Los semáforos y la muerte

 

“Life changes in the instant. The ordinary instant.”

Joan Didion, The year of magical thinking

 

 

Es una fotografía conocida: Joan Didion, su marido John G. Dunne y su hija Quintana Roo en Malibú. La he visto cientos de veces -no porque adore a Joan Didion, que también-, sino porque una vez, hace ya muchos años, compré un libro solo por esa fotografía, que aparecía en la contraportada. Se llamaba El año del pensamiento mágico. Nadie me había hablado de él. Ignoraba quién era Joan Didion y tampoco sabía qué era aquello del pensamiento mágico.

Pero en realidad sí que sabía lo que era. Y tanto que lo sabía. Lo aprendí de niña, casi antes de saber que existían los Reyes Magos, antes de esperar nerviosa que el Ratoncito Pérez me dejara algún regalo bajo la almohada.

Hace la friolera de veinticuatro años, yo no era más que una niña pecosa de cinco y descubrí lo que era el pensamiento mágico. Por esos entonces, pasaba algunas de mis tardes en clases de psicomotricidad donde nos enseñaban a los torpes de la clase –entre los que siempre ocupé un merecidísimo puesto de honor- a distinguir entre la derecha y la izquierda. Éramos quince niños torpes bien avenidos, algo así como una asociación. Sin embargo, un día no fuimos quince sino catorce y tampoco hubo clase. Nos mandaron a rezar un padre nuestro porque una de las niñas se había muerto ese fin de semana. Estaba muy enferma y ahora no sufrirá más, nos dijo la profesora. También nos dijo que ya no volvería. ¿Cuándo volverá? No volverá. ¿Nunca? No. ¿Cuánto tiempo es nunca? Porque la infancia es un país en el que las palabras siempre y nunca, cuestan. Un país donde los muertos van al cielo. De niños, son los demás los que nos protegen de la idea de la muerte. De adultos ya nos encargamos de protegemos nosotros mismos. ¿Yo también me moriré?, le pregunté hace veinticuatro años a mi madre. Ella me dijo que no me preocupara, que era solo una niña. Ante ni insistencia, ante mi pesadez, las lágrimas ya –seguro- aflorando, me dijo que no, que yo no me iba a morir. Pero que no pensara más en ello. Y ahí empezó el pensamiento mágico

Me pasé años elaborando esa idea. Si llego al semáforo antes de que se ponga en rojo, no me moriré. Si se pone en ámbar y la moto se lo salta, no morirá el abuelo. Si consigo saltar ese tramo de escaleras sin caerme, mamá no morirá nunca. Sí. Sé que a alguno le vendrá a la cabeza el bueno de Jack Nicholson en Mejor imposible y acertará. Y también acertará si se da cuenta de que esos pensamientos infantiles crecen y se desarrollan. Se convierten en otros pensamientos más serios. Más adultos. Con la consistencia férrea de las certezas. Ya no hay más semáforos. Pero hay reuniones, hay estrés. Desenfreno. Hay muchos planes y cremas antiarrugas. Esas luces cambiantes de unos semáforos siempre ajenos a nuestros ruegos.

Los antropólogos y los psiquiatras hablan de “pensamiento mágico” para referirse a una actitud mental que nos hace sentirnos firmemente convencidos de que tenemos poderes para influir en el curso de los acontecimientos. El pensamiento mágico es característico de los niños, pero también hay algunos ejemplos entre los adultos como los ritos propiciatorios que buscan provocar la lluvia. En El año del pensamiento mágico, Joan Didion rememora las muertes –con muy poco tiempo de diferencia entre ellas- de su marido y de su hija Quintana. La verdad sea dicha: nunca pude terminar ese libro. Me quedé a la mitad y ahí sigue el punto de libro, después de tantos años, señalando esa página en la que me atasqué. Me atasqué porque no quería seguir leyendo aquello. Porque no leer era mi opción para que aquello no entrara en mi cabeza. Para seguir mirando las luces rojas del semáforo y pensar que existía alguna relación entre ellas y el curso de los acontecimientos de una vida. Porque Didion habla de la muerte como si estuviera diseccionándola. Y aquello me asustó. Cuando Didion perdió a su marido se aferró con una intensidad asombrosa al pensamiento mágico. Se negaba a tirar sus zapatos. Tal vez si los guardaba, John volvería a por ellos. Supongo que desprenderse de los objetos es asumir que nadie volverá a por ellos.

Hace menos de un año, Mondadori publicó Noches azules, en el que la escritora abordaba la particular relación que tuvo con su hija Quintana y también su muerte. Con este libro volví de nuevo a Didion y me pregunté qué habíamos hecho tan mal para que nos resultara tan extraño hablar de la muerte y mirarla de frente. Desde que lo leí, se convirtió en uno de mis libros favoritos. Sin embargo, no quiero volver a leerlo. No por ahora. Porque si morir es complicado, hablar de la muerte lo es aún más. Sobre todo cuando sabemos que las luces de los semáforos ya no nos protegen de nada.

 

 

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