Viajar es igual que leer

Viajar y leer son dos cosas muy parecidas. Pensaba en esto mientras terminaba un artículo de Leila Guerriero en el que la periodista explicaba por qué le gustaba tanto viajar. Contaba que cuando tenía dieciséis años, un hombre le hizo una de esas preguntas-trampa que a menudo uno tarda años en responderse. “¿Para qué viajás?¿Para mirar paisajes?”. En realidad parece una pregunta fácil. “Viajo para no volver atrás, para no llegar a ninguna parte, para habituarme a perder y a despedir: lugares, cosas, gente. Viajo para recordar que no es bueno sentirse seguro ni aún seguro, a salvo ni aún a salvo. Viajo para moverme, que es la única forma de vida que respeto.” Bravo.

Moverse. Despedirse. No volver atrás. Hay algo profundo en el hecho de escoger viajar en vez de quedarse anclado en un lugar. A menudo recuerdo aquella frase de la canción de Jorge Drexler: sólo se conserva lo que no se amarra. Viajar, creo, es lo contrario de amarrar. Porque los viajes se acaban, se marchan. Sería interesante vivir la vida como si se tratara de un viaje. Aprovechando. Sabiendo que aquella vez es la última. Porque en realidad lo es.

De algún modo, viajar, ver los paisajes a través de la ventana de un tren, se parece a pasar las páginas de un libro. Cierto que podemos volver a releer la página y que por el contrario, el instante y el paisaje se marchan veloces. Pero los libros también terminan. Los podemos leer una vez, dos, todas las que queramos. Pero ya será un libro distinto. Lo mismo ocurre con los viajes.

No sé muy bien por qué empecé a leer. No sé si fue para moverme. Para despedirme. Para sentirme a salvo. Tal vez haya algo de todo esto. Sólo sé que cuando leo un buen libro, recuerdo las razones por las que leo y, estos días, con Mi vida querida, de Alice Munro, he vuelto a recordar algunas de ellas. Empecé su último libro de relatos porque leí que Rodrigo Fresán decía en un artículo que parecía que Munro había concebido ese conjunto de relatos para “no molestar”. Y yo, que  tengo cierta tendencia a nunca, bajo ningún concepto, querer molestar, decidí leerlo al instante. Así que lo hice. Comentaba Fresán: “En Mi vida querida todo parece especialmente diseñado y ubicado para no molestar; para provocar en el fiel lector esa ambigua sensación de déjà vu”. En el lenguaje común, que no en el mío, estar diseñado para no molestar no es algo bueno. Es como decir que ya no hay nada que nos sorprenda. Y la verdad: no puedo estar más en desacuerdo con Rodrigo Fresán.

Porque en mi opinión, Alice Munro, a sus 81 años y aunque algunos se atrevan a decir cosas como que está sobrevalorada o como que ya solo cuenta con las palabras justas, sigue siendo de esas escritoras que me recuerdan la respuesta a esa pregunta que siempre me he hecho. Leer es darse cuenta de que los personajes de un libro viven en un lugar y un tiempo precisos, pero también en todos los lugares y todos los tiempos. Y en las obras de Munro están reflejadas todas nuestras pequeñeces, nuestros dolores, esas pequeñas treguas a las que llamamos felicidad. En su obra no hay símbolos ni alegorías: hay una intuición que va más allá, una verdad válida para todos.

Volviendo al tema. Que por qué leo: porque a veces, escritoras como Alice Munro, me acercan unos mundos que al parecer están en Canadá, pero que en realidad están cerca, aquí, en Barcelona, al doblar la esquina. O porque leer hace que estemos menos solos. O podría decir también, como Leila Guerriero, que “leo para moverme, que es la única forma de vida que respeto.”

 

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