día. Se trata de obviar la caducidad de la vida, al menos la de la nuestra: jugar como si no tuviéramos un número finito de veces que lanzar los dados. Eso lo contaba mucho mejor que yo Paul Bowles en El cielo protector: “Todas las cosas ocurren tan solo un cierto número de veces, en realidad muy pocas. ¿Cuántas veces recordarás cierta tarde de tu infancia, una parte que es parte tan entrañable de tu ser que no puedes concebir siquiera tu vida sin ella? Quizás cuatro o cinco veces más. Quizás ni eso. ¿Cuántas veces más mirarás salir la luna llena? Quizás veinte. Y sin embargo, todo parece ilimitado”.

Por eso, este sábado, mientras cruzábamos un paso de cebra, en un momento no particularmente trascendental, más bien todo lo contrario, pensé en la amistad, en hacerse mayor y en tantas cosas acerca de las que no nos habían advertido en el colegio. Siempre pensamos que los mayores son los otros. Ser mayor es como una especie de utopía que se mueve, inalcanzable, porque parece que ahí se encuentran todas las respuestas que nos faltan. Aunque quien sabe, tal vez, hacerse mayor no sea más que comprender justamente eso que dice Paul Bowles: que todo parece ilimitado pero que no lo es. Empezar a crecer puede significar saber quedarse con ese bar, con esa esquina, pasar por el paso de cebra sabiendo que igual es la última vez, o que igual no. Pero que por si acaso, es mejor vivir las cosas como si lo fueran.

13 Comentarios
  • Maia
    noviembre 11, 2014

    Hace unas tres semanas que terminé ‘Canciones de amor a quemarropa’ y aún sigo dándole vueltas. Hacía mucho que un libro no dejaba tanto poso en mí, y mira que es simple.

    Yo estoy con la sensación que es justo ahora cuando me estoy haciendo mayor. Ya tenemos el primer niño de la cuadrilla y la segunda está de camino. Hace dos semanas pasé el umbral de los 29 y medio, por lo que la cuenta atrás ya es oficial. Para colmo, el viernes me encontré la primera cana, y lo curioso es que la acogí con ternura, como si fuera la certeza final que necesitaba para reconocer que así es, ya no hay vuelta atrás, ya nos hemos hecho mayores. Miro con cariño las primeras arrugas que se me están dibujando en el contorno de los ojos, porque son mías, y las siento parte de mí.

    Siempre pensaba que todo eso de las arrugas, las canas y los sábados sin salir iba a ser un rollo. Pero lo cierto es que los domingos a la mañana tienen su encanto y que no volvería ni loca a los 20. Será que la madurez no nos sienta del todo mal.

    Un beso

    • Laura Ferrero
      noviembre 14, 2014

      Estoy contigo, Maia. No volvería a los fines de semana de resacas continuadas ni de broma. Y es verdad lo de los niños en la cuadrilla… a veces te empiezas a dar cuenta que tú también te haces mayor por cosas que les pasan a los demás. Pero a veces asusta pensar eso: que todo pasa rápido y que hay que ponerse las pilas y no desaprovechar. Un beso y gracias por leerme :-)

    • Laura Ferrero
      noviembre 19, 2014

      Es bonito el libro de ‘Canciones de amor a quemarropa’. No es la gran obra maestra pero toca ese tema tan universal, el de hacerse mayores. A mi tampoco me importan las arrugas o las canas. Son parte de uno mismo e incluso tienen su parte “atractiva”, ¿no?. Y desde luego, prefiero mil veces los sábados sin resaca y tranquilos que esa lucha por levantarse de la cama en que consistían antes los fines de semana. Un beso y muchas gracias por pasarte por aquí!

  • Marta
    noviembre 12, 2014

    Qué texto tan bonito Laura!

    Ni te imaginas la ilusionaza que me hace cuando haces referencias a libros y los tengo leídos. Me haces sentir como Umbral en su butaca en plan “Se de lo que habla esta chica”.

    Yo estoy absolutamente enganchada a “La trama nupcial” y tiene unas reflexiones sobre la eterna amiga de la adolescencia, la duda, que me están apasionando.
    No puedo estar má de acuerdo con Maia, a mi también me están sorprendiendo para bien los 29 y medio cuando voy a comprar el pan los domingos sin resaca.

    un besote desde el Chad,
    Marta

    • Laura Ferrero
      noviembre 14, 2014

      ¡Qué ilusión que me escribas desde el Chad! Qué recuerdos me trae ese país. A mi La trama nupcial también me dio mucho que pensar (si no has leído Middlesex, el anterior de Eugenides, hazlo, te gustará), sobre todo porque habla de las dudas que es, junto al de las decisiones, mi tema de siempre.
      Y sí, hacerse mayor tiene cosas muy buenas. Pero ahora le daría un momento al stop para que el tiempo se detuviera, aunque solo fuera un poquito, para alargar esta “segunda juventud de los 30”.
      Un beso y cuídate mucho!

  • Son Yii
    noviembre 15, 2014

    Que lindo esto que escribis Laura. Te cuento que hacerse mayor es muy divertido tambien. Y aunque no lo creas, el ritmo interno empieza a ser mas lento y eso hace que uno baje sus revoluciones y empiece a mirar en camara lenta todo. Uno se ralentiza y lo mas interesante es tomar conciencia de eso. Aqui y ahora. Y eso te hace mas receptiva a la belleza y a las emociones. Esto no se dice de la madurez, uno lo relaciona con dolor, con canas, con arrugas, que tambien son ciertas pero se habla bastante poco en las casas de que es cuando creces que te emocionas con lo que viviste. Y eso no le paso a los puberes eh!. Con tus 30 todavia tenes un largo camino, podrìas mirarme desde abajo, ya que tengo 45. Siempre paso por aca, a leerte chica genial. Un beso

    • Laura Ferrero
      noviembre 19, 2014

      Me ha encantado tu comentario y aparte, creo que tienes mucha razón. Las cosas se ralentizan, vivimos más las emociones. Eso me gusta. Pero también asusta la velocidad a la que corre el tiempo. Fíjate, yo no relaciono la vejez con canas o dolor sino con la serenidad. Te lo digo desde mis 30, igual cuando tenga 60 seré una adicta al bottox y me habré quitado un par de costillas, quien sabe. Pero no lo creo: el tiempo también nos da la paz par asumir lo que nos pasa, ¿no? en fin… Divagaría todo el tiempo sobre cosas así. Muchas gracias por tus palabras. Besos.

