¿Me pone otra vida, por favor?

 

Me he levantado con el sábado torcido. Cuatro bodas en Facebook, unos tortolitos bajo un cocotero escribiendo un corazón en la arena de una playa virgen, otro nuevo bebé monísimo y anuncios de dietas que te prometen tener las curvas de Monica Belucci en un pispás. Y yo aquí trabajando y parece que va a ponerse a llover. Si me pongo a Nacho Vegas (“Parece ser, que va a llover..) empezaré a tener pensamientos suicidas en cinco minutos.

Ay, la vida de los sábados por la mañana a veces es cruel. Sobre todo cuando una tiene que trabajar y en vez de trabajar se pone a escribir un post. Una piensa en otras vidas, porque las hay, y no sé muy bien si están dentro de esta.

La semana pasada quise ir de marquesa en el aeropuerto de Heathrow. Llegaba de viaje y sentí que me merecía –porque tú lo vales, Laurita– coger un taxi. Me encaminé hacia la fila de los black cabs y le dije al tipo: East London. Lacónico, me contestó: Fine, 90 pounds. Fantástico, marquesa, me dije. Así que me di la vuelta y me fui al metro con mis dos mochilas de pseudo-mochilera-que-quiere-volver-en taxi-a-casa. Cogí el metro y saqué mi libro, La muerte del padre, de Karl Ove Knausgard. Un libro que, en lugar de gustarme tanto como se suponía que debería gustarme, por el momento me estaba poniendo bastante nerviosa. Sí: le estaba cogiendo manía al autor. Así que decidí que lo mejor sería cerrar el libro y dejarme de paisajes nórdicos. A mi lado se sentó un chico joven y delante de él un hombre que debería de tener unos sesenta años. Ambos me llamaron la atención. Tenían un aura distinta, parecía que venían de muy lejos. Y no me equivoqué. Aun sin conocerse, empezaron a hablar entre ellos: el hombre mayor se había pasado toda la vida escalando montañas. Ahora venía del Kilimanjaro, en dos semanas se iría a los Highlands y creía que en septiembre iría de nuevo a Nepal. El chico joven llegaba a Londres después de tres años de viajar por todo el sudeste asiático y Australia.

El vagón de metro se quedó en silencio. Todos escuchábamos a esa pareja tan distinta pero tan parecida: tenían unas vidas que parecían sacadas de un libro de aventuras. Nombraban lugares lejanos e impronunciables, plantas extrañas, frutas exóticas, ríos serpenteantes en los que había cocodrilos. En el vagón había poca gente: una pareja de daneses con niños, un chino que parecía empresario y yo. Y todos les escuchábamos atentamente y sé que pensábamos lo mismo: hay otras vidas. Les quise decir que yo también venía de muy lejos: había estado en Sri Lanka unos días y me había subido a un elefante, había hecho surf entre tiburones –eso es cosecha de mi imaginación-, había probado masajes pseudo-eróticos ayurvédicos –¡sorpresa Laura, quítate la ropa!– y que había subido un monte muy alto con mis super deportivas nike -¡ay!-. En fin, les quise decir que yo también había hecho algo. Pero claro, conforme la conversación avanzaba no encontré el lugar para meter mi cuña publicitaria.

Así que salí de la estación de Liverpool Street cabizbaja. Sentí que tenía que cubrir mi cupo de mochilera y empecé a andar hacia casa cargando todos los bártulos. A los cien metros vi un black cab. Me lo pensé dos veces, pero lo paré: no me iba a convertir en ninguna heroína por joderme la espalda durante quince minutos más. Asi que fui encantada en el taxi. Ya lo dicen: la cabra tira al monte. El taxista me preguntó dónde había estado y le conté un poco. Me dijo “así que estás hecha toda una aventurera, eh”. Entonces, fui un poco honesta, y le dije: “no, not really”. Me reí. Bajé y llegué a casa, donde estaba una amiga esperándome. Qué bien poderme tomar una copa de vino y un filete decente.

Pensé en mis amigos del vagón de metro. Hay muchas vidas distintas. Desde fuera son maravillosas, está claro. La de las bodas, los bebés y los mochileros. Como era aquello de “hay otros mundos pero están en este”. Entonces me reí sin saber muy bien cuál era el mío pero disfrutando del vino y de la compañía.

 

 

2 Comentarios
  • cualquiera
    noviembre 14, 2015

    Me fascinas; eres toda una inspiración y leerte es un auténtico gozo. Un fuerte abrazo

    • Laura Ferrero
      noviembre 15, 2015

      Muchas gracias por tus palabras!

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