En el museo de las relaciones rotas

 

 “..Que no he querido oír una vez más tu voz,

ni mirar nuestras fotos,

ni verte acariciando con tus dedos azules,

a los perros que comen las sobras de tu vida.”

Benjamín Prado, Lo mismo y lo contrario


Mi abuela me decía que hay que aprender a tirar lo que ya no sirve. De niña, me repitió hasta la saciedad que no tenía ningún sentido guardar cosas rotas, a mí, que siempre fui fan de llenar cajones de desperdicios. Sin embargo, en la literatura, la música -o en el arte en general- se suele conservar todo lo que se rompe. Se me vienen a la cabeza ahora títulos de canciones como aquel ‘Por el bulevar de los sueños rotos’, de Joaquín Sabina (Y un tequila por cada duda, Chavela, qué gran frase). O ese libro maravilloso de Patrick Modiano: En el café de la juventud perdida. O La mujer rota de Simone de Beauvoir, ese libro que leí -sin entender- hace ya muchos, muchos años. Lo que se rompe, lo que deja de ser, es uno de los temas literarios y artísticos por excelencia. Lo de tirar lo que ya no nos sirve es más una necesidad que atañe al espacio físico, a lo real, que a la literatura. Me pregunto si no será justamente todo lo que se rompe lo que nutre el arte. Porque no descubro nada si digo que hay canciones, películas y libros que hablan de lo perdido, de lo deteriorado. Pero lo que no sabía –lo que creo que pocos sabíamos- es que en Zagreb existe un museo particular: el museo de las relaciones rotas.

En 2006, una ex pareja croata muy bien avenida, Olinka Vistica y Drazen Grubsic, se separaron y decidieron exponer los objetos que se habían regalado.  Después de terminar su relación no sabían qué hacer con las cosas que habían compartido –como todos- y en vez de juntarlas en esas incómodas maletas que luego viven el los altillos por los siglos de los siglos, decidieron juntarlas en un museo. Así nació la primera exhibición de arte rupturista del mundo. Los objetos sobreviven a las relaciones fallidas, eso ya se sabe, pero ellos no tienen la culpa de nada. Así que una manera de salvarlos de la hoguera y del ostracismo de la maleta perpetua es que pasen a vestir las paredes y escaparates de un museo. La exposición está compuesta por todos los objetos que uno pueda imaginar. Corpiños, perfumes, fotografías, una pierna ortopédica, vestidos de novia plantadas en el altar, un botecito lleno de lágrimas de un novio llorón, ligueros de encaje -uno de ellos tiene un cartelito que dice: “Si lo hubiera usado, tal vez la relación hubiera durado mas“-…  Se trata de una curiosa oda al desamor en la que cada uno de los participantes manda sus propuestas junto con una nota en la que explica de dónde proceden y qué significan. La exposición, qua viajó de país en país tuvo un colofón muy divertido en Buenos Aires. Ahí, la campaña culminó con un spot llamado “Sacate a tu ex de encima”. Buena guinda para el pastel, sí señor. Si no puedes olvidarlo, conviértelo en arte. Claro que sí.

Después de leer acerca del museo me quedaba una duda destinada a los responsables del proyecto: ¿han pensado ya qué hacer con los whatsapps, con los emails, con los millones de mensajes de texto? Porque en toda relación rota que se precie, es eso -y no los objetos- lo que da más pena tirar. Todas esas palabras huérfanas que ya no se sostienen en el tiempo, esos ‘te quiero’, los pobres, que ya no significan nada. Les voy a sugerir que los impriman y que empapelen el interior del edificio. Me digo que algo habrá que hacer con tantas palabras inútiles.

No creo que nadie sepa decirnos qué tenemos hacer con las relaciones rotas, con ese cúmulo de recuerdos siempre a punto de extinguirse. Como una civilización perdida. Lo del desamor siempre ha sido un asunto complicado. Ni siquiera el arte o este museo que nos ofrece un espacio para dejar un pedacito de historia, aciertan a dar con la respuesta adecuada. Los días rotos. Los recuerdos. Sé que mi abuela me diría que lo más inteligente es tirarlos a la basura, pero yo, ya lo he dicho, siempre he sido más de esconderlos en los cajones. Ya se sabe que el amor es eterno mientras dura, aunque siga viviendo dentro dentro de un cajón. O en una de esas benditas maletas que acumulan polvo en todos los altillos. Es lo que tiene la nostalgia.

 

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