  • Solo
    noviembre 18, 2014

    Uno no deja de jugar porqué se hace mayor, si no se hace mayor porqué deja de jugar

  • Javier
    diciembre 6, 2014

    LÍMITES.

    De estas calles que ahondan el poniente,
    una habrá (no sé cuál) que he recorrido
    ya por última vez, indiferente
    y sin adivinarlo, sometido

    a quien prefija omnipotentes normas
    y una secreta y rígida medida
    a las sombras, los sueños y las formas
    que destejen y tejen esta vida.

    Si para todo hay término y hay tasa
    y última vez y nunca más y olvido,
    ¿quién nos dirá de quién, en esta casa,
    sin saberlo, nos hemos despedido?

    Tras el cristal ya gris la noche cesa
    y del alto de libros que una trunca
    sombra dilata por la vaga mesa,
    alguno habrá que no leeremos nunca.

    Hay en el Sur más de un portón gastado
    con sus jarrones de mampostería
    y tunas, que a mi paso está vedado
    como si fuera una litografía.

    Para siempre cerraste alguna puerta
    y hay un espejo que te aguarda en vano;
    la encrucijada te parece abierta
    y la vigila, cuadrifronte, Jano.

    Hay, entre todas tus memorias, una
    que se ha perdido irreparablemente;
    no te verán bajar a aquella fuente
    ni el blanco sol ni la amarilla luna.

    No volverá tu voz a lo que el persa
    dijo en su lengua de aves y de rosas,
    cuando al ocaso, ante la luz dispersa,
    quieras decir inolvidables cosas.

    ¿Y el incesante Ródano y el lago,
    todo ese ayer sobre el cual hoy me inclino?
    Tan perdido estará como Cartago
    que con fuego y con sal borró el latino.

    Creo en el alba oír un atareado
    rumor de multitudes que se alejan;
    son lo que me ha querido y olvidado;
    espacio, tiempo y Borges ya me dejan.

  • Pablo
    abril 3, 2015

    Leyendo tu post no he podido dejar de acordarme de otro fragmento de “El cielo Protector” que subrayé hace años al leerlo. Acabo de volver a abrirlo y allí estaba, esperando agazapado para recordarme de nuevo el escalofrío que me recorrió al leerlo por primera vez, pero ahora multiplicado por diez al haber pasado ya de los treinta…

    Es una conversación entre el matrimonio en la tienda, al atardecer del desierto y con unas copas de más en las venas. Ella comienza a hablar con un “cuando era joven…” y él de repente le corta para preguntarle que a cuándo se refiere, que cuánto de joven era comparado con lo joven que todavía sigue siendo.

    – “Me refiero a antes de cumplir los veinte, pensaba que la vida era algo que no dejaba de cobrar ímpetu. Cada año sería más rica y más profunda. Seguiría aprendiendo, haciéndome más sabia, más perceptiva, me acercaría más a la verdad…”

    De repente él se echa a reír y le dice:

    – “Y ahora sabes que no es así, ¿verdad?. Es más como fumar un cigarrillo. Las primeras caladas saben de maravilla y ni se te ocurre que vaya a consumirse. Después empiezas a olvidarlo. De repente te das cuenta que casi ha ardido hasta el final. Y entonces es cuando te percatas de su sabor amargo”

    Enhorabuena por tu estilo, por tu voz y sobre todo por recordarnos de vez en cuando a tantos treintañeros quejicas “los nombres de las cosas” que no debemos olvidar mientras disfrutamos de ese cigarro maravilloso pero amargo que es la vida, que todo lo que un día creímos ilimitado en realidad no lo es…

    • Laura Ferrero
      abril 7, 2015

      No te imaginas lo mucho que me gustó tu comentario, Pablo. De hecho, tanto que me compré el libro de Paul Bowles y ahora acabo de escribir un post con ese fragmento que me comentas aquí. Qué maravilla, muchas gracias por descubrírmelo. La verdad es que a todos se nos olvidan estas cosas, a mi a la primera, por eso trato de escribirlas, a ver si mejora mi memoria :-)

      Un abrazo y gracias por leerme,
      Laura

  • Pablo
    abril 13, 2015

    Aunque el mérito no sea mío sino de Paul Bowles, un honor tu comentario y un placer leer lo que has escrito sobre ese fragmento en el blog.

    Creo que era Lincoln quien decía que no hay que llenar la vida de años sino los años de vida… A todos nos cuesta “ponernos a ello”, y aunque algunas veces te equivoques de camino, te pierdas o tengas alguna abolladura vital, siempre es mejor arriesgarse tomando el volante que quedarse cómodamente dormido en el asiento del copiloto y que te despierten al llegar a tu destino, porque en ocasiones ya se ha pasado tu parada.

    PD: Efectivamente, llegar al Proficiency ya era otro cantar… yo también me quedé en el Advanced :-)

  • Pablo Serra
    abril 14, 2015

    Laura, muchas felicidades por el blog, me mola!!! Lo pongo en mi lista de favoritos junto con los blogs de esquí.

    Besos.

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