La invitada

 

Hay una mujer frente al mar. Tiene la vista fija en algún punto. Alguien podría decir que observa cómo sube la marea. Como si ella pudiera darse cuenta de los centímetros que el mar gana a la tierra. Como si los pudiera contar, anotarlos. Incluso hacer algo para evitarlo.

En realidad, esa mujer que está frente al mar, no mira el mar.

Observa a un hombre que está unos metros por delante de ella. Pero el hombre no la ve. Porque el hombre quizás también está mirando el mar. Si alguien viera la escena desde el angosto paseo marítimo, podría decir que él también cuenta los centímetros que el mar gana a la arena. Pero no. Porque el hombre tampoco mira el mar. Sólo observa, quieto y tranquilo, inmutable también, como esas rocas que circundan la playa, a dos niños que juegan en la orilla.

Parece que en esa fotografía, el mar es solo un escenario, un pretexto para una mujer que observa a un hombre que también observa.

Es verano, pero nadie lo diría. No hay nada festivo ahí.

La mujer mantiene la vista fija. Parece que cuide del hombre que le da la espalda. Uno podría decir que tal vez lo conozca. Pero eso sería literatura; quizás solo es una espectadora más en esta fotografía llena de pretextos.

Tal vez la mujer quiera decirle algo al hombre. O no.

Ella saca el teléfono móvil de su bolsillo. Lo vuelve a guardar. Es entonces cuando la mujer se da la vuelta y se marcha. La marea sigue creciendo mientras ella abandona esa playa casi vacía. Mientras desaparece del marco exterior de la fotografía y se va como había llegado: sin que nadie se de cuenta.

 

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