Pan de molde

Últimamente, cuando hacen el amor, ella piensa en supermercados, en las largas hileras de estanterías que recorre veloz con un carrito metálico. Anota mentalmente marcas de tomate frito, mortadela con aceitunas o los recambios del ambientador del coche. Antes fingía. Ahora solo se pregunta si quedará pan de molde para mañana o si tendrá que ir a comprarlo a la gasolinera para hacer los bocadillos de las niñas.

—Buenas noches —dice él.

Ella se hace la dormida. Entran resquicios de luz a través de las persiana. Él siempre se olvida de bajarla del todo, se olvida de que a ella le molesta la luz. Se fija en el reloj digital: marca las doce treinta y cinco minutos.

Dos de abril. El inicio de la primavera o el final del invierno. Para ella empiezan los días de sol. Él, sin embargo, solo ve que todavía es invierno. Son formas de ver la vida.

Se remueve entre las sábanas blancas e impolutas y a su lado, ella finge dormir pero no lo hace.

El mes de abril no es un buen mes para ellos.

No, no lo es.

Ella sabe lo que sucederá a continuación. Él se dará la vuelta hacia la pared y su respiración se irá haciendo cada vez más acompasada, más profunda y en cuestión de pocos minutos, empezará a roncar. Ella se irá entonces al sofá.

—¿Estás bien? —le pregunta él.

Ella, extrañada, casi molesta por esa pregunta que no está en el guión, le contesta que claro que está bien, que por qué no debería estarlo. Aunque ella sabe, claro. Ella lo sabe.

Y él le vuelve a dar las buenas noches.

—Que descanses —dice ella.

Hoy hace quince años que nació su primera hija. Ana. Cuando se lo cuenta a las niñas, siempre dice que era tan menuda como aquel conejito que vieron una vez en la finca del abuelo. ¿Tan pequeña? Le responden las niñas. Si, tan pequeña, dice ella. Ana nació por cesárea y pasó un mes en la incubadora. Qué pequeña era aquel dos de abril. Cuántos días pasó ella viéndola y dándole ánimos desde fuera de aquel cubículo en el que su hija, durante un mes, ganó peso hasta que se convirtió en ese minúsculo bebé que se llevaron a casa entre celebraciones, lloros de alegría y una marabunta de amigos que vino a conocerla. La pequeña de la casa, la reina de la casa. Ana.

 

Cuando él empieza a roncar, ella se levanta y se va al salón. Se sienta en el sofá y enciende la televisión a un volumen tan bajo que no acierta a escuchar nada de lo que dice la presentadora del reality francés. Pero no le importa. Tampoco quiere que le cuenten nada y mucho menos entenderlo.

En la foto que tienen en la mesita del salón, Ana se parece a él. Juraría que esa sonrisa desdentada es la misma que la de él, hace ya más de veinte años, en esa vieja imagen del servicio militar que cuelga de la pared del estudio. A ella le gusta comparar ambas fotografías. Cuando lo hace, recuerda por qué se enamoró de aquel chico que ahora es el padre de sus hijas. Él, con su sonrisa de chico guapo y bueno, está al lado de cuatro amigos, todos vestidos con sus ridículos uniformes, como si más que en la mili estuvieran en un carnaval. Como si la vida fuera a ser siempre eso: un día soleado. Sí. Como si aquella sonrisa les fuera a resguardar, en la vida, de la lluvia y la tristeza.

Ha escuchado sus historias de la ‘mili’ cientos de veces y siempre la hacen reír. Se pasó un año en Jerez de la Frontera como quien se marcha de vacaciones con un grupo de amigos. Me libré de todos los marrones, solía decir él entre risas. Durante esos meses, siempre que las cosas se ponían feas, fingía ser el portador de un mensaje de gran importancia e iba de despacho en despacho de sus superiores. Después fingía haberse equivocado de dirección y se encaminaba hacia cualquier otra parte. Se pasó nueve meses haciendo malabarismos. Desapareciendo, como en un viejo truco de magia. Pero sí. Tenía mucha gracia contando esta historia. Decía que no era más que una gamberrada, pero era divertido.

Su madre se lo dijo. Nena, no vols dir que potser sempre serà així? Y ella sonrío. Su madre, qué cosas. Mamà, només són tonteries de nois joves.

Porque era muy simpático y cordial. Así que pronto se casaron y vino Ana, la niña de sus ojos. Porque también tenía los ojos verdes de él.

Cuando le diagnosticaron aquella extraña enfermedad a la niña, volvieron a reclamarle sus superiores de la mili. Durante largos meses tuvo que llevar muchos mensajes urgentes, saltar de despacho en despacho, abrirse paso a través de imaginarias misiones imposibles que le mantuvieron alejado de una casa que olía a desinfectante y en la que se instalaron, aunque fuera verano, los fríos de un invierno que tardaría en marcharse.

 

Ha logrado entender que el zumbido de la mujer francesa del reality versa en realidad sobre un medicamento nuevo que asegura que consigue milagros contra la eyaculación precoz. Apaga la televisión y se queda pensativa. Cierra los ojos y se echa la manta por encima. Se palpa lentamente, como en un reconocimiento médico, la piel aun tersa de la barriga. Tiene tres cicatrices, las de sus tres chicas. Las tuvo a todas por cesárea y ahora, la que menos se nota es la que tiene más arriba, la primera. Porque ha perdido su correlato con el mundo y tal vez por eso se ha ido desdibujando, confundiéndose con su piel morena. Deja la mano ahí, apoyada, acunando esas tres cicatrices. Piensa de nuevo en el asunto del pan de molde. No sabe si mañana tendrá suficiente para hacerles el bocadillo a las niñas, pero no quiere levantarse para mirarlo. Es tarde. Está cansada.

Él tuvo un lío hace poco pero nunca se lo dijo. Ella leyó un mensaje en su teléfono. Se iluminó la pantalla y un te echo de menos con corazoncito incluido inundó por segundos la pantalla de ese móvil de ultimísima generación. Ella no dijo nada y dejó que él dijera, que él hiciera. Pero no hizo, no dijo. Dejó que las cosas pasaran. Con silencio, viendo lentamente cómo se precipitaban los días en un saco roto. Esperó a que ella hablara, que ella dijera. Siempre fue constante en todo, incluso en la torpeza. Pero ella cree que ahora ya no están juntos y que por eso, él se ha comprado una bicicleta de montaña. Cuando hace sol, se lleva a las niñas y montan en bici. Y ella se dice que la cobardía también es una constancia, como la necesidad de no ver esta cortina de lluvia que los aísla, el uno del otro, en esta casa tan pequeña.

 

Últimamente ya no hacen el amor. Ella solo piensa en estanterías del supermercado, en la mortadela para las niñas o en esas manos de otro que recorren su cuerpo en un mes que nunca es abril. En ese mes eterno que es una superficie lisa, plana, en la que no hay lugar para cicatrices.

3 Comentarios
  • Belén B.
    noviembre 3, 2013

    Fantástico.

  • manu
    noviembre 7, 2013

    me ha gustado mucho tu blog. he llegado a él a través de mi prima que me recomendó un post tuyo en fronteraD. estoy siempre abierto a una buena recomendación literaria (sobre todo viendo los libros de los que hablas), así que mañana empezaré Los bonios. (hace unos años estuve de interraíl por Sarajevo, siempre me ha llamado mucho la atención el mundo de los Balcanes).

    hay alguna manera de suscribirse al blog y que lleguen las nuevas entradas por correo?

  • Laura Ferrero
    noviembre 8, 2013

    Muchas gracias por tus palabras, Manu. A ver si te gusta Los bosnios aunque la verdad es que es un libro muy duro. Ya me contarás. No sé ahora mismo cómo hacer lo de la suscripción. Lo miro y te digo:)

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